Desazón, una amargura irredenta es lo que provoca dirigir cada día la mirada al mundo, sumergirse en el sinnúmero de noticias que no cesan de informarnos de que la injusticia pervive y triunfa, de que los impotentes carecen de voz, de que muchos seres humanos permanecen cegados por lo que no une, mas separa dramáticamente…
¿Cómo no atormentarse, si los olvidados, los desfavorecidos, los marginados, los discriminados, los relegados al vacío de no contar para nada ni para nadie, se hallan condenados a perder la esperanza, a ahogarse en la más terrible de las apatías, infligida por esa indolencia que por doquier se palpa entre quienes disfrutan de bienestar y fortuna? ¿No se difumina, ante un panorama tan umbrío, el ansia de construir una sociedad verdaderamente justa?
Es comprensible, por tanto, que muchos vivamos sumidos en la tristeza, sin que nadie pueda rescatarnos de ese sentimiento, pues somos nosotros mismos quienes sucumbimos ante una punzante acusación: no mirar alrededor, no prestar atención a tantos millones de personas que padecen la indiferencia deliberada, el olvido voluntario al que les somete nuestro orbe rico…A los súbditos de su avasallador sistema nos guía, en gran medida, el estéril afán de acumular poderes que enemistan y de amasar riquezas inconmensurables. Codiciamos revestirnos del brillo impostado que infunden los prestigios etéreos que tantos exaltan. Nos mueve el anhelo de triunfo individual, el deseo de conquistar un nivel superior en esa inicua torre que estratifica a los seres humanos. Oscuras vanidades nos hipnotizan, las cuales sólo destacan éxitos insustanciales, al tiempo que esconden, sin pudor ni clemencia, el hondo pesar que invade a tantos seres humanos en múltiples regiones, cercanas o recónditas, de nuestra vasta tierra.
¡Cuánta ambición, cuánta voluntad de poder, de lujo, de celebridad! ¿Cómo es posible que toleremos tanto sufrimiento? ¿Y cómo entender que enmudezcamos ante tantas y tan angustiosas injusticias? Nos envuelve una realidad tan áspera y deprimente que uno no sabe ya si vale la pena afanarse en luchar, y si tiene algún sentido enseñarnos, mutuamente, que el objetivo de la raza humana no puede residir en la mera satisfacción de las inclinaciones individuales, sino en la forja de un proyecto común, cuya concordia nos integre a todos. Nuestras ilusiones juveniles vislumbraban un paraíso regido por la palabra, por un fermento capaz de enaltecernos en un diálogo profundo e irrestricto. Cristalizaba en ellas la convicción de que si nos aventurásemos por las sendas de la fraternidad, avanzaríamos más que empeñados en recorrer, cada uno aisladamente, nuestro propio camino… Soñábamos con derruir la colosal muralla de la injusticia, gracias a aunar esa fuerza infinita que de todos dimana. Creíamos descubrir un fin que trascendiera las angostas lindes de nuestro yo. Pero el fragante aroma de esa bella utopía se desvaneció ante la lobreguez de una evidencia displicente: el insaciable misterio del egoísmo.
Una minoría afortunada de la humanidad alberga como única preocupación el incremento de su patrimonio, de su fama o de su estatus, y nos obsesiona a todos los habitantes del denominado “primer mundo” (primero quizás en lo económico, pero último a la hora de alumbrar una existencia verdaderamente esperanzadora para la humanidad entera) el halo tenebroso del poder que todo lo corrompe. Mientras tanto, otros muchos, miembros también de la fascinante y castigada familia a la que pertenecemos, y cuyas moradas colindan, en no pocos casos, con nuestras blindadas fronteras, desfallecen sin remedio, excluidos de la atmósfera de bienestar y de las nobles cimas de conocimiento que hemos coronado a lo largo de tantos siglos. Esas almas luchan no ya por concebir grandes ideales que orienten sus existencias, sino que se debaten constantemente entre la frescura de la vida y la obsolescencia de la muerte.
Junto a nosotros, y bien lo sabemos, se alzan pueblos enteros que carecen de lo más elemental; millones de seres privados de la dicha de gozar de tantos hitos que hemos protagonizado, de disfrutar de esa pléyade de progresos científicos y técnicos que tanto nos entusiasma, y cuyo alcance debería contribuir a nuestro hermanamiento, a inaugurar escenarios nuevos y más edificantes, aunque con frecuencia nos aleje a los unos de los otros, y nos distancie severamente de nuestros más generosos sueños. Unos suspiran por poseer aún más de lo que ya atesoran, y confían, infaustamente, en la fuerza del dinero para brindarles felicidad y pujanza, pero otros sólo imploran sobrevivir, resistir un día más, contemplar otra alba y no perecer en este crepúsculo. Una agonía inenarrable eclipsa sus ánimos y sus añoranzas: la pobreza que nadie destierra, una indigencia que persiste indómita, enseñoreada de las inmensas extensiones de eso que llaman Tercer Mundo.
En un occidente narcisista nos vanagloriaremos de nuestras conspicuas aportaciones a la civilización, al arte y a la ciencia, de nuestro envidiado bienestar, de nuestra superioridad ética sobre otras culturas, de nuestro espíritu de tolerancia… Y rara vez emprendemos un proceso catártico que se traduzca en un arrepentimiento auténtico, en una petición sincera de perdón a todos esos hombres y mujeres del Tercer Mundo que han padecido las consecuencias de nuestra soberbia, de nuestro apetencia descomedida de poder y de riqueza, afligidos por la explotación y la esclavitud, por la humillación tan perversa que impusieron los antepasados de quienes hoy se enorgullecen de honores pretéritos, y se inquietan, sin consuelo, ante la paulatina pérdida de influencia del viejo continente.
En nuestros países nos preocupa saber quién es el primero en tal o cual faceta de la vida, o qué nación lidera el mundo en tal o cual aspecto. Nos embruja el refulgir insípido de los primeros, de quienes ostentan ya suficiente grado de reconocimiento y pueden valerse por sí mismos, y no siempre reparamos en el dolor de los últimos. Nuestra ventana al mundo la tapia esa atracción insanable por la opulencia y el dominio. Ignoro si los últimos serán los primeros, y si los primeros llegarán a ser los últimos, pero me desasosiega tenazmente aprisionar mi pensamiento en los primeros, y expulsar de sus confines a los últimos. No quiero capturar mi imaginación en los primeros, sino en los últimos, y ansío, quizás ingenuamente, exiliar de mi conciencia la opresora sombra de los primeros, para dejarme conquistar por el viento plácido y exuberante que exhalan los últimos. Sólo deseo pensar en los últimos, y es éste un anhelo honesto y no demagógico, pues incluso desde una óptica agriamente egoísta, desprenderse de la ambición tan penumbrosa de convertirse en el primero proporciona una dosis inmerecida de felicidad, máxime cuando uno se siente circundado por millones de personas que jamás acogerán una aspiración semejante, secuestrados sus ímpetus por unas necesidades materiales que vetan, inmisericordes, todo proyecto destinado a rebasar los rígidos umbrales que permiten que florezca, en todo su esplendor, ese verde y dorado árbol de la vida sobre el que meditara, con tanta clarividencia, Goethe.
La fuerza del amor vence todo recelo. Cuando palpamos la encarnación de la bondad, el encanto y la sabiduría en una persona, se desvanece todo prejuicio sobre su lugar de origen, sus creencias o sus deseos. El ardor de la vida abrasa siempre toda idea, calcinada por la límpida verdad de la experiencia, del sentimiento, de esa impresión incomunicable que recibimos al disponernos ante un rostro nuevo y unos labios desconocidos. Las fronteras que hemos erigidos entre nosotros, esos muros materiales o psicológicos que nos escinden despiadadamente, son incapaces de contener la savia de nuestra naturaleza más íntima, la cual asciende, con hermosa sutileza, por todas las barreras, como una hiedra que trepa hasta las más altas almenas de los castillos, para eventualmente rebasarlas, y derramarse al inagotable espacio de lo humano, a esa vasta y acogedora planicie en la que “vivimos, nos movemos y existimos”.
Domingo, 27 de mayo
Julián Moreno Mestre
Mª Rosario Aldaz Donamaría
Atticus-444
Juan Granados
José Andrés Prieto
Juan Luis Recio
Ángel Sáez García
Chris Gonzalez -Mora
José Pómez
Javier Orrico
Juan Carrasco de las Heras
David Felipe Arranz