“El lobo habitará con el cordero, el puma se acostará junto al cabrito, el ternero comerá al lado del león y un niño pequeño los cuidará. La vaca y el oso pastarán en compañía, y sus crías reposarán juntas, pues el león también comerá pasto, igual que el buey.
El niño de pecho pisará el hoyo de la víbora, y sobre la cueva de la culebra el pequeñuelo colocará su mano? (Is 11, 6-9).
El filósofo francés del siglo XIX Auguste Comte, uno de los padres de la sociología, propuso una famosa ley que explicaría, según él, la evolución de la conciencia humana a lo largo de la Historia.
De la lectura del libro Los secretos para ganar dinero en Bolsa, de Ram Bhavnani, se pueden sacar muchas conclusiones. A mí me llama la atención una: la importancia, la necesidad y el carácter virtuoso de la austeridad y del desprendimiento.
Acabo de publicar un libro que lleva por título Mentes maravillosas que cambiaron la Humanidad, con la editorial Libros Libres, que dirige Álex Rosal, y que está a la venta en librerías y centros comerciales desde hoy. Con el título he querido demostrar que a lo largo de la Historia han surgido una serie de personalidades absolutamente extraordinarias que, por sí solas, han contribuido de manera decisiva al progreso en amplios campos del conocimiento.
La reciente concesión del premio Nobel de la Paz al Panel de las Naciones Unidas sobre el cambio climático y al ex vicepresidente de los Estados Unidos, Al Gore (que ha visto un año repleto de éxitos, con un óscar por su documental Una verdad incómoda, a lo que ha sumado el premio Príncipe de Asturias y un sinfín de conferencias a lo largo y ancho del globo), ha puesto de relieve la importancia del problema
El informe publicado por dos investigadores holandeses, Jeroen Boschma e Inez Groen, titulado Generación Einstein: más listos, más rápidos, más sociales, ofrece unas reflexiones sumamente interesantes sobre los cambios sociales y la mentalidad de las nuevas generaciones.
Magnífica la columna de Andrés Ortega en El País de hoy titulado “vergüenza y error”; que trata sobre las nefastas consecuencias que está teniendo la política de bloqueo sistemático y de aislamiento ejercida por Israel, con la connivencia tácita de las potencias occidentales, sobre la franja de Gaza.
Nos hemos acostumbrado a hablar del Tercer Mundo. Todos, incluso los más poderosos y capacitados para ello, queremos acabar con la miseria y la pobreza que persisten en amplias regiones del globo. Los líderes del G8 reunidos en julio de 2005 en Gleneagles, Escocia, prometieron un compromiso más amplio con África. ¿En qué ha quedado? No lo sabemos.
Recientemente he tenido oportunidad de consultar el libro Los orígenes del siglo XXI: un ensayo de historia social y económica contemporánea, del economista Gabriel Tortella, al tiempo que leía la exhaustiva biografía de Hegel escrita por Terry Pinkard.
Difícilmente volveremos a conocer una voz que reúna tanta belleza, tanta potencia y tanta elevación estética y musical como la de Luciano Pavarotti. Hoy el mundo vierte una furtiva lacrima por este portento de las artes, que ha hecho feliz a todo el que ha tenido la oportunidad de escucharle.

En pocos cuadros plasmó El Greco
ese sentimiento de contradicción,
de profundidad y de desbordamiento
ante el misterio que impregna muchas
de sus obras como en su Jesús con la
Cruz a cuestas. Si hay algo que eleve
nuestra mirada aún más alto que la
Pasión según San Mateo de
Johann Sebastian Bach o el Requiem
de Mozart, estoy convencido de que ese
algo es mirar fijamente a los ojos del
Jesús del Greco.
¿Adónde dirigen su mirada esos
ojos que pintó El Greco hace más de cuatro
siglos? Parecen detenerse en un punto,
parecen estar fuera de sí, parecen contener
al mismo tiempo la vida y la muerte,
el triunfo y el fracaso, la felicidad
y la desdicha. ¿Qué miran exactamente?
¿Qué quieren decirnos? Es la expresión
misma de lo que supera toda descripción,
de lo que se escapa al poder de la palabra
para llamar a lo más íntimo de cada uno.
Se dirigen a lo alto, al Abbá del rabino
Jesús de Nazareth en cuyas manos ha encomendado
su espíritu. Pero también se dirigen a todo
hombre y a toda mujer, como llamando a la
puerta de lo que nos es más íntimo. Porque
el lenguaje define, delimita y restringe,
pero aquí el sentimiento rebasa toda frontera.
La mirada del Cristo de El Greco
parece situarse entre la finitud y la
infinitud, en el dilema de lo contingente
y de lo absoluto. Carga una cruz y arrastra
unos pies que desfallecen de fatiga, pero
su mirada no inspira agotamiento o tedio:
inspira más bien grandeza, sublimidad y
energía. Es el poder de levantar los ojos
al infinito desde lo finito, de unir lo
condicionado y lo incondicionado, de
construir un puente entre lo terreno y lo
celeste. Esos ojos miran al infinito, porque
sólo en el infinito encuentra consuelo esa
vivencia del mysterium tremendum et
fascinosum, ese ansia de plenitud
y de trascendencia. Esa mirada se ahogaría
en un mundo de mera finitud, donde todo
fuese contingencia y donde no existiese
lugar para la infinitud. Si Goethe exclamó
en su lecho de muerte, “luz, más luz, que
se ahoga mi espíritu”, los ojos del Jesús
de El Greco están anegados de luz. La luz
más brillante y tenue al mismo tiempo, la
luz del misterio, refulge en ellos como en
nada antes. El resplandor de lo infinito e
inabarcable, que escapa a toda categorización,
que huye de toda determinación, hace de esa
mirada una fuerza verdaderamente portentosa.
Una mirada que inserta en la realidad finita
se proyecta a lo infinito, que ansía lo
infinito, que persigue lo infinito.
Y, por encima de todo, esos ojos
nos invitan a interrogarles: ¿adónde
dirigís vuestra mirada? Y así han logrado
transmitirnos la esencia de esa infinitud
que quizás estén buscando: el poder
infinito y cautivador de la pregunta.
La Historia es la historia de la pregunta
humana, de la pregunta por “el cielo
estrellado sobre mí y la ley moral en mí”,
de la pregunta por lo que somos y por lo
que no somos. Preguntamos qué es el tiempo,
qué es el espacio o qué es la vida. Pero no
siempre advertimos que el auténtico misterio
es esa infinita capacidad de preguntar, y
que la pregunta que engloba todas las preguntas
es ¿por qué el preguntar?, ¿por qué el
querer saber?, ¿por qué el porqué?
La mirada del Cristo de El Greco
nos ha cautivado por irradiar como nunca
el poder mismo de la pregunta.
Hablar de ciencia y de siglo XX supone, casi instantáneamente, hablar de Albert Einstein. La prestigiosa revista Time lo declaró hombre del siglo, y para muchos es, junto con Newton y Galileo, el mayor científico de todos los tiempos.
“Tras Auschwitz, no se puede hacer poesía”, sentenció uno de los pensadores más lúcidos del siglo XX, y miembro eminente de la Escuela de Frankfurt, Theodor Adorno.
El pasado día 20 de abril, tuve oportunidad de asistir a la conferencia que impartió Alexander Kuznetsov, embajador de Rusia en España, en la Universidad de Navarra.
La historia de las religiones, al menos en Occidente, es la historia del gozo y de la tragedia, de la grandeza y de la miseria, de lo más bello y de lo más horrendo: una historia de santidad y de crimen, de libertad y de intolerancia.
La historia de las religiones es, en definitiva, la historia de los hombres y mujeres que a lo largo de milenios han buscado respuestas a sus interrogantes más profundos. Siempre he considerado la religión como una expresión legítima de ese constante preguntar que define el ser humano. Pero nunca la he considerado la única vía legítima. Filosofías, sistemas de pensamiento, culturas diversas…, pueden actuar como sustitutos o, en mi sincero juicio, como complementos necesarios a la religión en cuanto tal.
No hace mucho suplí una enorme deficiencia cultural que acarreaba: la lectura de El existencialismo es un humanismo, de J.P. Sartre. Sé que Sartre no está muy de moda, pero trato de guiarme no por modas sino por mis intereses auténticos. Por esa regla de tres, no se podría invertir tiempo en estudiar el pasado o lenguas muertas, o a teólogos de las Edad Media, o en contemplar las obras de artistas del Renacimiento que probablemente no ofrezcan tanto interés teórico como los vanguardistas. Las modas las proponen hombres y mujeres de cada tiempo: yo quiero proponerme a mí mismo modas, conocer también las modas del momento (¿cuáles son las actuales? Porque lo cierto es que busco en vano por referentes en el pensamiento a nivel mundial que posean la altura intelectual de un Heidegger, un Teilhard de Chardin o un Wittgenstein).
Según publicaba recientemente el diario El País en su sección de Madrid (14 de abril de 2007), el CES (Consejo Económico y Social) de la Comunidad de Madrid ha presentado un estudio, dirigido por el catedrático Pedro Schwartz, en el que aconseja reducir la financiación de las universidades públicas.
¿Qué significa o, más bien, qué puede significar ser progresista hoy? El progreso es, sin lugar a dudas, una de las nociones clave para comprender la evolución intelectual de Occidente. Aunque con precedentes, la gran “explosión” de la idea de progreso se produjo con la Ilustración. Las Luces plantearon de forma directa el problema de que el hombre, si realmente quería ser hombre, debía ser el único árbitro y juez de la Historia.
La comunidad científica debe alegrarse por el fallo del juez John. E. Jones III, de Pennsylvania, en contra de la enseñanza de la teoría del diseño inteligente en las escuelas, al mismo nivel que la selección natural de Darwin.
Me sentí conmovido cuando vi en el telediario, hace ya unos años, las imágenes de un músico palestino obligado a tocar ante unos soldados israelíes en un control fronterizo.
¡Aleluya! Cristo ha resucitado: “Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras, que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce, después se apareció a más de quinientos hermanos a la vez, de los cuales todavía la mayor parte viven y otros murieron” (1Co 15, 3-7).
En una entrevista concedida al diario El País (8 de febrero de 2007), Fernando Lugo Méndez, aspirante a la presidencia de Paraguay y obispo dimisionario de San Pedro de Ycuamandiyú, declaraba que “el hambre no tiene ideologías”.
La Historia de la Humanidad nos muestra que, más que cualquier otra cosa, hemos sido capaces de conocer, de conocer mucho y de aprender cada vez más.
El nacimiento de la escritura estuvo relacionado con el proceso de sedentarización y, más aún, con el proceso de civilización. Tanto Sumeria como Egipto conocieron una floreciente cultura que, asentada en torno a un importante cauce fluvial (el Nilo y los ríos Tigris y Eúfrates; en el caso de Harappa, el río Indo, y el Yang-Tse en China; hay excepciones, sin embargo, a esta asociación entre civilización y cauce fluvial: la cultura maya no se asentó junto a ningún cauce fluvial, y sin embargo constituye una de las primeras grandes civilizaciones americanas, aunque sea bastante posterior a las primeras grandes civilizaciones del Oriente Medio), alcanzó unas cotas de desarrollo hasta entonces desconocidas.
El día 2 de abril se cumplen cuatro años del fallecimiento del escritor catalán Terenci Moix. Quienes tuvimos la inmensa suerte de ser sus amigos no podremos nunca olvidar a una persona generosa, dada a los demás, que transmitió en sus novelas su pasión desbordada por dos mundos distintos, pero convergentes: el antiguo Egipto y Hollywood.
Si preguntásemos a muchos de nuestros conciudadanos por lo que, a su juicio, constituye el mayor descubrimiento de la historia de la Humanidad, muchos mencionarían el ordenador, la imprenta o la máquina de vapor. No les faltaría razón: todos estos inventos, ya sean pura tecnología o teorías científicas y filosóficas, han contribuido de manera admirable a la mejora de la vida humana y nos han introducido en nuevos mundos. Pero hay algo previo a todos estos descubrimientos, algo sin lo que probablemente no se habría conseguido nada más en los siglos sucesivos; algo que, por su importancia, inaugura la Historia: la escritura.
No puedo dejar de admirar a uno de nuestros contemporáneos más famosos e ilustres: William Henry Gates III (1955-…), más conocido como “Bill Gates”.
Y es que Gates no es sólo el hombre más rico del mundo, según la revista Forbes, desde hace trece años (siendo su familia la segunda más rica del globo después de los Walton, prolíficos herederos de una gigantesca fortuna por la red de supermercados Walton en Estados Unidos)
He descubierto la música de la paz. Estén o no de acuerdo con mi elección, escuchen el segundo movimiento del concierto para flauta y arpa de Wolfgang Amadeus Mozart (K299), el mismo que extasió a Salieri en la inolvidable película Amadeus de Milós Forman, cuando el compositor italiano contemplaba las partituras originales del genio de Salzburgo.
El mundo quiere un salvador, porque el mundo necesita un salvador. Lo veo cada día con mayor claridad. Lo veo al leer los periódicos. Lo veo al hablar con la gente. Lo veo al mirar a mi alrededor. Lo veo al mirarme a mí mismo y al reflexionar sobre mis deseos, proyectos e inquietudes. Lo veo cuando me embriago con las grandes composiciones de la Música y del Arte, o al leer los versos más bellos y las páginas más hermosas de la Literatura. Y lo veo cuando miro al horizonte, al firmamento, a la noche y al día: quiero un salvador. Y rezo para que ese salvador venga.
El progreso. Pocos conceptos ejercen, a la vez, tanta fascinación y tanto rechazo, tanta admiración y tanta suspicacia, tantas ilusiones y tantas frustraciones. ¿Es todavía posible creer en el progreso?
Más información: www.carlosblanco.es
Domingo, 27 de mayo
Julián Moreno Mestre
Mª Rosario Aldaz Donamaría
Atticus-444
Juan Granados
José Andrés Prieto
Juan Luis Recio
Ángel Sáez García
Chris Gonzalez -Mora
José Pómez
Javier Orrico
Juan Carrasco de las Heras
David Felipe Arranz