El blog de Carlos Blanco

Los límites de la razón

06.10.11 | 08:36. Archivado en Sobre Carlos Blanco
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El poder de la razón nos ha permitido conquistar mundos formidables, y ha reforzado el predominio de nuestra especie en este minúsculo planeta de una recóndita galaxia del universo. Es gracias a la razón que somos capaces de alcanzar los confines del cosmos, y de explorar, aun desde una remota e ínfima región del espacio, lo que no nos resulta inmediatamente perceptible, ya sea por su menudencia o por su grandiosidad. La razón, en suma, nos abre al mundo y a nosotros mismos; nos desvela las leyes que rigen el funcionamiento de los fenómenos de la naturaleza; nos ayuda a conocernos mejor a título individual y colectivo; nos sugiere formas más eficientes y dignas de organización social; y, sobre todo, nos confiere un resorte crítico inagotable frente a toda determinación dada.

No creo que quepa pensar en ningún instrumento tan beneficioso para el progreso de nuestro género como la razón. La razón es la herramienta más fecunda que poseemos, y de ella dimanan los hitos más notables que hemos coronado a lo largo de nuestra historia. De hecho, toda eventual reflexión sobre los peligros de la razón y de su unilateralidad responde a un uso avezado de ella: es la propia razón quien nos alerta sobre sus inexorables riesgos, por lo que en ella entiba también una fuente privilegiada de mejora en aquellos aspectos en los que su vigor parece languidecer.

Sin embargo, la rebelión contra la razón ha sido también inmensamente fructífera para el despliegue de la creatividad humana. El rechazo, agudo y vehemente, de muchos hombres y mujeres a someterse a los cánones de la razón, los cuales, si bien provechosos para ascender a muchas nobles metas, con frecuencia se interpretan como harto rígidos, y encaminan nuestras vidas por sendas demasiado angostas, ha forjado un manantial verdaderamente tonificador para deslizar nuestras ansias. Basta con reparar en el inconmensurable poder de los sueños, de los mitos o de los ideales, y en cómo han vivificado las grandes obras del arte y de la imaginación humana, pese a no ser estrictamente susceptibles de una vindicación racional. Late un exceso de energía en nosotros: queremos más de lo que podemos obtener aquí y ahora; concebimos nociones que no convergen fácilmente con la experiencia ordinaria; albergamos un anhelo estético que nunca satisfacemos por completo; deseamos amar, pero nada sacia nuestro amor; y aspiramos a conocerlo todo, aunque lo que sabemos se circunscribe siempre a unos márgenes muy estrechos, que sólo con un esfuerzo colosal, y con la colaboración de un sinnúmero de personas en un período dilatado de tiempo, ampliamos tímidamente.

Es esta palpable "desmesura" entre el horizonte que nos ofrece la razón y la esfera de nuestros deseos, esta percepción de que la razón no es adecuada, por sí sola, para complacer la intensidad de nuestras ansias, lo que motiva que, junto a la legítima admiración hacia su fuerza, alberguemos también una no menos honesta voluntad de trascender, en cierta forma, sus fronteras. Al emplear el vocablo "trascendencia" no quiero adentrarme en los convulsos dominios de la teología y de las religiones, que desde sus inicios se han presentado como un desafío al derecho de la razón a ostentar una primacía nítida (y a veces excluyente) en la confusa vida humana. Por "trascendencia" entiendo todo aquello que se proyecta allende lo inmediatamente dado. La razón es una instancia "trascendente", porque impulsa nuestro intelecto más allá de cuanto se alza ante nuestros sentidos. Si nos hubiéramos guiado sólo por la rasa observación de nuestros ojos, seguramente nos habríamos demorado mucho más en descubrir la ley de la inercia o de la aceleración de los graves en caída libre. Análogamente, Nicolás Copérnico no habría supuesto que era la Tierra la que giraba alrededor del Sol, ni Giordano Bruno y Johannes Kepler que el cosmos es infinito, y, al menos hasta no haber realizado un inverosímil viaje al espacio exterior (que sólo en las últimas décadas se ha tornado factible), habríamos continuado presos del comprensible prejuicio de que nuestro planeta es el centro del universo. La desconfianza con respecto a lo inmediato, a lo ordinario y a lo obvio representa una herramienta prioritaria para el avance científico, así como para el progreso social. Instituciones otrora sacralizadas por tradiciones atávicas y supersticiones inveteradas que se transmitían de generación en generación, y se reproducían con nefasta sencillez en las desafortunadas mentes de nuestros ancestros, son hoy reliquias históricas de cuya relevancia en tiempos pretéritos nos sorprendemos vivamente, cuando no nos avergonzamos.

La pregunta que surge a colación de esta idea de trascendencia es, en mi opinión, clara y seductora: ¿puede el término "trascender" aplicarse también a la razón? ¿Despunta algo que trascienda la razón, o es siempre la propia razón quien se autotrasciende, por lo que es vano postular un ámbito externo a la razón que la "juzgue" desde criterios ajenos a los que ella misma establece? Nos internamos aquí en el corazón del espíritu romántico, y podemos palpar la envergadura del reto propagado por este importante movimiento cultural.

La cuestión estriba en dilucidar si sería posible, al menos hipotéticamente, traspasar los límites de la razón a lomos de la propia razón: una razón tan desprendida, tan desasida de sí misma, que nos invitase a un mundo nuevo, en el que ella ya no reinara. Pero para ello sería imprescindible señalar los medios para emprender semejante búsqueda: ¿cómo encontrar ese tipo de razón, esa razón tan abnegada? El interrogante relativo a la metodología constituye una etapa central de la actividad científica, y si lo que formulamos es una pregunta, una interpelación que, como tal, clama por una eventual respuesta, hemos de ser capaces de desentrañar los mecanismos que nos orientarían hacia una contestación a cuanto ahora nos intriga. He aquí, en cualquier caso, la principal dificultad de nuestro propósito. En efecto, ¿cómo, si no fuera mediante la razón, especificaríamos los criterios para elegir entre una y otra metodología de trabajo? ¿Cómo, si no fuera mediante la razón, plantearíamos siquiera la pregunta, y vislumbraríamos indicios de la respuesta, a la incógnita de si existe, o puede existir, algo que trascienda la razón? Toda pregunta, amén de toda respuesta, exige expresarse en términos racionales. La conjetura de que subsiste un ámbito que trasciende la razón funda ya una proposición racional.

No podemos, en definitiva, escapar del espectro de la razón. Su espeso halo acecha constantemente sobre la mente humana, más aún cuando ésta sondea luchar contra sí misma y negarse en tanto que racionalidad, porque al hacerlo apela ya a la razón, a una eventual argumentación que justifique la legitimidad de una instancia externa a ella misma.

El arma más eficaz para combatir contra la razón es la suspensión de su uso. Sin embargo, la negativa deliberada a emplear la razón implica, concomitantemente, una renuncia a "universalizar" el contenido de nuestros actos. Incluso el sentir, si es que ambicionamos transmitir su inescrutable pujanza a los demás, requiere de la fuerza de la razón para transformarse en un lenguaje que, en base a conceptos, a "concreciones" inexorablemente rígidas y acotadas, comunique un contenido. De lo contrario, quedará relegado a la inasible subjetividad, a una intimidad siempre impenetrable, y se erigirá entonces una gigantesca muralla entre las vivencias personales y la posibilidad de que el mundo devenga en partícipe de nuestras emociones.

No son pocas las ocasiones en que todo lenguaje se antoja insuficiente para proclamar la magnitud de lo vivido. El sentimiento parece tomar, en ese instante, las riendas de la existencia humana, como si destronase una razón otrora hegemónica, y se asentara ahora sobre el que fuera su regio sitial. Sin embargo, se trata siempre de experiencias episódicas y circunstanciales, indudablemente deleitosas, pero ineluctablemente efímeras. No podemos vivir sólo en base al sentir. Precisamos denodadamente de la razón. Tememos la razón, pero nos urge su presencia, porque sin ella todo desembocaría en arbitrariedad, en cerrazón, en despotismo. La tiranía de la razón es real, si bien quizás no sea tan agria como el avasallamiento de las emociones, que nubla la mente y nos enclaustra en nosotros mismos. Necesitamos la razón para emanciparnos de nuestra angostura, y así franquear los pórticos de lo universal, y dejar atrás el reducido mundo de una individualidad ensimismada. El sentir, eso sí, nos obsequiará con un bálsamo esporádico, e incluso habitual, capaz de rescatarnos del cansancio y de la apatía que con frecuencia impone una razón desbocada, la cual reiteradamente conculca el derecho a soñar con un espacio de auténtica libertad, en el que no impere sólo esa exitosa conjunción de lógica y de contraste empírico que ha propiciado el florecimiento de la ciencia, sino que, más allá del compás de las matemáticas y de la escuadra de la experiencia, se yerga un orbe nuevo, donde brillen la razón y su pléyade de proezas, pero donde sea también posible un sentimiento universal; un sentimiento (u otra potencia humana que no imaginamos por ahora) que, sin agotarse en una expresión conceptual, en un lenguaje que obedezca al imperativo de la razón y se nutra de su concurso, llegue sin embargo a todas las mentes. Quizás baste, por el momento, con embriagar nuestras ensoñaciones con el aroma de ese prado tan encandilador, de ese ámbito tan bello, porque al hacerlo habremos comenzado ya a plantar su tersa semilla.

La creación artística ofrece, de hecho, la posibilidad de desafiar la razón, al concebir escenarios que no tienen por qué responder a una justificación racional, ni resultar de un proceso argumentativo. Emergen, por así decirlo, "de la nada", aunque se valgan del sustrato de experiencias, tradiciones y conceptos que atesoran nuestras respectivas culturas. La llama del arte la enciende cada individuo en su espíritu. Y este ímpetu, como ocurre en tantos otros aspectos de la vida humana (no sólo en el terreno de la estética, sino también en el de las preferencias religiosas, políticas, amorosas...), suele nacer de un motor ajeno a la racionalidad, ya sea el sentimiento o la críptica esfera de la voluntad de cada persona.

El reto que el arte, la imaginación y el sentimiento lanzan contra la razón no ha de interpretarse como el germen de una violenta disputa, como un conflicto incoado intencionadamente para socavar los cimientos del orden racional (el cual, hasta que se demuestre lo contrario, es imprescindible para organizar la sociedad de acuerdo con la idea de dignidad humana -en principio creciente, si bien no de forma lineal- que albergamos en un período dado). Se trata de un desafío "creativo"; de un reto que contribuye a ensanchar los horizontes de la propia razón, al mostrarle que la intensidad de nuestros deseos y de nuestras fantasías se sitúa siempre "más allá" de lo que, al menos por ahora, la razón nos manifiesta. Este exceso, esta desmesura a la que ya hemos aludido, lejos de suponer un ataque frontal contra la legitimidad de la razón, le aporta un estímulo, quizás incesante, para asumir nuevos desafíos que la eleven hasta cotas aún no escaladas. La imaginación estética se alimenta de los exquisitos manjares de la razón, pero impetra más: ansía aventurarse por sendas ignotas que la razón aún no haya surcado, y probablemente jamás recorra. Este intercambio es recíproco, porque la razón puede también nutrirse del fermento de ideas que suscitan la imaginación, el arte y el sentimiento.

Ningún incentivo potencial para “inspirar” la razón ha de ser desestimado. La intuición, por ejemplo, desempeña un rol fundamental en la labor científica. Como reconociera Einstein en un memorable coloquio con el poeta francés Saint-John Perse sobre la génesis de la inspiración poética, la intuición juega un papel central tanto en la ciencia como en el arte. Sin intuición, Einstein difícilmente se habría imaginado a sí mismo mientras cabalgaba sobre un rayo de luz en su dorada juventud. Sin intuición, ni Saint-John Perse ni ningún otro gran creador habrían compuesto sus hermosos poemas. Es cierto, sin embargo, que la intuición científica, o se valida empíricamente, y se articula de acuerdo con los cánones de la razón (lógico-matemática, por lo general), o queda reducida a una especie de vapor etéreo que quizás cautive la imaginación, pero cuyo contenido no se sumará al acervo de conocimiento que edifica la magna arquitectónica de las distintas disciplinas (física, química, biología...). La ciencia también opera guiada por intuiciones, pero debe ir más allá de ellas, e integrarlas dentro de un proceso argumentativo en el que quepa comprobarlas empíricamente (o, en consonancia con las tesis de Sir Karl Popper, “falsarlas”, si es que no estamos persuadidos de que sea posible "verificar" algo, pues un único caso que contradijera una afirmación científica bastaría para deslegitimarla como aseveración universal). El arte, por el contrario, no percibe esa vocación de contraste lógico y experimental. Fluye autónomamente, y halla su verdadera morada y su más plácido refugio en ese perenne fluir. Se satisface a sí mismo, e instaura su propia razón de ser. La imaginación artística no se ve instada a dar cuenta de sí misma, a ampararse racionalmente, sino que se explica a través de cuanto rememora, del fuego que enardece en nosotros. El arte vive de una fuerza que remite a esa idea tan esquiva que llamamos belleza, la cual quizás corresponda al poder de evocación y de reminiscencia, esto es, al estímulo intelectual y emotivo que brota de una determinada obra estética.

La persistencia, siempre indómita, de ese orbe misterioso en el que residen la intuición, la imaginación y el sentimiento exhibe el primor de un desafío, cuya perseverancia no cesa de interpelar la racionalidad humana. Anhelamos una explicación para este hecho tan enigmático, para esta presencia tan arcana de un mundo, de atrayente incognoscibilidad, que parece ajeno al dominio de lo escible, y el cual, lejos de regirse por los fríos dictados de la lógica, procede con una libertad desconcertante, aunque fecunda. Ese aliciente irrestricto que intuición, imaginación y sentimiento brindan a la razón humana es una prueba de su importancia, de su “utilidad” para el mismo quehacer científico en todas sus ramificaciones, siempre necesitado del mayor número de fuentes de inspiración que desencadenen, cuan proficuos detonantes, el estallido de esa pujanza tan bella que ha catapultado la ciencia hasta desentrañar, en los últimos siglos, la naturaleza de las interacciones básicas de la materia, la estructura de las partículas elementales que configuran todos los cuerpos, las propiedades de los diferentes átomos, los entresijos de la evolución de las especies, la vasta expansión del universo y la fascinante complejidad de las neuronas cerebrales.

Un estímulo providencial es lo que otorgan la intuición, la imaginación y el sentimiento a la razón humana.


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