Die Rose ist ohne warum, sie blühet, weil sie blühet…
(“La rosa no tiene porqué, florece, porque florece…”)
Los místicos nunca cesarán de desconcertarnos. Sólo hay que aventurarse en los textos de Santa Teresa y de San Juan de la Cruz, introducirse en las especulaciones metafísicas de Meister Eckhart, internarse en el fascinante territorio del sufismo islámico, profundizar en las enseñanzas de Sankara o sumergirse en la intensidad espiritual que desprenden los escritos de los místicos renanos de la Baja Edad Media para convencerse de ello. Sí, es la mística una sorpresa perenne, un misterio gloriosamente encarnado en la forma de letras, de frases y de discursos que intentan transmitir un testimonio único que, por su propio concepto, se aproxima a lo inefable.
La capacidad de asombro que posee la mística para la mente del hombre y de la mujer contemporáneos, acostumbrados a llevar a cabo un proceso de estricta racionalización de todas las esferas de la vida, el cual parece relegar lo oculto al sutil ámbito de la mera fantasía o de la creación artística, es extraordinaria. Conscientes somos de que difícilmente podremos considerar las obras de los grandes escritores místicos como algo más que exaltadas expresiones de una fuerte vivencia psicológica, y la infranqueable barrera de la ciencia se interpone entre ellos y nosotros; pero, por otro lado, desearíamos denodadamente que existiera, en verdad, un espacio para lo indescriptible, tal que no todo se redujera al dominio, tantas veces tiránico, de la inteligencia. Queremos sentir, y aprender mientras sentimos, y es aún cierto, como adujera Pascal, que el corazón tiene sus razones que la razón no comprende. Se establece así una relación extraña entre la mística y nuestra época, un nexo de amor y de odio, del vibrante entusiasmo por lo que es inenarrable y de su no menos intemperado rechazo, ante el vértigo que produce la sola idea de que emerja un abismo insondable, que el conocimiento humano nunca podría agotar.
Inclasificable es el verso de Silesius. La rosa carece de porqué: se limita a florecer sin más, y florece porque florece. En ella reside su propia y más primorosa explicación, y es inútil, es vaga tarea el buscar una justificación que trascienda el hecho mismo de que la rosa florece. Debelado queda el principio leibniciano de razón suficiente, con su “nihil est sine ratione”. Seamos, por tanto, conquistados por la cautivadora mismidad de la rosa, por el imbatible poder de lo fáctico, que deviene inasible, y descansemos en la canora placidez de la armonía que provoca la ausencia de problematicidad, la anulación de todas las incógnitas, que se convierten ahora en algo inadecuado o incluso absurdo. No cabe indagar en el porqué de la rosa, ni, en consecuencia, en el porqué del mundo, el cual está ahí, desde que es mundo, y sólo mundo es. Es ésta la flagrante tragedia del filósofo: que no puede vivir sin formular preguntas, pero su curiosidad le transporta a una senda que no conoce fin, a un quebradero innecesario para su cabeza. Bien le valdría sobrecogerse, sin más, ante la belleza de la rosa, sin pronunciar palabra, relajado en la paz que generan los hechos puros, sin mediación del entendimiento, abandonados a sí mismos y que desde sí mismos nos interpelan. En lugar de aportar nosotros los léxicos y los signos de interrogación, serían entonces las cosas mismas las que se transformarían en la viva plasmación de los profusos vocablos, y la humanidad habría de contentarse con dirigir su mirada a lo que nos circuye, mas debería también cejar en su vehemente empeño de plantearle dudas a la naturaleza.
Sí, la rosa florece, y no tratemos de desentrañar por qué lo hace, proclama el místico; entreguémonos, más bien, a la contemplación devota del florecimiento mismo; mostremos confianza en la magia seductora de una realidad que se esclarece por sí misma, y no requiere de ningún ser humano que se erija en voz de estos espacios infinitos sumidos en un silencio eterno. Es la mente la que está vacía, y es la realidad la que halla dichosamente repleta de la más proficua energía. El verde y dorado árbol de la vida que, para Goethe, contrastaba con la gris teoría, es también la insobornable verdad de que, por muchas y divinas pesquisas que iniciemos, y por mucho que, impetrantes, suspiremos por conocer, permanece ante nosotros el enigma de la facticidad, de la objetividad de esta experiencia y no de otra, y de nuestra propia existencia como seres que pueblan esta inabordable tierra.
“Gelassenheit” mística, esto es, arrobado dejamiento, sosegada y casi anacorética renuncia ante lo que hay: tumbarse en las verdes praderas y no pensar, sino sólo sentir; sentir la vida, sentir la muerte, y no averiguar nada, porque ello atormenta, y cercena el ansia de existencia, al condenarnos a una desesperación profunda ante esta estruendosa orfandad de respuestas. Imploramos conocer, pero no sabemos si estamos dispuestos a atravesar el calvario que ello comporta, tal que su cruz hiera nuestras espaldas. Y, sin embargo, no desertamos de esta soberana empresa…
No, no puedo creer en la “Gelassenheit”, ni aceptar que la rosa se alce sin un porqué, y se me imponga como un muro inexpugnable. La rosa no es ningún dios para mí, sino una minúscula parte de este maravilloso escenario en el que habito, y es legítimo que la examine, pues así me conozco también a mí mismo, y percibo que soy yo el que crea el universo. La rosa seguirá enhiesta, como una pregunta abierta, y la humanidad no puede reposar, ya que el cansancio más extenuante es signo luminoso de la más fúlgida vida, y aspiramos a vivir como quien más, más que la rosa, que ignora por qué florece, cuando nosotros sí nos proponemos escrutar audazmente para qué vivimos.
La rosa no carece de un porqué: remite elocuentemente a la cuestión sobre el porqué. Ella misma es ella misma: he aquí la trivialidad palmaria que se deriva de la igualdad fundamental de todo ser consigo mismo, del principio de identidad; pero la rosa no está aislada, no es el único elemento del ingente cosmos. Si el universo fuese sólo la rosa, y nada más, ella misma sería su propia pregunta y su propia respuesta, pero en este reino colosal, en el que existe una humanidad en cuyo vivir se venera la sabiduría y se enuncia lo que resta ignoto, y cuyos hijos avanzan en el camino del tiempo gracias a proyectar temáticas nuevas constantemente, la rosa no puede constituirse en absoluto, en realidad incondicionada que escape a toda facultad interrogativa. La rosa es, más bien, una ejemplificación particular de la pregunta más amplia que define el sideral firmamento: “¿por qué existes, universo, y por qué eres tú y no otro?”. Y sí, lo sugiero, y por ello me veo también conminado a investigar por qué la rosa florece, y a explorar, con las herramientas minuciosas que gentilmente nos brinda la ciencia, los prolijos mecanismos que subyacen a ese proceso biológico; y, más aún, busco el origen de todas las rosas y de todas las plantas, y el de todos los seres vivos, y el de la Tierra, y, eventualmente, el de nuestra galaxia, para, ¡oh sublime abstracción!, remontarme hasta el recóndito principio del cosmos; y así vinculo la teóricamente nimia elucubración sobre una rosa que florece con la que se refiere al mundo como un todo cohesionado, a por qué el ser y no la nada, y lo conecto todo con todo… Y palpo aquí la grandeza de la mente humana, que “es, de alguna manera, todas las cosas”, en feliz sentencia de Aristóteles, y de lo insignificante llega concatenadamente a lo grandioso, y para la que nada, ni humano ni no-humano, le es ajeno.
Rosa mía, misterio eterno que eres, porque atesoras el señero testigo del universal arcano, persevera, florece, y embriáganos con la ubérrima belleza de tus pétalos, pero no nos obligues a contentarnos con observarte, presos de abrumadora abnegación. No seas tan ingrata e inmisericorde como para apagar la llama indómita de la pregunta que tan fervientemente arde en nosotros, la cual, o se vierte al exterior, a este vasto orbe, o acabará por consumirnos, y devorará nuestro frágil ser.
Ninguna rosa sin porqué aparente extinguirá el grito legendario de una humanidad sedienta de palabras, el clamor de quien se rebela contra la oscuridad desdeñosa que brota de la falta de respuestas. Queremos saber, porque anhelamos vivir, y existimos para conocer y, más aún, para preguntar. Que ninguna rosa, por bella que sea, por mucho que sintetice en su elegancia el ideal estético de los filósofos, de los místicos y de los poetas, se atreva a aniquilar un impulso que late en nuestro interior, cuya pujanza jamás languidecerá. Razón tenía Unamuno cuando escribió en Del Sentimiento Trágico de la Vida en los Hombres y en los Pueblos: “el universo visible, el que es hijo del instinto de conservación, me viene estrecho, esme como una jaula que me resulta chica, y contra cuyos barrotes da en sus revuelos, mi alma; fáltame en él aire que respirar. Más, más y cada vez más, quiero ser yo sin dejar de serlo, ser además los otros, adentrarme la totalidad de las cosas visibles e invisibles, extenderme a lo ilimitado del espacio y prolongarme a lo inacabable del tiempo. De no serlo todo y por siempre, es como si no fuera, y por lo menos ser todo yo, y serlo para siempre jamás. Y ser todo yo, es ser todos los demás. ¡O todo o nada!”
Domingo, 27 de mayo
Julián Moreno Mestre
Mª Rosario Aldaz Donamaría
Atticus-444
Juan Granados
José Andrés Prieto
Juan Luis Recio
Ángel Sáez García
Chris Gonzalez -Mora
José Pómez
Javier Orrico
Juan Carrasco de las Heras
David Felipe Arranz