El blog de Carlos Blanco

Federico Mayor Zaragoza

21.01.11 | 19:07. Archivado en Sobre Carlos Blanco
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Una de las personas más fascinantes con las que he tenido oportunidad de conversar es D. Federico Mayor Zaragoza, español universal, hombre profundamente comprometido con los grandes desafíos globales, como el diálogo intercultural, la educación, la lucha contra la pobreza o la promoción de una cultura de paz, y, más aún, un sabio de nuestro tiempo.

Mayor Zaragoza nació en Barcelona en 1934. Estudiante brillante, se doctoró en Farmacia por la Universidad Complutense de Madrid en 1958. Recuerdo vivamente con qué ilusión me contaba el entusiasmo que le produjo conocer, en 1959, al eminente bioquímico alemán, exiliado en Inglaterra, Hans Krebs, quien identificó el famoso ciclo metabólico que lleva su nombre, descubrimiento por el que obtuvo el premio Nobel de Medicina o Fisiología en 1953, y al que visitaría en numerosas ocasiones en Oxford. La trayectoria de Federico Mayor sería, a partir de entonces, verdaderamente meteórica: catedrático en 1963, con tan sólo veintinueve años, rector de la Universidad de Granada en 1968, cargo que desempeñaría hasta 1972, seguido todo ello por una carrera en el campo de la política educativa que le llevaría, en último término, a la cima de la gestión de la cultura y de la ciencia a nivel internacional, que es la UNESCO.

El profesor Mayor dirigió el Centro de Biología Molecular Severo Ochoa, y a su trabajo científico añadiría importantes responsabilidades políticas: subsecretario de educación y ciencia (1974-1975), consejero del presidente Adolfo Suárez (1977-1978) y ministro de educación y ciencia (1981-1982). Desde 1978, Mayor era secretario general adjunto de la UNESCO, el órgano de las Naciones Unidas para la educación, la ciencia y la cultura, fundado en 1945 como sustituto de la difunta Comisión Internacional de Cooperación Intelectual de la Sociedad de Naciones. La UNESCO trata de materializar uno de los ideales más perdurables de la Ilustración: el impulso a la cooperación entre los pueblos de la tierra a través de la ciencia y de la cultura. Puede resultar idealista, o intelectualista, pero es difícil renunciar a la idea (porque hacerlo implicaría, de alguna manera, abdicar de la empresa de ser humanos) de que el conocimiento sea capaz de hermanar a los hombres y a las mujeres, y para el servicio de este noble fin existe la UNESCO.

La UNESCO ha tenido ilustres directores generales, entre ellos Julian Huxley (1946-1948), biólogo evolucionista (ciertamente controvertido por sus concepciones sobre eugenesia) perteneciente a una prominente estirpe británica que ha dado escritores y científicos en abundancia, y quien tuvo un activo papel en la creación de esta organización, el pedagogo italiano Vittorio Veronese (1958-1961), o el que fuera ministro de educación de Senegal Amadou-Mahtar M’Bow, que la dirigió entre 1974 y 1987. Es a él a quien sucedió Federico Mayor Zaragoza, quien ocupó el cargo hasta finales de 1999, al cumplir dos mandatos consecutivos de seis años cada uno. Desde 2000 es presidente de la Fundación Cultura de Paz, con sede en Madrid. Ya en la UNESCO, el profesor Mayor creó el programa “Cultura de Paz”, estructurado en torno a cuatro pilares fundamentales: educar para la paz y la defensa de los derechos humanos y de la democracia; combatir la pobreza en todas sus formas; defender la legitimidad del pluralismo y del diálogo intercultural; prevenir los conflictos y contribuir a consolidar la paz en el mundo. El 13 de septiembre de 1999, la Asamblea General de la ONU aprobaría, finalmente, la Declaración y Plan de Acción sobre una Cultura de Paz.

Como suele reiterar Mayor Zaragoza, si antaño estábamos acostumbrados a que otros tomaran decisiones por nosotros (declarar guerras, mandar a la gente a la muerte a luchar por algo que, en realidad, les era ajeno –pues respondía a los intereses de una minoría-, establecer qué es lo bueno y lo malo, etc.), es hora de que aprendamos a asumir la responsabilidad que conlleva el ser artífices de nuestro propio destino. Es ésta la esencia de la democracia, que no es tarea fácil, sino una ardua, pero impostergable, empresa.

Fiel a su firme convicción de que es a través del diálogo entre las culturas y las religiones como se puede alcanzar la paz, Mayor Zaragoza aceptó, en 2005, copresidir el grupo de alto nivel de la Alianza de Civilizaciones, importante iniciativa lanzada por el presidente Rodríguez Zapatero en 2004 en la sede de la ONU en Nueva York, y que suple, honrosamente, la proverbial carencia de proyectos internacionales de relieve que había caracterizado a la política española. La Alianza ha sido apadrinada por el secretario general de la ONU, Kofi Annan, y por su sucesor. Federico Mayor codirige este panel con el turco Mehmet Aydin, y entre los miembros del grupo de alto nivel se cuentan personalidades eminentes, como Desmond Tutu, premio Nobel de la Paz.

Autor de numerosos artículos científicos, ensayos y libros de poesía, conferenciante en medio orbe, académico en China, Rusia y España, participante activo en el Club de Roma…, Mayor Zaragoza es, sin duda, una de las personalidades culturales y científicas más internacionales de nuestro país.
Querría destacar, además de su brillante biografía y de su penetrante inteligencia, la sencillez de Mayor Zaragoza, seguramente avivada por compromiso inquebrantable con los más desfavorecidos, que no se expresa mediante veleidosos vocablos, sino a través de todo un pensamiento, coherente, armónico, poderoso, que gravita en torno a la primacía de valores como la solidaridad y el entendimiento entre los seres humanos, y que le hacen proponer un modelo económico distinto al que ahora está vigente, e indignarse ante un orden global en el que se gasta más en armamento que en educación, y en el que miles de personas mueren de hambre diariamente. El profesor Mayor Zaragoza, como buen científico, sabedor de la centralidad de un análisis que se remonte hasta las causas últimas en vez de mantenerse cómodamente anclado en la superficie, es plenamente consciente de que acabar con estas lacras exige una transformación profunda de las estructuras económicas y políticas, y requiere, sobre todo, del escándalo colectivo ante lo que es inadmisible. Si, como me contaba Mayor Zaragoza, José Saramago le confesó en una ocasión que era necesario aprender a impacientarse, a no resistir más pasivamente, sino a actuar ya contra lo que resulta intolerable, no cabe duda de que ejemplos tan alentadores como el de este español universal nos invitan a soñar que otro mundo es, efectivamente, posible.


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