Die Rose ist ohne warum, sie blühet, weil sie blühet…
(“La rosa no tiene porqué, florece, porque florece…”)
Angelus Silesius (1624-1677)
Europa tiene que concebirse como un proyecto ético, y no únicamente como un espacio económico. Europa, en definitiva, ha de redimirse de sus errores pasados y utilizar el inmenso potencial que le proporcionan su historia y su cultura para proponer al mundo un modelo inspirado en el principio de solidaridad entre los seres humanos, que sirva como alternativa al peligro del individualismo feroz que asalta el mundo.
El continente europeo es grande por su ciencia, por su filosofía, por su arte… De él han surgido movimientos tan importantes como el humanismo renacentista, la Ilustración, el feminismo o la socialdemocracia, pero también ideas tan perversas como el racismo, el colonialismo o el fascismo. Europa ha dado lo más grande y lo más mezquino, y la única forma que existe para que, como europeos, encontremos la forma de resarcirnos de nuestros múltiples y proliferantes errores, pasados y presentes, es haciendo de Europa una realidad que trascienda los estrechos márgenes impuestos por el rumbo actual de la política y de la economía. Europa debe convertirse en un contrapeso a la globalización, y resaltar la vigencia del principio de solidaridad, actualizado con nuevos desafíos como la crisis ecológica, o la importancia de la apertura a otras concepciones del mundo que partan de postulados distintos a los de la tradición europea.
Una Europa no eurocéntrica es, precisamente, la Europa de la ética, la Europa de la solidaridad, que tiende las manos a quienes antaño colonizó y expolió hasta extremos inimaginables, para ahora ofertar un encuentro cultural basado en cánones distintos: no en la dominación/opresión, en la imposición por parte de quien ostenta el poder, sino en la cooperación, en la asunción conjunta de compromisos, en la sincopada compartición del poder y de la riqueza, en la gestación y difusión del conocimiento, en la rehabilitadora interacción artística y cultural. La responsabilidad de Europa con el mundo es máxima, y el gran aval de los europeos, su mayor fuente de sabiduría de cara a los problemas de nuestro mundo, es la historia.
La historia es un escenario de suma ambivalencia, sobre todo en el caso de nuestro continente, pero la trayectoria histórica europea confiere una idea orientativa sobre aquello de lo que somos capaces, para bien o para mal. Justamente el hacer de esa experiencia un conocimiento “para bien”, que nos permita saldar nuestras inmensas deudas con tantos pueblos de la tierra que, con anterioridad, en lugar de beneficiarse de la ciencia, de la filosofía o del arte europeos se convirtieron en sus infaustas víctimas, constituye una etapa esencial en la configuración de Europa como designio ético.
Europa puede y debe presentar alternativas a un modelo de desarrollo injusto, tanto en lo económico como en lo ecológico. La vigencia de la categoría de “tolerancia” ha de suscitar en Europa una audaz apertura a nuevas realidades, a nuevas idiosincrasias, a nuevas “historias” que hayan corrido en paralelo al rumbo de nuestro continente. El principio vertebrador de esta tolerancia debe ser la confianza en el poder de la comunicación, que es la facultad que todas las culturas, también la europea, poseen para superarse a sí mismas, pero tiene que consistir en una tolerancia socialmente constructiva, que no abdique de la obligación de otorgar a todos los hombres y mujeres las mismas oportunidades para participar en la esfera pública, para expresar convicciones y forjar su futuro. Poca tolerancia habrá mientras subsistan las graves asimetrías económicas, sociales y culturales que padece el mundo, y también Europa, pero toda tolerancia, constructiva o no, ha de seguir admitiendo que la verdad no nos ha sido dada en el aquí y en el ahora, sino que más bien representa el resultado de un continuo proceso de búsqueda indefinida, en el cual deben caber aproximaciones diversas.
Caminar por Europa es encontrarse con la historia, es palpar su peso con toda intensidad, como en pocos otros lugares, pero es también reflexionar sobre el porvenir, sobre lo que puede dar de sí la humanidad, sobre la dirección que ha tomado nuestra época. No hay ningún final de la historia, porque siempre queda el futuro, enigmático, delante de nosotros, pero no podemos ignorar las enseñanzas de la grávida losa de los tiempos, y la historia europea es excepcionalmente aleccionadora. Europa debe emplear esa didáctica histórica para proponer un modelo que trascienda los intereses particulares, aunándonos como seres humanos en la edificación de un mundo más digno. Europa, entonces, ya no será sólo Europa, sino que se abrirá resolutamente a los demás pueblos.
Europa, en definitiva, ha de interiorizar un humanismo pluralista, pero humanismo al fin y al cabo, que contemple la historia como una fuente de experiencia, y también como una tarea: la responsabilidad de redimirnos de nuestros errores del pasado en una Europa transeuropea, que no se clausure ofuscadamente en torno a sí misma, y no atienda únicamente a la problemática interna, por seria que resulte, ya que es consciente de que en un mundo tan complejo como el actual las soluciones duraderas requieren de la valerosa aceptación de una óptica universalista. Cambiar los derroteros globales del mundo es, de hecho, una misión de ese proyecto ético que debe asumir Europa por razones históricas, pero que, por motivos “humanos”, ha de ser enarbolado por todas las sociedades del planeta.
Hace unos días tuve la oportunidad de conocer personalmente a Adolfo Pérez Esquivel, premio Nobel de la Paz en 1980 por su insobornable compromiso con la defensa de los derechos humanos durante el período de la dictadura militar argentina. Pérez Esquivel es un hombre de una sencillez exquisita, y su trabajo en favor de la justicia social y de la libertad en América Latina y a nivel mundial es un motivo de orgullo para su país, que tantos grandes nombres ha aportado a la ciencia, a las artes y al activismo. Cuando al prestar atención a lo que nos dicen los medios de comunicación parece que en nuestra época sólo priman el egoísmo y el ansia irredenta de poder, personas como Pérez Esquivel, que no han tenido reparo en entregar su vida, aun en peligro de muerte, por el bienestar ajeno, hacen nuestra existencia más llevadera, y consiguen aún insuflar esperanza en nuestras posibilidades para edificar una sociedad más humana y fraterna.
“Homo absconditus”, afortunada expresión de Ernst Bloch que remite al célebre “Deus absconditus” del Deutero-Isaías, secularizándolo para así traducir su contenido a un lenguaje inteligible para todos, creyentes o no, de manera que las religiones y la teología se propongan, por fin, fomentar la unidad y no la división… “Hombre escondido”, hombre oculto, esto es, misterio perenne que es el ser humano, imposibilidad de reducir lo humano a una esencia universal, prefijada, determinable mediante el análisis racional, o incluso a través de la indagación histórica en las manifestaciones que ha ido adquiriendo a lo largo de las profusas centurias...
Nos ha dejado José Saramago (1922-2010), ese gran espíritu que vino de Portugal y que llegó al mundo entero a través de la belleza de sus palabras y de la sinceridad de su compromiso. Yo quiero insistir en un hecho: Saramago, su vida, su obra, su trayectoria, constituyen una profunda lección de humildad a los universitarios de nuestro tiempo y sobre todo a los que estudian en las universidades más prestigiosas de Estados Unidos y de Europa.
La magia de la literatura está ahí: cuando nos sumergimos en lo que un libro nos cuenta, si verdaderamente llega a nuestro interior, si verdaderamente nos dice algo que nos hace reflexionar y que nos permite mirar a la vida de otra manera, acabamos sintiendo al escritor y a los personajes de su obra como seres cercanos, casi como familiares, como si nos hubiéramos conocido siempre.
Hoy, 18 de junio de 2010, ha fallecido el escritor portugués José Saramago. Nos deja un titán de las letras, alguien que nos ha hecho soñar mediante la belleza de la palabra, y también nos deja un titán del compromiso político y de la lucha por un mundo más justo y humano.
Me atrevería a decir que Amartya Sen es uno de los intelectuales más sobresalientes de nuestro tiempo.
Sus numerosas contribuciones al conocimiento, particularmente en los campos de la economía y de la filosofía, reflejadas en una extensa y prolífica obra (siendo su libro más reciente The Idea of Justice), el reconocimiento internacional recibido (que culmina en la concesión del premio Nobel de Economía en 1998) y su participación directa en los intentos por mejorar el bienestar colectivo de la humanidad a través de sus aportaciones al índice de desarrollo humano, lo convierten en uno de los grandes intelectuales de nuestro tiempo.
Por su interés, incluyo el enlace al artículo que publica hoy el premio Nobel de Economía Paul Krugman en El País, titulado "El fracaso del miedo":
El grado de progreso democrático de un país se mide en su capacidad para afrontar retos conjuntos que involucran a todos y que reparten las responsabilidades según la capacidad de afrontarlas.
Quisiera poder guardar en mi memoria todos los nombres que ha tenido la humanidad, en su mayoría anónimos, que pocos recordarán, pero que alumbraron esperanzas, se afanaron en vivir, lucharon por erigir algo diferente, y pusieron las bases de nuestra historia. Nosotros somos sus herederos. Debemos estarles agradecidos. Muchos cometieron errores, gravísimas equivocaciones que tardarán en disiparse, pero creo que la mayor parte de las múltiples onomásticas que ha atesorado la humanidad sólo ansiaba ser feliz, buscando algo que respondiera a su deseo de amar, de conocer, de disfrutar de los placeres, aun perentorios, de la vida.
El 11 de febrero de 1990 Nelson Mandela, abogado sudafricano y luchador infatigable por la libertad, salió de la cárcel. Había pasado 27 años en prisión por defender los derechos de su pueblo frente a la tiranía opresora de la minoría blanca y racista sudafricana.
Quizás nunca logremos superar el estado de indigencia filosófica tan profunda que causa una existencia en la que presenciamos simultáneamente la vida y la muerte, la belleza y el horror, el conocimiento y la ignorancia.
No encuentro otra palabra. El terremoto que ha sacudido Haití, un pequeño país azotado por guerras, miseria y calamidades de todo tipo, es conmovedor.
Jueves, 16 de febrero
Mª Rosario Aldaz Donamaría
Antonio García Fuentes
José Pómez
Padre Fortea
Ángel Gutiérrez Sanz
Chris Gonzalez -Mora
Juan Luis Recio
Juan Fernandez Krohn
Ángel Sáez García
Carlos Ferrer
José Donís Català
Paulino Toribio