Uno de los acontecimientos religiosos más importantes del siglo XX ha sido el surgimiento de la conciencia ecuménica.
Después de siglos de enfrentamientos, incomunicaciones, incomprensiones e incluso guerras, la oikumene cristiana empezó en el siglo XX a intercambiar ideas, experiencias y testimonios sobre su misma fe en Cristo, Salvador. Su influencia ha sido tan determinante en las distintas Iglesias cristianas que no hay rama o disciplina teológica que se precie que pueda eludir una reflexión en clave ecuménica.
El movimiento ecuménico ha cosechado no pocos éxitos, pero lógicamente, quienes tuviesen unas expectativas excesivamente elevadas (por no decir surrealistas) del ecumenismo, en el sentido de que en breve todas las Iglesias llegarían a unirse formalmente, habrán sufrido no pocas frustraciones. Y es que, en efecto, con el paso del tiempo, las pretensiones de unificación de todas las Iglesias (máxime si éstas se identificaban con la óptica de la “vuelta al redil”, derecho que todas las Iglesias reclamaban para sí mismas) se fueron desvaneciendo. Las dificultades históricas, teológicas, sociológicas y jurídicas eran enormes, aunque ello no ha supuesto que el ecumenismo haya seguido en auge. No es de extrañar que figuras de relieve en el seno del movimiento ecuménico hayan expresado un cierto “desencanto” ante la escasez de resultados concretos. Recuerdo las palabras del cardenal alemán Walter Kasper, presidente del Consejo Pontificio para la Promoción Unidad de los Cristianos, quien en una conferencia pronunciada en Barcelona el pasado mes de febrero (en el nada desdeñable escenario del Palau de la Música Catalana), se entristecía ante el hecho de que en las últimas décadas de hubiesen convocado innumerables congresos, simposios, comisiones y reuniones al más alto nivel, pero que en la esfera práctica se hubiese alcanzado una situación de punto muerto, de bloqueo o de impasse. En resumidas cuentas, puede decirse que (afortunadamente) entre las Iglesias cristianas existe una atmósfera de suma cordialidad y de predisposición al diálogo y al encuentro, pero que nadie se atreve a dar determinados pasos más allá del establecimiento (¡todo un logro de por sí!) del necesario diálogo e intercambio intelectual y humano entre los cristianos.
Personalmente, creo que no hay motivos para perder el entusiasmo inicial que suscitó el movimiento ecuménico. No se habrán producido, es innegable, ciertos pasos en determinadas direcciones que para algunos eran esenciales y exigencias inquebrantables. Pero no me parece menos trascendental para el futuro del cristianismo recordar que la institucionalización del diálogo, que ya no se reduce a iniciativas esporádicas o a título individual de teólogos y líderes religiosos, sino que cuenta con numerosos organismos dedicados específicamente a ello, constituye un éxito extraordinario del movimiento ecuménico. Se han tenido que vencer, por un lado, las reticencias y rechazos frontales de los sectores fundamentalistas y opuestos al diálogo ecuménico, y por otro lado, ha sido necesario sobreponerse a las exigencias maximalistas de otros sectores de esas mismas Iglesias que pedían resultados prácticos a toda costa. El logro fundamental del ecumenismo reside, justamente, en que se ha establecido una cuasi-unidad en el ámbito espiritual y material (los cristianos somos conscientes de que podemos orar juntos y trabajar juntos por muchas causas que entroncan directamente con el Evangelio, al que todos intentamos seguir), aunque subsistan no pocas diferencias teológicas, jurídicas y sociológicas.
Desde la Reforma protestante en el siglo XVI, lo máximo que se había logrado entre católicos y protestantes era la firma de acuerdos, como la Confesión de Augsburgo de 1555 o la Paz de Westfalia de 1648, que se limitaban a sellar la división de facto que existía en Europa. Europa ya no era sólo católica, sino que era católica y protestante. Pero entre el catolicismo y el protestantismo se erigía una especie de “telón de acero” que sumía a ambos mundos en la incomunicación. Por si fuera poco, el Cisma de la Iglesia de Inglaterra en 1540 había propiciado el surgimiento del anglicanismo, que desde el principio trató de ubicarse a medio camino entre el protestantismo y el catolicismo, en una particular “vía media”. Y, además, subsistía el doloroso cisma de 1054, que separó las Iglesias de Oriente (en adelante llamada “Ortodoxa”) y de Occidente, con sendas excomuniones mutuas. División ésta acentuada con el saqueo de Bizancio en 1204 a manos de los caballeros cruzados.
Sin embargo, en los siglos XVII y XVIII, con al emergencia de nuevos movimientos culturales, como las Luces, que paulatinamente se iban desligando de la herencia cristiana para subrayar la autonomía de la razón humana en la configuración del orden político y social, las Iglesias cristianas fueron percibiendo, poco a poco, que si querían seguir siendo escuchadas en un mundo cada vez más secularizado no tenían más remedio que empezar por escucharse entre ellas mismas. Voces como la del genial matemático y filósofo alemán Leibniz (1646-1716) ya habían concebido proyectos de unión entre las Iglesias (entre católicos y protestantes, y luego entre calvinistas y luteranos), que fracasaron pese al notable esfuerzo de Leibniz.
Así que, entrado el siglo XX, había un sentimiento bastante extendido de que era urgente potenciar el diálogo entre los cristianos. En 1910 tuvo lugar la Conferencia Mundial Misionera de Edimburgo, y en 1921 se fundó el Consejo Internacional Misionero. Los felices años ’20 vivieron un auténtico florecimiento ecuménico, plasmado, entre otros acontecimientos, en la Conferencia de Estocolmo de 1925, bajo la presidencia del obispo luterano Nathan Söderblom, quien recibió el premio Nobel de la Paz en 1930. Finalmente, en 1948 se reunió en Amsterdam la primera asamblea del Consejo Mundial de las Iglesias, cuyo primer secretario fue el gran teólogo reformado holandés Visser ‘t Hooft. El Consejo Mundial de las Iglesias ha tenido reuniones periódicas en ciudades como Nueva Delhi, Nairobi o Porto Alegre (donde también se reúne un foro social formado por organizaciones críticas con el actual rumbo de la globalización), y si bien la Iglesia Católica no pertenece a dicho Consejo, envía observadores a todas sus asambleas. En 1961, el Consejo Mundial de Iglesias se fusionó con el Consejo Internacional Misionero, generando una estructura ecuménica más compacta y reconocible.
Del lado católico, el empuje ecuménico dado por el Concilio Vaticano II (1962-1965) llevó al establecimiento del Consejo Pontificio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos, cuyo primer presidente fue el cardenal jesuita alemán Augustin Bea, un destacado biblista, clave también en la gestación de la declaración Nostra Aetate del concilio sobre la relación de la Iglesia Católica con las grandes religiones. Fueron enormemente significativas para el desarrollo del ecumenismo las visitas del Papa Pablo VI al Consejo Mundial de las Iglesias en 1969 y su reconciliación con el Patriarca Atenágoras en Jerusalén en 1964, tras siglos de excomuniones mutuas vigentes. El compromiso católico con el ecumenismo ha sido ratificado por el Papa Juan Pablo II, con su encícilica Ut Unum Sint (1995) y con la declaración conjunta sobre la justificación entre católicos y luteranos firmada en 1999. La discusión sobre el papel de la fe y de las obras a la hora de hacernos justos ante Dios había sido esencial en el movimiento reformador de Martín Lutero. El Papa Benedicto XVI, que por origen (un Papa alemán) y educación (en las principales universidades alemanas coexisten dos facultades de teología, una católica y otra evangélica) conoce de primera mano el mundo protestante, también ha reiterado su empeño ecuménico.
Se engañaría quien esperase éxitos rápidos y prematuros en el ecumenismo, como si en pocos años fuésemos a asistir a la unión definitiva entre católicos, ortodoxos, anglicanos, protestantes… Por el momento, lo verdaderamente relevante es que, en las últimas décadas, las Iglesias se han puesto de acuerdo, al menos, en que tienen que dialogar sobre cómo predicar el mensaje de Cristo en nuestra era.
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¿CREO DIOS AL HOMBRE O EL HOMBRE CREO A DIOS?
TODO SON MENTIRAS CREADAS POR EL HOMBRE PARA EXPLOTAR A LOS DEMAS HOMBRES.
INQUISICION, DINERO, SEXO, PODER, JODER!
DEMUESTRENME QUE ME EQUIVOCO POR FAVOR!!! ...MUCHAS GRACIAS...
El último comentario, además de faltar a la verdad, vulnera las normas de este blog al pronunciar insultos (ver norma de etiqueta 1). Lleva casi 20 días publicado. ¿Cuándo se retirará?
los verdaderos motivos del movimiento ecumenico son unir alas iglesias protestantes bajo el dominio del vaticano, el cual llama sectas atodos las demas religiones que no creen lo que los cardenales pusieron en el concilio de nicea y de trento, el vaticano desprecia atodos los protestantes y es la cuna de los mentirosos, asi que me parece muy lamentable que muchas organizaciones protestantes y evangelicas esten cediendo al engaño de roma y pasar por encima de mucha sangre de martires protestantes que ha sido derramada durante casi 2000 años por roma desde el coliseo romano hasta los pastores en chiapas mexico, y luis donaldo colosio en mexico. muchos preguntan por que los catolicos no tienen buenos musicos y canyan canciones protestantes, haya que hacer un acalaracion, las canciones protestantes son inspiradas por el espiritu santo y la ds de roma no, asi de simple, roma es una ciudad donde se asienta la gran ramera,que dice el apocalipsis, hay masoneria,satanismo, robo, asesinatos si n...
Me gusta ver este comentario en el día del 45 aniversario de la muerte de Juan XXIII.
He hecho una entrada sobre ello y me gustaría saber tu opinión:
http://jlmartinezhens.blogspot.com
Carlos te agradezco tu colaboración por seguir manteniendo vivo el mundo ecuménico y sobre todo por conseguir atreer nuestra atención como lo has hecho desde la temprana edad de 11 años en tu aparición de los medios de comunicación, yo tengo 14 años y me gustaría que me pudieses recomendar y ayudar en un reportage que estoy realizando del antiguo Egipto pienso que si nos comunicamos podríamos compartir numerosas aficiones similares juntos,gracias por poner atención en mí.
Felicidades Carlos por tu 22 cumpleaños y tu 8036 día, eres todo un ejemplo para las generaciones venideras y un estandarte de la eminencia del ser humano.
"Al habla el jefe de Rajoy"
http://lacomunidad.elpais.com/periferia06/posts
El Blog de Cordura
Sobre los verdaderos móviles del movimiento ecuménico (romanista) y de muchos más movimientos de esa entidad religiosa:
"Poderes lujuriosos"
http://lacomunidad.elpais.com/periferia06/posts
El Blog de Cordura
Verdadera-mente nothing y cuu uuuu ñaaaaa oooooo son hermanos siameses y repetitivosssss ( más que el salmo-rejo )
Cuu u uu u ñññaaaaao o o o o!!
hola!! que tal? desde nuestro blog (www.marivinarocks.blogspot.com) somos unos grandes fans tuyos, agradeceriamos que te pasaras x el blog. seguro que no te arrepientes.
Hemos visto el video de tu visita por cronicas y es muy bueno, esperamos tener mas pizcas de tu sabiduria pronto.
visitanos!! www.marivinarocks.blogspot.com
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al preguntarnos si Dios quiere realmente esto deberiamos considerar lo que esta escrito "para que todos seamos uno, como tu padre y yo somos uno...."
tambien "para que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento de Dios..." y la otra ocasion que le comentan a Jesus que estaban echando fuera demonios en su nombre pero no lo seguian y el dijo "dejadlos...el que no es contra nosotros, por nosotros es"
entre otros muchos pasajes mas
en definitiva....las barreras son humanas, las diferencias tambien, por causa de ntras limitaciones y debilidades
Pepe, ¿Y cómo sabes que Dios lo quiere? Por favor, si tienes el teléfono del Altísimo pásamelo en cuanto puedas.
Me parece un comentario bien ajustado a la realidad y realizado con conocimiento del tema. Aun cuando a uno le gustaría más rápidez en el proceso. 100 años desde la creación de la semana de oración por la unidad es mucho esperar, sobre todo sabiendo que Dios lo quiere.
Creo sinceramente, que la dimensión del ecumenismo desborda lo puramente religioso.
Los cristianos también poseemos un cuerpo que nos soporta, como el resto de creyentes y ateos, y las necesidades del mismo, son más visibles que las espirituales.
El verdadero ecumenismo debería consistir en una serie de normas universales de solidaridad y respeto.
Algo así como la Declaración Universal de los derechos de los creyentes y ateos, para la búsqueda de un estadio social, donde la paz y la justicia "humanas", se pudiesen desarrollar con naturalidad. Lo que tenemos, no vale.
¿Conciliando conciencias históricas con El Valle de los Caídos?
Domingo, 27 de mayo
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