El blog de Carlos F. Barberá

En una sociedad laica

06.07.15 | 21:38. Archivado en Teología, teología narrativa

De nuevo me asomo a mi blog y ha vuelto a pasar mucho tiempo desde la última entrega. De nuevo, pues, hago propósito de la enmienda.

Hace dos meses terminaba reproduciendo el famoso pasaje de la Gaya Ciencia. Nietzsche se nos muestra en él con toda su fuerza, lo que en cierto modo nos abruma. Acaso se nos ocurre pensar: es cierto, hemos matado a Dios pero las consecuencias no son tan graves como las que pronosticaba el filósofo alemán. La humanidad intenta siempre sobrevivir y lo hace del mejor modo que puede, con Dios o sin El.

Sin duda el mundo en el que vivimos es un desastre pero se puede decir que los mundos anteriores, más religiosos, también lo eran. Parece que no se ha perdido demasiado.

Es cierto –ya se ha escrito mucho sobre ello- que el proceso de secularización ha sido necesario y es imparable: la medicina, la psicología, la política, la economía, la moral se han hecho profanas. Ninguna de ellas despliega sus razonamientos haciendo una referencia a Dios. Ya Marcel Légaut explicaba que, a lo largo de la hist0ria, las religiones cumplieron el papel de aglutinar las sociedades. Ellas fijaban los valores, establecían las fiestas, marcaban los ritos comunes. Pero llega un momento en que esa religión de autoridad pierde su función. La ciencia, la política, las convenciones van ocupando ese lugar. Es la sociedad secularizada en la que vivimos sin que la religión haya abandonado del todo ese papel y sin que se hayan marcado los límites y las posibles carencias de una sociedad laica.

¿Qué espacio queda, pues, para la religión? Nietzsche asegura en esa parábola que sin Dios la existencia ha perdido su sentido. Es cierto: sin Dios no hay sino lo que hay. Y ¿qué consecuencias se sacará de esa constatación? Habrá sin duda quienes piensen que, en esa tesitura, lo mejor es ponerse de acuerdo para vivir todos del mejor modo posible: organizarán instituciones, fundarán ONGs, se desvivirán por los desheredados. No es evidente sin embargo que esa actitud convenza a muchos. San Pablo no se hacía muchas ilusiones sobre el ser humano cuando afirmaba, poniéndolo en voca de los increyentes: “Comamos y bebamos, que mañana moriremos” (1 Cor 15,32). Sólo falta un paso más para que el comer y beber se haga a costa del hambre de otros y ¿quién podrá dar una razón para que eso no se haga?

Cuando se habla de estos asuntos con los conversos a la idea de la muerte de Dios, suelen argumentar que sin El se pueden hacer las mismas cosas que se hacían contando con El. Dirán: no hizo falta recurrir a Dios para redactar la declaración de los derechos humanos Mi idea es que, abandonado Dios, quedan todavía en el corazón y en la mente de muchos sus valores y propuestas.. Sin embargo el filósofo alemán Sloterdij ya ha formulado que “declarar muerto a Dios implica, en una cultura condicionada por el monoteísmo, una dislocación de todos los nexos y el anuncio de una nueva forma del mundo. Con la muerte de Dios se elimina el principio de la pertenencia común de todos los hombres en la unidad de un genero creado” y “no es casual que fueran excristianos los primeros que se lanzaron a misionar con los derechos humanos” (En un mismo barco 1993) Es decir, los derechos humanos ya no existen.

Quiero volver sobre el asunto. Si Dios existe -hablamos del Dios del cristianismo- todos somos hijos suyos y por tato hermanos unos de otros. El deber de fraternidad es la exigencia primera. Ciertamente no todos van a cumplir con ella pero el axioma estará siempre presente, en toda circunstancia se podrá recurrir a él. Sin esa razón poderosa, lo más a que se podrá llegar es a una convención: nos hemos puesto de acuerdo en que todos los seres humanos tienen la misma dignidad. Pero se trata de un principio convencional y por tanto revocable. En un momento determinado una sociedad puede llegar a un acuerdo distinto. Por ejemplo, el de que los judíos no tienen dignidad alguna.

Esa será siempre la debilidad de una sociedad secular. Querrá plantearse objetivos que no estará en condiciones de poder hacer cumplir. Ya se ha citado muchas veces la teoría de Peter Berger. Toda sociedad necesita una serie de reglas, un acuerdo sobre lo que se hace y lo que no se hace. Pero ¿qué hacer con los disidentes, cómo se convence a quienes no están de acuerdo con lo establecido en común? Berger afirma que tradicionalmente es la religión quien ha aportado las razones profundas. Hay que obedecer a los padres porque Dios lo ha establecido. Cuando la religión pierde ese papel ¡por qué hay que obedecer a los padres? ¿cómo convencer a quienes no lo aceptan? Finalmente, sólo queda el recurso al Código Penal. Es la situación que estamos viviendo.

Si la religión no quiere desaparecer o quedar reducida a una vivencia privada, habrá de plantearse cuál es su aportación a la sociedad secular.

De ello hablaremos en la próxima entrega, que no ha de demorarse tanto.


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