Recorriendo las calles de Salzburgo, contemplando las fúlgidas cúpulas de sus iglesias barrocas, los señeros monasterios y conventos que se yerguen, majestuosos, en las lechosas cimas de sus montañas, las cristalinas aguas de su río y el níveo paisaje de los alrededores de este mágico lugar de Austria al pie de los Alpes, parece posible comprender el milagro de Mozart.
Los milagros, por concepto, esquivan toda confrontación con los cánones de nuestro entendimiento. Llamamos “milagroso” a lo que no alcanzamos a escrutar con las solas fuerzas de la razón ordinaria, aquélla que solemos emplear para dar cuenta de lo que habitualmente nos sucede.
Y Mozart es un milagro inagotable. Como los genios, resulta inconfundiblemente prodigioso que alguien, a tan corta edad, lograse legar a la humanidad algunas de las obras más perdurables y embriagadoras de todos los tiempos. Muchos dirán que, más que de un fenómeno milagroso, se trata de una realidad impredecible: nadie podría haber presagiado nunca el cuándo y el dónde del alumbramiento de un portento semejante. Y es cierto. El destello de Mozart se evade ante todo vaticinio, pero su existencia también resulta milagrosa, si admitimos una acepción lo suficientemente laxa de este concepto tan evocador como para englobar también todo aquello que jamás cesaría de sorprendernos con una fascinación inconmensurable, incluso en el lejano momento en el cual la ciencia hubiese desentrañado las raíces más profundas de la genialidad.
Y, más allá de indudable milagro de Mozart, ¿cómo no pensar que la extraordinaria belleza de Salzburgo, donde este músico inmortal vio la luz, y la egregia urbe en la que transcurrieron varios lustros de su breve pero fecunda vida, ha de formar parte, de una u otra manera, de toda explicación potencial para el recóndito hontanar de su talento?
Todo en Salzburgo es hermosura. Radiantes las iglesias, espléndidas las calles, apacibles los monasterios y conventos, suntuoso el río, inigualablemente inmaculado el paisaje… Es como si todo invitase a entonar un exultate et iubilate perpetuo, y la vida no presentase ninguna desdicha, consistiendo sólo en felicidad auténtica y pletórica. Es rebosante plenitud lo que se respira en Salzburgo, con la estela de su hijo más universal presente por doquier. Ojalá en todos los enclaves de este mundo nuestro los sufrimientos y las contradicciones inherentes a la vida cediesen, reverencialmente, el testigo al gozo irrepetible del encanto más primoroso, como el que se ha encarnado en Salzburgo, y todas nuestras preocupaciones y tristezas fuesen sustituidas por esa alegría descomunal que transmite la vibrante música de Mozart. Como a Dostoyevski, una honda impotencia me asalta en ocasiones, y estriba en mi incapacidad para desprenderme de la utopía tan alentadora, mas reiteradamente contradicha, de que la belleza salve el mundo…
Sí, milagros como Mozart y Salzburgo son algunas de esas cosas que hacen la vida más llevadera, insuflándonos el hálito arrobador que nos exhorta a crear, justamente, un espacio infinito, enardecido por una beldad resplandeciente, por un conocimiento irrestricto y por una paz beatífica.
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Además hay una cosa que no entiendo: ¿por qué os obcecáis con las puntuaciones segregando a los que están por encima o por debajo de 160 ó 140 y no tenéis en cuenta otros factores emocionales, de amplitud de intereses, creatividad, curiosidad, sensibilidad o iniciativa propia además de considerar una elevada capacidad en todas las áreas?, ¿por qué os obsesiona tanto esas diferencias numéricas cuando estáis en el mismo grupo de altas capacidades? No lo entiendo. Que discutáis por esto no merece la pena. Lo que tenéis que valorar es que tenéis muchas cosas en común dentro de ese grupo y dejar de obsesionaros con que si uno es más inteligente o menos. Además, otra cosa, yo opino que alguien de 140 puede pensar y crear algo tan bello o de similar complejidad que alguien con 160 o más, Que le llevará más tiempo o esfuerzo, bien, pero no es eso lo que debería importaros. Uno de 160 puede aprender muchísimo de uno de 140, o a veces de menos, puede ser muy enriquecedor. No discutáis por esto..
Bosco, no sé porque haces ese comentario. En primer lugar, la inteligencia puede aumentar y de hecho lo hace durante la adolescencia o en otros períodos. No lo puedes demostrar porque no está comprobado, además hay hechos que confirman que no es imposible, de hecho Isaac Asimov también incrementó su inteligencia durante su vida y conozco alguna otra persona y no me refiero al hecho de saber hacer tests, sino al desarrollo de la inteligencia en toda su complejidad y variantes. Carlos tiene una sensibilidad, curiosidad y entusiasmo que tienen muy pocas personas. No sé si has echado un vistazo a la cantidad y originalidad de hipótesis, teorías y propuestas que ha publicado:
http://www.carlosblanco.es/intereses.htm
Por otra parte, ¿insinúas que los que están por debajo de 160 no tienen un criterio propio y no son más que reproductores de información?
La historia está llena de mentiras, pero si el legado que nos ha dejado Mozart es irreal, que maravillosa es la mentira. Además el autor de este artículo guarda ciertas similitudes con el compositor.
Que bella es la ciudad de Salzburgo
Bueno, eso es si nos creemos la historia esa de que Mozart era un genio ya con cinco añitos
Yo creo que por el contrario la Historia está llena e mentiras, llenísima
un saludo
Qué bonitas y certeras palabras, Carlos. Mozart, Bach, Chopin... aplican el mejor bálsamo sobre nuestro atribulado corazón y lo dejan bien limpio y bien planchado. Como decía Bach, la música sirve para glorificar a Dios y aliviar el espíritu del hombre.
Y como dijo no sé quién: Si la escritura es un "regalo de los dioses", la música "es el lenguaje de los dioses".
(PS. No en vano la palabra "musiké" significa "el arte de las musas").
dios!!!...que envidia, yo quiero ir!!!, pero bueno, me alegro de que otros lo disfruten.
También me gusta Beethoven(tengo que admitir que es mi favorito..creo, bueno es difícil decantarse por uno, pero si..en mi caso sera que me conecta mas)y Tchaivkosky..me pirran y Mozart..jo que suerte.
Un beso.
http://img357.imageshack.us/img357/7803/salzburgozh6.jpg
Qué hermosura!!!!!!!!!!!
Ah!!! Y la fotografía una maravilla, gracias, me encanta, es una obra de arte.
Yo cuando estoy nerviosa por algo me poongo música clásica y me relajo siempre que la escucho.
La música clásica, en especial la de Mozart, siempre es una maravilla escucharla, hasta es terapéutica en muchos casos... Feliz Navidaddddddddddd...
Creo que te has dejado llevar por la magia de Mozart. Pero en verdad, Salzburgo tiene un encanto especial. ¿Lo veríamos igual, si allí no hubiese nacido Mozart?. Me parece que nos pasaría desapercibido, como tantísimas otras bellezas de este mundo que no sabemos valorar.
Feliz Navidad, geniecillo.
Sábado, 11 de febrero
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