El blog de Carlos F. Barberá

La lectura creyente hay que contarla

16.04.13 | 14:56. Archivado en Teología, teología narrativa
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En el seguimiento de Jesús vamos recorriendo un camino que está jalonado de experiencias. Como hemos visto, la lectura creyente nos ayuda a interpretarla e iluminarlas. Pero la persona humana es naturalmente expansiva y, al igual que en la vida profana contamos a otros nuestra experiencias, asi en nuestro camino espiritual. Hay que hablar de lo que se ha visto, oído, rumiado.

Tres sucesos vividos por mí traen una objeción a lo dicho.

Hace ya bastante tiempo, en una comida de curas, el vicario trajo a un amigo, un señor de mediana edad, que en el primer plato nos contó que él era católico, apostólico y romano y en el segundo que su hijo había montado una empresa con la que el primer año había ganado no sé cuantos millones (de pesetas) y en el segundo otros tantos.

El segundo relato tiene como protagonista al en aquel momento subdirector de una escuela de ingenieros. Según me contó, en la primera clase del curso hacía saber siempre a los alumnos su suerte por tener un profesor como él, un católico convencido y, por tanto, un profesor más honesto y más justo.

Finalmente, no hace tanto que en el metro de Madrid invité a callar a un predicador evangelista que proponía a los viajeros la salvación en Cristo. Le advertí de que no era ni el modo ni el lugar pero no debió quedar muy convencido porque siguió con su perorata en el vagón siguiente.

Qué duda cabe de que cada uno de los tres personajes hablaba de lo que había vivido y daba su propio testimonio. No se daban cuenta, en cambio, de que era contradictorio el primero, arrogante el segundo, intempestivo el tercero.

Y aún así, aun corriendo el peligro de pasarlas por el tamiz de nuestra humanidad, nuestra cultura y nuestro saber, hay que contar las experiencias. San Juan lo formuló categóricamente: “Lo que era desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y palparon nuestras manos tocante al Verbo de vida -porque la vida se manifestó y la hemos visto; y os testificamos y anunciamos la vida eterna que estaba con el Padre y nos fue manifestada—, lo que hemos visto y oído lo anunciamos también a vosotros, para que vosotros también tengáis comunión con nosotros. Y nuestra comunión es con el Padre y con su Hijo Jesucristo. Todo esto lo escribimos para que nuestra alegría sea completa”.

Probablemente ha llegado ya la hora de romper ese silencio sobre Dios que nos han o nos hemos impuesto. Se quejaba ya Antonio Machado de que “se puede hablar de la esencia del queso manchego pero no de la esencia de Dios”. Pues es sin duda el momento de hablar no de la esencia pero sí de los hechos de Dios.

En primer lugar hay que hablar con los de nuestra propia cuerda, con los de nuestra comunidad. Parece cada vez más claro que el futuro de la Iglesia va a depender del futuro de las comunidades cristianas, de los grupos que se reúnen en torno a la memoria y a la presencia de Jesús, de su número y su vitalidad. Esos grupos han existido desde siempre. Ahora deberán multiplicarse y afinar el contenido de sus reuniones.

En general los grupos de adultos en la Iglesia han tenido un carácter formativo. O bien eran catecumenales o bien trataban temas religiosos. Sin embargo los catecumenados se acaban y los temas igualmente se agotan. Lo que no se agota nunca es la vida, hogar de infinitas experiencias, ni por supuesto la presencia de Dios en ellas. En mi opinión, las comunidades cristianas habrán de reunirse para comunicar sus experiencias espirituales y para que, compartiéndolas, “su alegría sea completa”.

Para que esto sea posible hacen falta sin duda dos condiciones. Que los cristianos tengan esas experiencias y que sepan formularlas con una lectura creyente. Ni una ni otra cosa son evidentes y ambas requerirán un aprendizaje. No hace tantos años de un artículo de Rahner se titulaba “¿Hay una experiencia de Dios”?. El uso de la interrogación mostraba a las claras que no se trataba de algo evidente para la mayoría de los cristianos. Pero es que además, hecha esa experiencia, no era fácil encontrar el camino y el lenguaje para comunicarla. En ambas cosas hace falta un entrenamiento que es ya urgente.

¿Y en la comunidad por excelencia, en la Eucaristía? ¿No debe ser ella un lugar de intercambio y celebración de experiencias espirituales? De ello hablaremos en la próxima entrega.

16 abril 2013


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