El blog de Carlos Blanco

Conferencia del cardenal Vanhoye sobre el concepto de "sacrificio" en la Carta a los Hebreos

29.01.09 | 17:11. Archivado en Sobre Carlos Blanco

He tenido oportunidad de asistir a la conferencia de uno de los exegetas católicos más importantes del momento: el cardenal Albert Vanhoye.

El cardenal Vanhoye, perteneciente a la Compañía de Jesús, nació en la ciudad francesa de Hatzebrouck, cerca de Lille, en 1923, y se doctoró en teología bíblica y en lenguas clásicas. Su dilatada experiencia docente ha estado asociada, principalmente, al Pontificio Instituto Bíblico de los jesuitas en Roma, del que ha sido rector entre 1984 y 1990. En 2006, el Papa Benedicto XVI, quien conocía al padre Vanhoye al haber sido, ambos, miembros de la Pontificia Comisión Bíblica (de la que Vanhoye ha sido secretario), lo creó cardenal, en uno de esos nombramientos cardenalicios que tratan de reconocer los méritos intelectuales de un gran teólogo o intelectual. Ejemplos no han faltado en el siglo XX: Henri de Lubac, Yves Congar, Hans Urs von Balthasar…, aunque, evidentemente, otros muchos eminentes teólogos se quedaron sin ese reconocimiento (reconocimiento, en cualquier caso, que sí les ha venido dado por el mundo académico y científico).

El cardenal Vanhoye está considerado uno de los mayores expertos en la estructura y en el contenido de la Carta a los Hebreos. A ella ha dedicado sus principales obras en el campo de la exégesis bíblica, tanto histórico-crítica como estrictamente teológica: con títulos tan sugerentes como La structure littéraire de l'Epître aux Hébreux, Desclée de Brouwer, Tournai, 1963; Situation du Christ. Epître aux hébreux 1 et 2, Paris, 1969; Prêtres anciens, prêtre nouveau selon le Nouveau Testament, Paris, 1980; La lettre aux Hébreux: Jésus-Christ, médiateur d'une nouvelle alliance, Paris, 2002.

Su investigación abarca, aparte de esta carta de autoría desconocida, algunas de las grandes epístolas paulinas. A uno siempre le hace ilusión escuchar viva voce a nombres de los que ha tenido noticia en clases y cursos, como es el caso de Vanhoye.

De la erudita exposición del cardenal Vanhoye sobre la teología del sacrificio en la Carta a los Hebreos pienso que se pueden extraer algunas reflexiones de interés para la teología, la filosofía y las ciencias humanas en general, en el marco de un diálogo entre religiones y cultura que hoy es más necesario que nunca.

La idea común de sacrificio asocia esta noción con algo negativo: el sacrificio se contempla como esfuerzo, pérdida e incluso sufrimiento. Sin embargo, la perspectiva neotestamentaria que subyace en la Carta a los Hebreos es bien distinta: el sacrificio es algo positivo, es una entrega. Y, por citar un proverbio chino, “queda aroma en la mano que da rosas”: el sacrificio no supone una pérdida para quien lo realiza, sino una muestra de entrega y donación. Frente a una representación excesivamente material del sacrificio como sacrificio de animales para agradar a la Divinidad, el autor de la Carta a los Hebreos recalca que ninguno de esos sacrificios puede lograr el favor divino. Dios no quiere esos sacrificios, porque “la sangre del toro me repugna”, en palabras de Isaías. Los profetas ya habían denunciado los ritos externos al ser humano que no consiguen purificarlo por dentro: “misericordia quiero y no sacrificios” (Oseas 6,6). Y, en efecto, el profetismo bíblico es una de las etapas más creativas que la historia de las religiones ha visto. Con ellos se produce un intento auténtico de humanización de lo religioso, y en ellos se da una visión trascendente de Dios.

El sacrificio, en definitiva, es una disposición interior. El sacrificio no puede instaurar barreras, una especie de recinto sacro que separa lo religioso de lo profano, y al que sólo tienen acceso los sacerdotes. El sacrificio al que se refiere el autor de la Carta a los Hebreos y que realiza Cristo es un sacrificio que une, un sacrificio de auténtica comunión entre lo humano y lo divino. ¿Qué le ofrece el ser humano a Dios? Tiene lugar el “sacrificio” en cuanto entrega del individuo en su carácter existencial y de la humanidad en su carácter histórico: ése es el sacrificio que Dios quiere. El sacrificio de cada individuo que se esfuerza por edificar un mundo más humano y por tanto más agradable a Dios, y el sacrificio de una humanidad que en la historia lucha por elevarse sobre determinaciones contingentes que le impiden vislumbrar un horizonte de trascendencia, de permanencia y de eternidad. Cristo hace de puente entre Dios y los hombres, y es por ello que en la Carta a los Hebreos Cristo es visto como el Sacerdote por excelencia.

Creo que el análisis profundo de la rica y densa teología del Nuevo Testamento, evitando los prejuicios o al menos siendo consciente de ellos para minimizar su impacto (ya que, como estableció Hans-Georg Gadamer, toda comprensión conlleva una precomprensión, y es inevitable que nuestras precomprensiones comparezcan en cualquier acto de comprensión, frente a la ilusión objetivista del positivismo), puede ser de gran utilidad no sólo para el cristianismo y para el estudio de todas las religiones.

A modo de ejemplo, el trabajo de E.P. Sanders y de la new perspective on Paul ha permitido recuperar al Pablo judío frente a las simplificaciones a las que se había visto sometido por la tradición cristiana durante varios siglos, que había hecho girar todo acercamiento a la teología paulina en torno al binomio fe/Ley que llevaba, parejo, un entendimiento muy superficial del judaísmo de la época de Pablo.

El conocimiento más hondo y riguroso del Nuevo Testamento y de su teología constituye la mejor vía para el establecimiento de espacios de encuentro, de diálogo y de intercambio entre las religiones y las culturas en la búsqueda de un futuro mejor.


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