El blog de Carlos Blanco

Adolfo Pérez Esquivel

02.08.10 | 11:24. Archivado en Sobre Carlos Blanco
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Hace unos días tuve la oportunidad de conocer personalmente a Adolfo Pérez Esquivel, premio Nobel de la Paz en 1980 por su insobornable compromiso con la defensa de los derechos humanos durante el período de la dictadura militar argentina. Pérez Esquivel es un hombre de una sencillez exquisita, y su trabajo en favor de la justicia social y de la libertad en América Latina y a nivel mundial es un motivo de orgullo para su país, que tantos grandes nombres ha aportado a la ciencia, a las artes y al activismo. Cuando al prestar atención a lo que nos dicen los medios de comunicación parece que en nuestra época sólo priman el egoísmo y el ansia irredenta de poder, personas como Pérez Esquivel, que no han tenido reparo en entregar su vida, aun en peligro de muerte, por el bienestar ajeno, hacen nuestra existencia más llevadera, y consiguen aún insuflar esperanza en nuestras posibilidades para edificar una sociedad más humana y fraterna.

Adolfo Pérez Esquivel nació en Buenos Aires el 26 de noviembre de 1931. Se formó como arquitecto y escultor en la Escuela Nacional de Bellas Artes y en la Universidad Nacional de la Plata. Desde los año s'60 Pérez Esquivel ha colaborado activamente con grupos pacifistas cristianos vinculados a la teología de la liberación (sin duda, una de las grandes aportaciones intelectuales de Latinoamérica al pensamiento universal), al coordinar la acción de numerosas comunidades de base que abogaban por el uso de métodos no violentos para promover el proceso de emancipación de los oprimidos (los pobres, los marginados...) en un subcontinente que pasa por ser una de las regiones más desiguales del globo.

Lógicamente, este tipo de ideales no podía ser del agrado de los militares criminales, oscurantistas y reaccionarios que perpetraron el sangriento golpe de Estado en Argentina en 1976. El "Servicio de Paz y Justicia", fundado por Pérez Esquivel, fue uno de los focos más relevantes de resistencia a la dictadura militar, y estuvo especialmente involucrado en el apoyo a los familiares de las víctimas de la guerra sucia emprendida por los militares contra todos los que se opusiesen a ellos (sindicalistas, pacifistas, intelectuales...). La perdurable huella del "Servicio de Paz y Justicia" se dejó sentir con particular intensidad en la proyección internacional de las atrocidades que se cometían en Argentina, lo que desató una campaña de solidaridad a escala global.

Pérez Esquivel ha sufrido en sus propias carnes meses de prisión, torturas y la ausencia de un juicio justo. Bien sabemos que su labor ha sido recompensada, no sólo con el premio Nobel de la Paz (lo que le convirtió en el segundo ciudadano argentino que lo obtiene en esta categoría, tras el diplomático Carlos Saavedra Lamas, quien lo recibió en 1936), sino también con el Memorial de la Paz Juan XXIII y con el galardón "Pacem in Terris".

Pérez Esquivel es incansable. No cabe en él desaliento ante los impostergables desafíos de Latinoamérica y del mundo entero. Participa en el Tribunal Permanente de los Pueblos y en la Liga Internacional para los Derechos Humanos y la Liberación de los Pueblos, para así constituir un símbolo excepcional de la vigencia de la lucha pacífica por la justicia social. Y no se rinde. Recientemente hemos podido seguir sus encomiables declaraciones de apoyo al juez Garzón, que se suman a una oleada de respaldo internacional que contrasta con la cerrazón mental de determinados sectores de la sociedad española. También se ha pronunciado críticamente sobre la globalización en el marco del Foro Social Mundial, y prosigue, impávido y admirablemente resoluto, en su denuncia de las numerosas violaciones de los derechos humanos que todavía tienen lugar en Latinoamérica.

Pérez Esquivel escribió un libro titulado "Caminando junto al Pueblo" (1995). Eso es lo que él ha hecho a lo largo de su vida: sumar su paso al de tantos y tantas que batallan por un mundo mejor, y dedicar su vida a los demás. Difícilmente podrá encontrarse un ideal de vida más auténtico, más humanizador, más apto para fomentar los vínculos entre todos los miembros de la familia humana. Es por ello que conocer el testimonio de personas como Pérez Esquivel dignifica nuestra existencia, y nos proporciona un impulso para mirar adelante y, en lugar de temer un futuro siempre incierto, intentar, por complicado que parezca, forjar ese ignoto porvenir. Sí, Pérez Esquivel infunde optimismo existencial. Pérez Esquivel, es decir, la personificación del servicio, de la entrega y de la valentía, ha de ser una energía inspiradora para las generaciones venideras, y no aquéllos tantas veces idolatrados en los medios: los potentados. El verdadero poder, el poder que realmente llega al fondo de las personas, el poder que humaniza, es la fuerza que no oprime y no subordina unos seres humanos a otros, sino que dialoga, comprende y busca. Es el poder que infunden la firme moral y la revitalizadora dignidad de personas como Adolfo Pérez Esquivel. Ojalá no desista jamás en sus múltiples luchas.


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