Pocas creaciones humanas expresan tanto, y de modo tan magistral, sobre nuestras más hondas aspiraciones como las bibliotecas. El hecho de que a lo largo de los siglos hayamos construido edificios destinados a albergar los manantiales vivificadores del conocimiento, y a servir como templos de esa sabiduría que hemos adquirido con ingente esfuerzo, constituye un valioso testimonio de la vigencia de aquella lúcida intuición que inaugura la Metafísica de Aristóteles: “todos los hombres quieren por naturaleza conocer”. Haberles consagrado tantas energías y tanta belleza a las bibliotecas nos enaltece como humanidad.
Desazón, una amargura irredenta es lo que provoca dirigir cada día la mirada al mundo, sumergirse en el sinnúmero de noticias que no cesan de informarnos de que la injusticia pervive y triunfa, de que los impotentes carecen de voz, de que muchos seres humanos permanecen cegados por lo que no une, mas separa dramáticamente…
El poder de la razón nos ha permitido conquistar mundos formidables, y ha reforzado el predominio de nuestra especie en este minúsculo planeta de una recóndita galaxia del universo.
En un mundo asediado por la omnipresente sombra de la utilidad, ahora entronizada en el encumbrado Olimpo de los cánones que han de regir nuestras vidas; en un mundo cautivo del embrujo de la técnica, a la que se considera investida de virtualidades cuasi deíficas, dotadas de un hálito profético que parece capaz de resolver todos los problemas que nos afectan, así como de responder a todos los interrogantes que nos interpelan; en un mundo tan estrecho, en un mundo tan esclavizado por el deseo de eficiencia, resulta comprensible que las humanidades, y la filosofía como epítome del espíritu que define estas disciplinas del saber humano, se hallen en un estado de permanente cuestionamiento.
Con frecuencia nos aprisiona un arduo dilema: la extrema dificultad de vislumbrar una síntesis, siquiera lejana, de cuanto ahora se nos muestra como irreconciliable. Las contrariedades inundan nuestras realidades y nuestros sueños, aspecto éste que resulta particularmente nítido cuando abordamos la temática del conocimiento.
Una de las personas más fascinantes con las que he tenido oportunidad de conversar es D. Federico Mayor Zaragoza, español universal, hombre profundamente comprometido con los grandes desafíos globales, como el diálogo intercultural, la educación, la lucha contra la pobreza o la promoción de una cultura de paz, y, más aún, un sabio de nuestro tiempo.
Domingo, 27 de mayo
Julián Moreno Mestre
Mª Rosario Aldaz Donamaría
Atticus-444
Juan Granados
José Andrés Prieto
Juan Luis Recio
Ángel Sáez García
Chris Gonzalez -Mora
José Pómez
Javier Orrico
Juan Carrasco de las Heras
David Felipe Arranz