El blog de Carlos Blanco

¿Para qué filosofar?

20.06.11 | 09:15. Archivado en Sobre Carlos Blanco
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En un mundo asediado por la omnipresente sombra de la utilidad, ahora entronizada en el encumbrado Olimpo de los cánones que han de regir nuestras vidas; en un mundo cautivo del embrujo de la técnica, a la que se considera investida de virtualidades cuasi deíficas, dotadas de un hálito profético que parece capaz de resolver todos los problemas que nos afectan, así como de responder a todos los interrogantes que nos interpelan; en un mundo tan estrecho, en un mundo tan esclavizado por el deseo de eficiencia, resulta comprensible que las humanidades, y la filosofía como epítome del espíritu que define estas disciplinas del saber humano, se hallen en un estado de permanente cuestionamiento.

Impera con sutileza entre nosotros una perspectiva, aquejada del severo mal del cortoplacismo, que sólo presta atención a lo que reporta réditos inmediatos. Es por ello que estudiar filosofía y, más aún, cultivarla, se les antojará a muchos poco más que un lujo insostenible, un divertimiento ocioso y aristocrático que quizás contribuya al acervo de nuestra erudición, mas no nos obsequia con un provecho “real” del que podamos beneficiarnos fehacientemente. Al contrario que las ciencias, cuyo valor para el florecimiento y la mejora de la vida humana viene confirmado no sólo por su poder explicativo, sino también por sus aplicaciones técnicas, la filosofía no deja de ser un mero discurrir sobre problemas inveterados, sobre arcanos dilemas en torno a los cuales jamás se alcanza una solución; un simple ejercicio mental que sólo las sociedades opulentas pueden permitirse, al haber superado los rígidos umbrales de la subsistencia, pero sobre cuya legitimidad se cierne el fantasmagórico espectro de la sospecha, incluso en el seno de los países ricos.

No puedo compartir las dos premisas que acabo de exponer: la suposición de que la filosofía constituye una vacua elucubración intelectual, carente de interés práctico, y la idea de que sólo en las sociedades más industrializadas, más “avanzadas”, existen recursos suficientes para que unos pocos afortunados consagren sus vidas al estudio de la filosofía.

Ser humanos nos convierte ya, de alguna manera, filósofos. En el “de alguna manera” reside, sin embargo, la clave más importante de la temática que abordamos. Vivir humanamente nunca es ajeno al desarrollo de una concepción del mundo. Creer que sólo desde esa feliz combinación que entrelaza la ciencia con la técnica se enciende la llama del progreso trasluce ya la adhesión devota, y con frecuencia acrítica, a una determinada filosofía.

La tarea de la filosofía entiba, justamente, en examinar las distintas visiones del mundo que se han alumbrado en las diferentes épocas. La filosofía está llamada a custodiar ese legado de creatividad que sazona la historia humana. La filosofía, por tanto, ha de mirar en retrospectiva el pasado, con el auxilio de los datos que le proporcionan las demás ramas del conocimiento, para revelar, con el máximo rigor, la riqueza conceptual latente en las múltiples esferas de la vida humana.

El anterior aspecto obedece, por así decirlo, a la dimensión de “pasado” que vertebra el quehacer filosófico. Pero subsiste también una orientación hacia el “futuro”, en cuyos senderos la filosofía no se limita a interpretar, abnegadamente, las diversas tradiciones especulativas de la humanidad, sino que se lanza, impávida o temeraria, a forjar ella misma una reflexión sobre un tiempo todavía ausente: el porvenir. La filosofía no debe contentarse con la contemplación nostálgica de los tiempos pretéritos. No basta con comentar hasta la saciedad lo dicho y escrito por las grandes mentes de edades ya desvanecidas. La filosofía ha de proyectarse, con intrepidez y con hondura, hacia delante, intrigada por esos frutos de la voluntad y de la razón que quizás maduren en el mañana. La filosofía enjuiciará, sí, el pasado y el presente: adoptará ópticas más o menos plausibles sobre los grandes sistemas filosóficos y sobre las principales categorías sociológicas, y argumentará con mayor o menor grado de persuasión en defensa de su hermenéutica específica; pero este análisis de la realidad pasada y presente llevará ya implícita una percepción, siempre confusa, de cómo debe ser un futuro inevitablemente esquivo. Una filosofía secuestrada por el pasado y hechizada por lo ya marchito; una filosofía confinada a la investigación de lo que otros pensaron hace siglos; una filosofía que, en definitiva, no se abriera a imaginar el futuro, ni nos enseñara a amar la sabiduría, a buscar el conocimiento y a expandir los horizontes de nuestras ideas, habría perdido su razón de ser.

¿Qué no ha sido ya pensado? ¿Qué idea no ha descendido ya, desde su cosmos platónico, hasta la docta incertidumbre de la tierra? ¿Qué metáfora no ha seducido ya nuestros sentimientos estéticos? Sí, todo se ha imaginado, todo se ha creado, todo se ha contemplado…; todo, menos el hoy; todo, menos nuestro futuro. Hemos de imaginar nosotros el mundo; debemos crear nosotros la historia; tenemos que contemplar nosotros la belleza. Nadie nos ha pensado a nosotros mismos: asimos la antorcha de la novedad.

Abdicaríamos de nuestra condición humana si desistiéramos de interpretar el universo y la historia. La subjetividad inherente a todo acto interpretativo, ya sea a título individual o colectivo (la relatividad de los marcos culturales), no es pretexto válido para desacreditar la labor filosófica. Lo subjetivo es indispensable para configurar una existencia auténticamente humana, que no sucumba ante el avasallador influjo de la objetividad que alientan las ciencias empíricas y la tecnología. En tanto que sujetos, ser “subjetivos” no es sino una manifestación preclara de nuestra más diáfana humanidad. El cúmulo tan exuberante de interpretaciones filosóficas que nos brinda la historia representa, entonces, un signo privilegiado de la desmesura de la empresa humana; una prueba, vívida y hermosa, del potencial creador que atesoramos. La filosofía, en este sentido, colinda jubilosamente con el arte, y con otras expresiones del genio humano, pues instaura mundos que no existían, y se entrega al ansia de metamorfosear ese cosmos que nuestros ojos divisan. En este doble vínculo, el cual liga la filosofía tanto al pasado como a un presente encaminado, ineluctablemente, hacia un futuro nebuloso y subyugante, destella el alma del trabajo filosófico. La filosofía es, por ello, un derecho humano fundamental, cuyas raíces se hunden en nuestros anhelos más profundos: conocer y amar.

He aquí el noble empeño de la filosofía: pensar el mundo e imaginar lo venidero. La filosofía debe interpretar todo lo que nos rodea desde el mayor número posible de ángulos, inspirada en las ciencias naturales, en las sociales y en las disciplinas humanísticas, y mediante la conjugación de procedimientos intuitivos, inductivos y deductivos, que compaginen la observación con la creación intelectual en su más genuina acepción. La filosofía, lejos de restringirse a los que gozan de bienestar económico, se alza, más bien, como un instrumento de valor inconmensurable para propiciar ese avance tan añorado en todos los campos de la vida humana. Para progresar es preciso juzgar críticamente el presente y gestar una noción, aun vaga, de futuro, tentativa en la que la filosofía nos ofrece una ayuda inestimable.


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