El 16 de noviembre de 1989 tuvo lugar un suceso horrible: los jesuitas Ignacio Ellacuría, Ignacio Martín-Baró, Juan Ramón Moreno, Segundo Montes, Amando López y Joaquín López, junto con Julia Elba y Celina, fueron brutalmente asesinados en la sede de la Universidad Centroamericana (UCA) en El Salvador. Su delito: haber denunciado las injusticias sociales y haberse convertido en voz de los sin voz.
El pasado 7 de noviembre, Al Gore, ex vicepresidente de los Estados Unidos y premio Nobel de la Paz en 2007, pronunció una interesantísima conferencia en First Parish Church de Cambridge (Massachusetts), con motivo de la presentación de su último libro: Our Choice. A Plan to Solve the Global Climate Crisis, en el que explica se manera sencilla y divulgativa el problema al que nos enfrentamos y las posibles vías de solución existentes en estos momentos.
Hace unos días tuve oportunidad de asistir a la conferencia que el prestigioso sociólogo alemán Ulrich Beck impartió en la Universidad de Harvard.
Cuando esta mañana entré a la página web de la Fundación Nobel, www.nobel.se, y supe que el premio Nobel de la Paz de 2009 había sido concedido al presidente Barack Obama, he de confesar que me sentí absolutamente entusiasmado.
Algunas personas han pasado por la vida sin disfrutar de ningún tipo de reconocimiento. Es más: sólo pueden ser conocidas por lo que sufrieron y malvivieron. Gente sin fortuna, cuyo único horizonte fue la desgracia. Personas que no pasarán a ningún libro de historia, ni a ninguna memoria colectiva, y tal vez siquiera al recuerdo de sus familiares, porque o no los tuvieron, o les rechazaron y sumieron en el olvido.
Constituye un motivo de profunda satisfacción ver que la conciencia global sobre los desafíos de nuestro mundo continúa viva y, más aún, activa. Una muestra de ello es la reciente iniciativa “Marcha mundial por la paz”, que entre los días 2 de octubre de 2009 y 2 de enero de 2010 recorrerá en mundo pidiendo una sola cosa que resume las aspiraciones más importantes de nuestro tiempo: paz.
No puedo borrar de mi memoria los desesperados gritos de Zaratustra, que son en realidad los clamores más profundos de Nietzsche, pidiendo la superación del hombre y el advenimiento del superhombre.
Es de sobra conocido que el lema que encabeza este artículo fue enarbolado por Barack Obama durante la pasada campaña presidencial. El “sí podemos” se convirtió en un canto de esperanza por el cambio político.
Decía Albert Schweitzer, probablemente la persona que mejor interiorizó la fuerza espiritual de la música de Johann Sebastian Bach en su vida, que la obra del gran compositor alemán era, toda ella, un canto de alabanza a Dios.
El presidente de Costa Rica, Óscar Arias Sánchez, galardonado con el premio Nobel de la Paz en 1987, ha iniciado una serie de conversaciones entre Manuel Zelaya y Roberto Micheletti, a fin de lograr un acuerdo que ponga fin a la situación que se vive actualmente en Honduras, después del golpe de Estado del ejército.
Qué espectáculo más conmovedor es poder contemplar, en innumerables ciudades del mundo, monumentos a las grandes mentes que han hecho progresar a la humanidad. Matemáticos, físicos, biólogos, filósofos, músicos, escritores, pintores, filántropos… a todos se les han erigido memoriales, estatuas, bustos o mausoleos que nos hacen recordar la importancia de sus logros para la historia.
La actitud de Micheletti, el presidente impuesto por los golpistas en Honduras, no sólo es ilegal, sino que se identifica progresivamente con lo cómico y absurdo. La ridiculez elevada al grado máximo, unida a la degradación moral que de por sí supone un golpe de Estado como el perpetrado por el ejército y por los sectores más reaccionarios de la sociedad hondureña, se ha traducido en la “auto-exclusión” por parte de los golpistas de la Organización de Estados Americanos (OEA).
Ante las noticias del reciente golpe de Estado en la República de Honduras, condenado unánimemente por la comunidad internacional, sólo cabe sumarse a la reprobación incondicional de semejantes acciones.
La noticia del fallecimiento de Vicente Ferrer a los 89 años en Anantapur años llena de conmoción y tristeza al mundo y, en especial, a los más desfavorecidos de la India.
Raras veces la miseria humana alcanza un grado tan elevado como el que recientemente hemos tenido oportunidad de conocer a través de los medios de comunicación.
Pocos discursos del presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, eran tan esperados como el pronunciado el día 4 de junio en la Universidad de Al-Azhar, la segunda más antigua del Islam, y el centro de la cultura suní.
Nos ha dejado Mario Benedetti, pero la fuerza de su poesía y de su inquebrantable compromiso político nunca nos abandonarán.
Una de las formulaciones del imperativo categórico de Immanuel Kant es la siguiente: “tratar siempre al ser humano como un fin en sí mismo dentro de un reino universal de fines”.
Las afirmaciones simples y lapidarias siempre entrañan un enorme riesgo: el de ser injustas y no reconocer que en los detalles puede residir la clave de un asunto.
Iqbal Masih llevaba trabajando en una fábrica de alfombras de su Pakistán natal desde los 4 años.
El número de muertos asciende ya a 290 como consecuencia del terremoto y de las réplicas del seísmo que ha tenido lugar e la región de L’Áquila, en Italia. Pero más allá de las cifras y de las imágenes de muerte, de destrucción y de sufrimiento, creo que es necesario retomar una pregunta siempre vigente: ¿dónde estaba Dios?
El espíritu de Europa es el espíritu que comparece en Oxford y en Heidelberg, en la música de Bach y en la de Beethoven, en la apasionada búsqueda del conocimiento que protagonizaron Leonardo, Leibniz, Curie o Einstein, en los cuadros de Rafael y de Velázquez, en los versos de Dante o Goethe.
Estoy convencido de que la tolerancia es una de las ideas más bellas que ha alumbrado la humanidad.
He tenido oportunidad de asistir a la conferencia de uno de los exegetas católicos más importantes del momento: el cardenal Albert Vanhoye.
Ser creyente implica situarse, de una u otra forma, más allá de la razón. Constituye una empresa arriesgada, pero en la que históricamente han confiado grandes energías y gran parte de sus vidas millones de personas en todo el mundo y en todas las épocas.
En una famosa carta a Sigmund Freud, el físico alemán Albert Einstein planteaba una pregunta verdaderamente inquietante: ¿por qué la guerra? El científico acudía al humanista para lograr la respuesta a un interrogante que no puede dejar indiferente a ningún ser humano. Tantos siglos de guerra, de odio y de destrucción, todavía presentes. La guerra no es una realidad pasada, sino presente. Se está viviendo en estos momentos. La misma humanidad que ha edificado la torre de la ciencia, del arte y del conocimiento, contempla la menos humana de sus creaciones: la guerra.
Martes, 24 de noviembre
Juan Fernandez Krohn
Alicia Antolín de la Hoz
Mª Rosario Aldaz Donamaría
Juan Luis Recio
Julián Moreno Mestre
Ángel Sáez García
Patricio Peñalver
José Donís Català
Antonio García Fuentes
Padre Fortea