Con frecuencia nos aprisiona un arduo dilema: la extrema dificultad de vislumbrar una síntesis, siquiera lejana, de cuanto ahora se nos muestra como irreconciliable. Las contrariedades inundan nuestras realidades y nuestros sueños, aspecto éste que resulta particularmente nítido cuando abordamos la temática del conocimiento.
¿Somos más felices por saber más? ¿Alcanzamos la satisfacción por acumular una mayor cantidad de conocimiento, cuando ante nosotros se extiende un horizonte potencialmente infinito, más vasto aún que todas las galaxias que pueblan el universo, y más sobrecogedor que todos los deseos que concibe el alma humana?
La sensación de complacencia personal nunca llegará a reducirse a una dimensión unilateral, dentro de la pléyade de acciones que definen la vida humana. Quizás coronemos la arcana cúspide de la felicidad atados a las cuerdas del conocimiento, pero no sólo con ello, y si es el júbilo más exultante, la percepción de que hemos obtenido algo que calma nuestras ansias indómitas, la emoción que nos gobierna, ello no se deberá exclusivamente a la ciencia, a la erudición o al entendimiento, sino a algo más, quizás ignoto. La felicidad es demasiado compleja como para catalogarse en base a unos cánones de ineludible y rígida angostura. Ser feliz estriba, precisamente, en rehusar la estrechez de miras, y en advertir que la alegría siempre procede de causas profusas; de un origen intrínsecamente heterogéneo, nunca de un único foco.
El conocimiento puede encaminarnos hacia la plenitud, y dotar de un sentido a nuestras vidas. Son muchos los que se han consagrado a la empresa del saber: a responder a nuestras preguntas y a formular cuestiones nuevas. Y esa curiosidad, ese compromiso con la aventura de la ciencia, ese entusiasmo por explorar los territorios vírgenes del intelecto, ha iluminado su paso por este mundo. Sin embargo, el conocimiento es también un manantial de aguas impuras, trágicamente maculadas, desprovistas de esa belleza cristalina con la que habíamos soñado cuando nos embarcábamos en la gran nave del saber. De él nace una legión de dramas, de calamidades y de amargura, porque basta con adentrarse en cualquier área de la ciencia o de las humanidades para percatarse de que jamás lograríamos agotarla, y nunca nos veríamos legitimados para pregonar, con aplomo: “ya lo sé todo sobre esta minúscula parcela del conocimiento humano”.
Gracias al conocimiento, tomamos conciencia profética de nuestra ínfima pequeñez en este universo gigantesco, y de lo remota que era la probabilidad de que surgiéramos entre tantas galaxias coruscantes y nebulosas coloridas. Honda desazón es lo que entonces nos asalta, y nuestro único y más holgado alivio radica en conmiserarnos los unos de los otros: en acompasar palabras de benevolencia, arrojo y entereza, ante la fatalidad de una vida que inexorablemente comienza y concluye, sea más o menos dilatada, mientras permanecemos instalados en el frontispicio de un sinnúmero de anhelos, siempre huérfanos de cumplimiento.
No es tan prístina y radiante la antorcha de la sabiduría. Tantas centurias, tantos milenios de acopio, voraz e incesante, de conocimiento, que puede saturar nuestra capacidad de comprensión, y descorazonarnos con la certidumbre de que la ignorancia siempre excederá, y con creces, la frontera conquistada por nuestra mente, al final no sirven para mucho. Conocemos más que hace siglos, y ello es innegable, es una evidencia palmaria, irrefutable, absolutamente inmune a toda tentativa de duda, pero aún no hemos esclarecido para qué estamos aquí; tal es la desmesura de nuestro misterio más profundo… Este interrogante tan angustioso sólo admite una contestación: vivimos en este mundo para encarnar, nosotros mismos, la respuesta a tan inescrutable pregunta.
Al existir, al empujar la historia hacia delante, como los bueyes que tiran abnegadamente de un gravoso arado, dilucidamos ya el recóndito enigma de nuestra presencia en esta tierra, simultáneamente frondosa y yerma. Pero el yugo que hemos de soportar, la esclavitud abrumadora de esforzarnos en impulsar el tiempo y el espacio, sin entender por qué lo hacemos, es demasiado lacerante: oprime nuestra libertad, y nos ahoga en la letal agonía del desánimo. Impetraríamos que toda la invencible maquinaria del cosmos se detuviese hasta que un vocablo inaudito, una voz gentil, solícita y clemente, nos revelara el sentido de la vida y el secreto del amor. Y, hasta ese inverosímil instante, nos declararíamos en la mayor y más colérica de las rebeldías, y rechazaríamos cultivar campos enmudecidos y levantar populosas ciudades, redactar libros inspiradores y descifrar los herméticos arcanos que prodiga la naturaleza...; pues por mucho que dediquemos nuestras energías a éstos y a tantos otros empeños, lo fundamental, lo que auténtica y arrebatadoramente nos interpela, aquello por lo que nuestras almas suspiran incansablemente, nos es ajeno, nos está vedado, y nadie nos lo desvela.
Felicidad e infelicidad…, vida y muerte, paradoja denodada e insuperable, porque el sol de nuestros días despunta y fenece, y vicioso es el círculo que describe. ¿Y acaso contemplamos algo que nos confiera satisfacción, plenitud y gozo? ¿No transparentan nuestros anhelos dolor, inconformismo y avaricia? Nuestra imaginación añora cúspides doradas, en las que creería saciar todas sus ansias, pero esas reverberantes cimas sólo constituyen ideales atávicos y ancestrales, entelequias que atenazan dulcemente nuestra fantasía, como una especie de acicate próvido e inagotable, sin el cual difícilmente sobrellevaríamos tanto no saber, y tanto saber que no se sabe. Esas cumbres sólo habitan en la morada de lo sueños, porque no existe un límite para nuestro entendimiento, ni un confín para nuestra voluntad. Una fuerza misteriosa ha dictado ya sentencia y ha decretado ya el castigo: “Vuestra será la insatisfacción perpetua”.
Frente a la tortura más críptica y punzante, que es la que compunge nuestro espíritu con el estrépito del sonoro repicar de unas campanas fragorosas, las cuales nos recuerdan la caducidad de nuestras vidas y la infinitud de nuestra ignorancia, no despuntará el rayo de la indulgencia. Nada sanará esa herida indeleble, ese dolor demasiado agudo. Un áspid nos ha intoxicado con una sustancia ponzoñosa, para la que no existe antídoto: la insatisfacción. Sabemos que ignoramos y sabemos que ignoraremos; sabemos que todo lo que hemos descubierto constituye una ínfima parte de un infinito inabordable; sabemos que las generaciones venideras quizás entierren esas ideas por la que tanto hemos luchado; sabemos que con la extinción de la vida sobre la Tierra se difuminará también el recuerdo de nuestras creaciones.
Hemos de resignarnos a vivir en un laberinto sombrío y melancólico, en una atroz encrucijada de oscuras galerías, de cada una de las cuales constantemente emergen senderos que se bifurcan hasta el infinito. Desde una misma y única fuente dimanan el bálsamo de la felicidad y el veneno de la tristeza.
Esta dinámica que entrelaza alegría y desazón se asemeja a una espiral vertiginosa, y en su seno nos hallamos, como zarandeados por el más salvaje de los vientos, como golpeados sin piedad por una brusca vorágine de corrientes severas, que no cejan en su cruel maltrato. Adustas, despóticas, inflexibles, nos agitan violentamente, nos revuelven confusa e intempestivamente, y sus ráfagas impetuosas producen en nosotros alocadas sacudidas, cuyo significado nos es líquido y esquivo… Sin embargo, no hemos de atribularnos por ello: ese túrgido ciclón, propagado por la percepción de nuestra ignorancia, no debe impedirnos vislumbrar un horizonte de esperanza. Insinuar este concepto se interpretará como un fácil recurso de vaga y veleidosa condescendencia; como un intento de evasión, ante la virulencia del panorama tan sinuoso y oscuro que espectralmente nos acecha; como un sedante edulcorado; como un cándido desahogo frente a la voracidad de nuestras ansias.
El conocimiento nos obsequia con destellos de felicidad, con efímeros y bellos relámpagos, que nos sorprenden en medio de la tormenta que acompaña nuestra desventurada búsqueda. Ignoro por qué el ser y no la nada, pero no adoraré la nulidad, el vacío apofático, porque no deseo que me absorba su denso agujero negro, ese bucle demoníaco, ese remolino inexpugnable en el cual, de sucumbir a su ferocidad, se impone el más agrio de los crepúsculos, y se desvanece todo sueño de fuga de sus mortales garras, ya que al mínimo contacto con ellas se disipan todas esas energías que habíamos derramado, copiosamente, al verde espacio de la vida, y nos encarcelan las perversas tinieblas del nihilismo.
No quiero devenir en discípulo del no-ser, sino que ansío darme irrestrictamente al ser, y construir en vez de destruir, e inundar la tierra y los cielos con cánticos de optimismo, no de áspero y lúgubre desasosiego. Deseo profesar que el conocimiento encenderá en nuestras almas la luz, aun tenue, de la felicidad. Elijo pensar que una comprensión más profunda del mundo y de la historia me brindará mayores dosis de satisfacción, y me mostrará atisbos de plenitud, pese a tantas antinomias insolubles y a este reguero de propósitos incumplidos. Prefiero creer que merece la pena regar la fragante flor del conocimiento, porque el elixir que custodia nos inspira, enaltece y transfigura: nos libera de nosotros mismos, nos abre al mundo, a la naturaleza y a la historia, y nos permite apreciar la fascinante variedad de las creaciones humanas. ¿No crece en el conocimiento el germen de una utopía: la de la unión entre todos los seres humanos?
En el fluctuante océano de nuestra ignorancia jamás se divisarán las difusas orillas, y siempre nos asemejaremos a unos silentes náufragos que navegan a la deriva... Pero la nuestra es la supremacía de quienes, aun perdidos en esas enormidades acuáticas, aun suspendidos sobre esos fondos abisales, se adhieren a una fe honda y bella: la convicción de que siempre será digno conocer; no sólo por los mayores niveles de bienestar material que quizás nos proporcione; no sólo por mejorar las circunstancias físicas y sociales de nuestra existencia; no sólo por perfeccionar nuestra comprensión del mundo, sino porque su impulso nos exhorta a adueñarnos de un destino siempre inefable, de un futuro que desborda los conceptos y empequeñece las palabras, incluso en esa brevedad tan frágil y lacónica que tiñe nuestras vidas de nostalgia. Exigua es ya nuestra presencia bajo estos jaspeados cielos, así que no caigamos presos de fuerzas brumosas que nos sean extrañas: edifiquemos nosotros la historia, y, aun en este minúsculo paréntesis, aun en el insignificante interludio que, entre tantos millones de años de evolución biológica y de expansiones y contracciones cósmicas, representa nuestra especie humana, descubramos algo que no perece: entreguémonos a un fin en sí mismo, que no exija nada a cambio, para así infligir una derrota a la aciaga y sorda mecánica del universo. Entonces nos enorgulleceremos de haber sido humanos…
Como proclamara Gottlob Ephraim Lessing en el apogeo de la Ilustración en Alemania, es más apasionante buscar la verdad que encontrarla. Así es la vida: más bello es el acto de escalar hacia la cumbre que el de culminar o rebasar una cima prefijada. Vale la pena vivir, con tal de enunciar preguntas que nos transporten, sin término, a nuevos y vibrátiles interrogantes, como pasajeros de la hilera infinita de barcos que atraviesan esa mar, inconmensurable, resplandeciente y cristalina, que sostiene la arquitectónica de este arcano firmamento.
Es vano desilusionarse, porque ya hemos compuesto una música que desprende hermosura. Ya hemos declamado versos inmortales, cuya cadencia nos vivifica. Ya hemos desentrañado la sofisticación de las interacciones básicas que rigen el funcionamiento de la materia. Ya hemos protagonizado periplos espaciales. Hemos sufrido mucho, y la aflicción rubricará, también en el futuro, nuestra condición humana, pero para atemperarla necesitamos el conocimiento.
No debemos rendirnos. Arde en nosotros el fuego de la perseverancia, por lo que la ceguera de un destino indolente no avasallará nuestra creatividad, ni entumecerá el cielo de nuestra fantasía. En el conocimiento podemos palpar la felicidad, si es que nos somete a desafíos continuos y nos hace anhelar lo sugerente y genuino. No renunciaríamos al amor por constatar que nunca lo alcanzamos en plenitud, pues, aun inexorablemente pasajeros, su primor y la ternura nos colman, e inauguran para nosotros un reino insólito, un seductor remanso. La finitud intranquiliza nuestra alma, ávida de lo que carece de fin, y apesadumbra nuestra voluntad, pero yace en nosotros el germen que puede convertir esa inquietud ante lo limitado en el exuberante árbol de la felicidad, si es que nos damos cuenta de que en lo finito subsiste ya un halo, late ya una chispa de infinitud; una brizna, evanescente y cuasi intangible, de lo que es fecundo, vivaz y duradero: la llama, mística y flamígera, de la creatividad. Debemos explorar todo lo que se yergue ante nosotros, para acariciar, en los más diversos afanes que urden la textura de nuestras vidas, esa plétora de belleza, armonía y placer que tanto nos subyuga. Contemplaremos la existencia, el mundo y la historia como los versos de un poema infinito, una de cuyas estrofas hemos de escribirla nosotros mismos.
Lo infinito en lo finito: he aquí el inconfesado secreto de la felicidad. Que el ligero y dulcificado canto de un ruiseñor cautive nuestra imaginación es algo que ni la magia de los dioses lograría, pues ellos son rehenes del deseo irrefrenable del infinito en cuanto tal, sin percatarse de que el infinito verdadero, al que aludiera Hegel, se asienta sobre lo finito y acotado, que es tan inasible como el ser de Heidegger. Propiciemos que el suave roce de la naturaleza en nuestras pieles trémulas nos catapulte hasta la esfera del placer siempre glorioso, inconcluso y exonerado. Esa indoblegable concatenación de preguntas y de respuestas, ese entrelazamiento inacabado que tanto nos agobia, nos obsequia también con la oportunidad de legarles algo grato a quienes nos sucederán en la concomitante aventura de la vida, algo en lo que esmerarse con aplomo, fervor y apego. Sí, un sentido finito para una vida finita, el cual condensará, sin embargo, todo viso de infinitud…
Nuestras almas han de ser conquistadas por un sentimiento de coraje, no de temor. Las arcanas potestades de la vida nos han investido de un vigor descomunal, capaz de fortificarnos frente al miedo y el recelo. En las aguas de la esperanza, en esas linfas salvíficas que nos rescatan del aquí y del ahora, debemos otear un mundo nuevo y una historia rejuvenecida. Nuestra razón y nuestra voluntad amparan un universo más ciclópeo, evocador y aquilatado que esas vastedades que inundan la lóbrega cúpula abovedada que nos envuelve. Valentía, no pusilanimidad y acobardamiento, es lo que inspira el brío de nuestros sueños, los cuales no ceden ante el presente, sino que se proyectan, con audacia inusitada, hacia un porvenir impredecible y por ende libre. Las constricciones del tiempo y del espacio jamás encadenarán la desmesura de nuestra fantasía, el poder de nuestro anhelo de frescura y de creatividad. Al advertir la maravilla del pensamiento, el milagro de forjar todo un cosmos en nuestro interior, un cálido espacio en el que fugazmente florecen el amor, la belleza y la sabiduría, descubriremos una fuente de consuelo, y una vocación a ensanchar los horizontes de lo posible. En este inimitable don está plantada la semilla de nuestra felicidad, de nuestra paz y de nuestra templanza.
Domingo, 27 de mayo
Julián Moreno Mestre
Mª Rosario Aldaz Donamaría
Atticus-444
Juan Granados
José Andrés Prieto
Juan Luis Recio
Ángel Sáez García
Chris Gonzalez -Mora
José Pómez
Javier Orrico
Juan Carrasco de las Heras
David Felipe Arranz