El blog de Carlos Blanco

Homo absconditus

25.07.10 | 20:15. Archivado en Sobre Carlos Blanco
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Homo absconditus”: afortunada expresión de Ernst Bloch, que seculariza el célebre “Deus absconditus” del Deutero-Isaías, para así traducir su contenido a un lenguaje inteligible para todos, creyentes o no, de manera que las religiones y la teología se propongan, por fin, fomentar la unidad y no la división… “Hombre escondido”, hombre oculto, esto es, misterio perenne que es el ser humano, imposibilidad de reducir lo humano a una esencia universal, prefijada, determinable mediante el análisis racional, o incluso a través de la indagación histórica en las manifestaciones que ha adquirido a lo largo de tantos siglos…

Qué es el ser humano, la pregunta que sintetiza los tres grandes interrogantes kantianos (qué puedo saber, qué puedo hacer y qué me cabe esperar), constituye aún hoy la temática más apremiante, si es que nos hemos hecho cargo del desafío que supone ser hombres y mujeres.

“Por qué el ser y no la nada”, que para Leibniz y Heidegger representa el enigma más profundo de la filosofía, se convierte, entonces, en “qué es el hombre”. La pregunta por el porqué de la realidad, por qué existe un universo, por qué hay algo en vez de nada (tarea que, en la perspectiva de la teoría crítica, nos conmina –como ha señalado Habermas- a abordar una cuestión pareja: por qué las cosas son como son y no de otra manera), apela a una incógnita que me atrevería a calificar de antecedente: qué es lo humano, y por qué permanece custodiado, en un recóndito enclave del pensamiento, el añorado secreto del hombre, cuyos ecos resuenan en toda época y en todo espacio. Nunca cabrá afirmar, categóricamente, que hayamos agotado la comprensión de lo que podría ser la esencia humana. Al fin y al cabo, el interrogante referido al porqué de todas las cosas lo enunciamos nosotros mismos, por lo que se alza una problemática inaplazable: por qué existe un ente, el hombre, dotado con la habilidad tan cautivadora de alumbrar semejantes cuestiones. “Por qué el ser y no la nada”, pero, más aún, “por qué la humanidad se ha lanzado a preguntarlo”.

La incógnita sobre el ser humano está indisociablemente unida al esclarecimiento del rol del futuro en la historia. Plantearse qué es el hombre implica ahondar en lo que significa, para nosotros, el futuro, porque la evidencia incontestable que poseemos es que se yergue un porvenir delante de nosotros, al menos mientras perdure el tiempo humano. Siempre es posible posponer la pregunta y su eventual respuesta al mañana, al misterio tan evocador de un día que borre los rastros del ayer, del alba resucitadora. El horizonte reinterpretativo que ofrece el futuro relativizará, ineluctablemente, toda definición de lo humano que hoy formulemos.

Porque existe un futuro, es el ser humano “homo absconditus”, y puesto que ningún pasado ni ningún presente acapararán jamás la última palabra sobre el porvenir, el ser humano será siempre un ente escondido, una realidad irresolublemente enigmática, que no habrá desvelado aún la plenitud de sus capacidades, para bien o para mal. La historia nos confiere un arbitraje crítico insustituible, el cual contribuye a contextualizar el espacio de lo humano, y doblega toda altisonante pretensión de haber desentrañado por completo la esencia humana. Nos percatamos, al menos tentativamente, del alcance de nuestro poder: tímidamente intuimos la belleza de esos pináculos de conocimiento y de amor que nos es dado conquistar, y trágicamente comprobamos que el dolor no cesa nunca de embestir, con su oscura furia, contra nuestros inmarcesibles sueños; pero esta percepción, esta contradicción entre nuestra voluntad de bien y nuestra inclinación al mal, la limita una certeza que nada confuta: nuestro comprender se subordinará siempre al mañana. No podemos excluir la posibilidad de que en el futuro logre el ser humano aún más: más ciencia, más hermosura, más amor, pero también más odio y más resentimiento. Nuestros hijos recorrerán sendas no imaginadas, que conducirán el espíritu humano hacia mejores o peores destinos. La voracidad de nuestras dudas jamás franqueará la sólida muralla de una verdad muy luminosa: el ser humano, si subsiste en este inmenso cosmos cuyo silencio eterno tanto atemorizaba a Pascal, es un arcano venidero, un misterio que remite al porvenir en cuanto tal, a un futuro hipotético que dilucide las claves más profundas sobre su naturaleza. Mientras persevere ese futuro incognoscible, toda hermenéutica de lo humano será provisional, una frágil anticipación de un sentido anhelado, pero cuya cúspide nunca se corona en el presente.

En tanto haya futuro, el hombre será “homo absconditus” y, más aún, será el hombre humano, porque no cabe humanidad sin porvenir. Una humanidad que se transformara en un presente puro, en la boeciana posesión perfecta de una vida interminable, gloriosamente revestida de los rasgos de inmutabilidad, habría abdicado de ser humana, pues se vería privada de la belleza del cambio, de la hermosa mirada al mañana, de la docta incertidumbre que fluye de crear y de soñar. Una humanidad despojada de cualquier atisbo de negatividad; una humanidad alejada por siempre de la intrusión dialéctica de la carencia, que exhorta a edificar un espacio nuevo y más amplio; una humanidad que asumiese ya el carácter de espíritu absoluto, cesaría de ser humana.

Para entender qué es el hombre es preciso admitir su condición de “absconditus”, de totalmente-otro con respecto a sí mismo. Es en virtud de esta dependencia de un futuro inasible, pero liberador, que ninguna determinación, natural o histórica, decidirá nunca y de modo inexorable el destino de la humanidad. Nuestro más aleccionador consuelo como humanidad, el antídoto más bello contra la desgarradora sombra de la finitud y de la ignorancia, reside en gozar del bálsamo de nuestras creaciones: en abrir nuestras mentes a las culturas, al arte y a la ciencia, para identificar en el sinuoso océano del saber, y en esa seductora variedad de civilizaciones y de interpretaciones del mundo que perfora la historia, un reverberante oasis de paz, humildad e inspiración. Busquemos en la fascinante riqueza de lo humano, en cada rostro, en cada idea y en cada sueño, un desafío a nuestra subjetividad; la rúbrica de una vocación a abandonar la estridente angostura de nosotros mismos, y a luchar, con coraje y amor, por una historia en la que cada miembro de la familia humana forje su propio destino, y en la que todos nos deleitemos, irrestrictamente, con la insondable pluralidad de las creaciones humanas.

Porque se alza un porvenir, porque despunta la luz del mañana, expandiremos el saber y renovaremos las civilizaciones; porque el crepúsculo de nuestro hoy no será el ocaso del mañana, la humanidad podrá crecer, podrá enfrentarse al reto inaplazable de escoger el camino de la unidad, del amor y de la justicia antes que la vía de la división, del rencor y de la iniquidad.

No sabemos qué es el ser humano ni de qué es capaz. Como humanidad, no hemos pronunciado un verbo concluyente e inmodificable. Quizás nadie diga nunca la última palabra. Un espeso velo cubre la verdad sobre nuestra naturaleza más íntima, porque ésta se produce, fácticamente, en el devenir histórico. Hay un único fundamento trascendental, una única certeza inexpugnable que dimana de la historia para irradiar su luz profética: el impenetrable futuro. “Homo absconditus quia homo futurus”: es éste nuestro mayor tesoro, el inescrutable don del tiempo, que nos invita a un perpetuo viaje allende nosotros mismos.


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