El blog de Carlos Blanco

Europa como ética

10.08.10 | 12:11. Archivado en Sobre Carlos Blanco
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Europa tiene que concebirse como un proyecto ético, y no únicamente como un espacio económico. Europa, en definitiva, ha de redimirse de sus errores pasados y utilizar el inmenso potencial que le proporcionan su historia y su cultura para proponer al mundo un modelo inspirado en el principio de solidaridad entre los seres humanos, que sirva como alternativa al peligro del individualismo feroz que asalta el mundo.

El continente europeo es grande por su ciencia, por su filosofía, por su arte… De él han surgido movimientos tan importantes como el humanismo renacentista, la Ilustración, el feminismo o la socialdemocracia, pero también ideas tan perversas como el racismo, el colonialismo o el fascismo. Europa ha dado lo más grande y lo más mezquino, y la única forma que existe para que, como europeos, encontremos la forma de resarcirnos de nuestros múltiples y proliferantes errores, pasados y presentes, es haciendo de Europa una realidad que trascienda los estrechos márgenes impuestos por el rumbo actual de la política y de la economía. Europa debe convertirse en un contrapeso a la globalización, y resaltar la vigencia del principio de solidaridad, actualizado con nuevos desafíos como la crisis ecológica, o la importancia de la apertura a otras concepciones del mundo que partan de postulados distintos a los de la tradición europea.

Una Europa no eurocéntrica es, precisamente, la Europa de la ética, la Europa de la solidaridad, que tiende las manos a quienes antaño colonizó y expolió hasta extremos inimaginables, para ahora ofertar un encuentro cultural basado en cánones distintos: no en la dominación/opresión, en la imposición por parte de quien ostenta el poder, sino en la cooperación, en la asunción conjunta de compromisos, en la sincopada compartición del poder y de la riqueza, en la gestación y difusión del conocimiento, en la rehabilitadora interacción artística y cultural. La responsabilidad de Europa con el mundo es máxima, y el gran aval de los europeos, su mayor fuente de sabiduría de cara a los problemas de nuestro mundo, es la historia.

La historia es un escenario de suma ambivalencia, sobre todo en el caso de nuestro continente, pero la trayectoria histórica europea confiere una idea orientativa sobre aquello de lo que somos capaces, para bien o para mal. Justamente el hacer de esa experiencia un conocimiento “para bien”, que nos permita saldar nuestras inmensas deudas con tantos pueblos de la tierra que, con anterioridad, en lugar de beneficiarse de la ciencia, de la filosofía o del arte europeos se convirtieron en sus infaustas víctimas, constituye una etapa esencial en la configuración de Europa como designio ético.

Europa puede y debe presentar alternativas a un modelo de desarrollo injusto, tanto en lo económico como en lo ecológico. La vigencia de la categoría de “tolerancia” ha de suscitar en Europa una audaz apertura a nuevas realidades, a nuevas idiosincrasias, a nuevas “historias” que hayan corrido en paralelo al rumbo de nuestro continente. El principio vertebrador de esta tolerancia debe ser la confianza en el poder de la comunicación, que es la facultad que todas las culturas, también la europea, poseen para superarse a sí mismas, pero tiene que consistir en una tolerancia socialmente constructiva, que no abdique de la obligación de otorgar a todos los hombres y mujeres las mismas oportunidades para participar en la esfera pública, para expresar convicciones y forjar su futuro. Poca tolerancia habrá mientras subsistan las graves asimetrías económicas, sociales y culturales que padece el mundo, y también Europa, pero toda tolerancia, constructiva o no, ha de seguir admitiendo que la verdad no nos ha sido dada en el aquí y en el ahora, sino que más bien representa el resultado de un continuo proceso de búsqueda indefinida, en el cual deben caber aproximaciones diversas.

Caminar por Europa es encontrarse con la historia, es palpar su peso con toda intensidad, como en pocos otros lugares, pero es también reflexionar sobre el porvenir, sobre lo que puede dar de sí la humanidad, sobre la dirección que ha tomado nuestra época. No hay ningún final de la historia, porque siempre queda el futuro, enigmático, delante de nosotros, pero no podemos ignorar las enseñanzas de la grávida losa de los tiempos, y la historia europea es excepcionalmente aleccionadora. Europa debe emplear esa didáctica histórica para proponer un modelo que trascienda los intereses particulares, aunándonos como seres humanos en la edificación de un mundo más digno. Europa, entonces, ya no será sólo Europa, sino que se abrirá resolutamente a los demás pueblos.

Europa, en definitiva, ha de interiorizar un humanismo pluralista, pero humanismo al fin y al cabo, que contemple la historia como una fuente de experiencia, y también como una tarea: la responsabilidad de redimirnos de nuestros errores del pasado en una Europa transeuropea, que no se clausure ofuscadamente en torno a sí misma, y no atienda únicamente a la problemática interna, por seria que resulte, ya que es consciente de que en un mundo tan complejo como el actual las soluciones duraderas requieren de la valerosa aceptación de una óptica universalista. Cambiar los derroteros globales del mundo es, de hecho, una misión de ese proyecto ético que debe asumir Europa por razones históricas, pero que, por motivos “humanos”, ha de ser enarbolado por todas las sociedades del planeta.


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