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Utopía comunitaria

10.02.12 | 16:25. Archivado en Acerca del Autor

Existe en muchas asociaciones y comunidades parroquiales una honda y razonada preocupación de que los participantes activos en dichas organizaciones son cada vez menos. Muchos se han cansado y las han abandonado por diversos motivos. No hay relevos para todas las tareas que hay al interior de los servicios parroquiales. Pero me parece que hay algunos errores de bulto a esta situación anterior. Veámoslos.

El ideal, la utopía de la vida cristiana no es la parroquia o comunidad, sino el seguimiento de Jesucristo, el que los cristianos tengan la experiencia de su amistad y vida en Él. “El cristiano del futuro, será místico, o no será cristiano”, decía Karl Rhaner, uno de los mayores teólogos del siglo XX. La tarea misionera tiene como primer objetivo ayudar a las personas a descubrir la Buena Noticia del Reinado de Dios que nos trae Jesús de Nazaret y a experimentar el amor y la compasión de Dios que nos descubre Jesús.

La parroquia, comunidad o movimientos, son medios, mediaciones, para lograr ese encuentro vital de las personas con el Dios de Jesucristo, y para ayudar a testimoniarle en la construcción del Reinado de Dios. Y, en tanto que mediaciones, son relativas, incluso en cuanto a su existencia. Es verdad que no hay vida cristiana profunda sin algún tipo de comunidad, pero las formas concretas de organizarla pueden variar y de hecho varían, según los distintos ambientes y personas que las protagonizan. Pero lo absoluto en la tarea pastoral es que las personas vayan descubriendo y viviendo la fe en el Dios de Jesucristo. Todo lo demás son medios para ir logrando esta utopía. Lo primero es la evangelización, después la sacramentalización y la organización eclesial. Así se desprende de Mt. 28, 19: Id y haced discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

De la vivencia de este absoluto salen, a mi entender, dos exigencias. Una, al interior, como una fuerza centrípeta: la necesidad, siempre presente y nunca conseguida del todo, de profundizar en la experiencia de la fe y en el conocimiento vital de la misma. Algo así como es necesario el encuentro entre los enamorados o entre los verdaderos amigos para ir compartiendo la vida y la amistad, e ir creciendo en el amor. Cuando la amistad, el amor, la fe, no se cultivan, se mueren. Por eso en todas las actividades que se realicen al interior de las comunidades hay que venir constantemente a los que es fundamental y razón de ser de las mismas, que es la vivencia o experiencia de la fe, porque de lo contrario se puede perder la esencia de las mismas.

Otra, al exterior, como fuerza centrífuga: la exigencia de la misma fe de querer transmitir aquello que se vive, porque se vive como germen de felicidad y plenitud, como un tesoro que hemos encontrado y que da luz y sentido a toda nuestra vida. Es la tarea misionera. Es el querer ayudar a otras personas a que descubran todo lo que nosotros hemos encontrado. Y todo esto realizado como una oferta (”El que quiera ser mi discípulo…”), nunca como una imposición. Si se pierde esta dimensión misionera, las parroquias o grupos tienen el peligro de convertirse en guetos.

Otra cosa muy distinta es cómo realizar la actividad misionera. Y aquí entran en juego los diversos carismas de las personas, grupos, situaciones sociológicas, países, culturas, etc. Por eso hay diversas maneras de llevar a cabo la transmisión de la fe: carismáticos, kicos, focolaris, grupos de fe y vida, etc. Yo me identifico más con la forma de proceder de los movimientos de Acción Católica, que tratan de partir de las personas, con todas sus circunstancias culturales, sociales y religiosas, para irlas educando y evangelizando en el descubrimiento del Dios de Jesucristo y en la acción misionera liberadora en los ambientes. Es la manera que han adoptado también las CEB de América Latina, como se refleja en sus documentos de Medellín, Puebla y en este último de Aparecida en el número 19. Esa misma línea de acción misionera es la que propone el concilio Vaticano II en el Decreto sobre la actividad misionera de la Iglesia en el nº 11. Dice así: Es necesario que la Iglesia esté presente en estos grupos humanos por medio de sus hijos, que viven entre ellos o que a ellos son enviados… Para que los fieles puedan dar fructuosamente este testimonio de Cristo, únanse con aquellos hombres por el aprecio y la caridad, reconózcanse como miembros del grupo humano en el que viven… descubran con gozo y respeto, las semillas de la Palabra que en ellas se contienen… Como el mismo Cristo escudriñó el corazón de los hombres y los llevó con un coloquio verdaderamente humano a la luz divina, así sus discípulos, inundados profundamente por el Espíritu de Cristo, deben conocer a los hombres y conversar con ellos para advertir en diálogo sincero y paciente las riquezas que Dios, generoso, ha distribuido a las gentes.

Mirando la historia de la Iglesia, ésta no comienza como una organización bien detallada desde el principio, sino como grupos de personas que han aceptado el mensaje de Jesús, han experimentado al Viviente y sienten la necesidad de juntarse para poner en común su experiencia y alimentar juntos esa fe en el resucitado. Y esa experiencia comunitaria en el crucificado-resucitado, expresada como culmen en las eucaristías, es la que van trasmitiendo a otros. De ahí surgen las distintas Iglesias, que se van organizando a través de los siglos y haciéndose presentes en los diversos países y culturas.

Termino con una cita de Emma Martínez Ocaña, teóloga, que poniéndose en la piel de la suegra de Pedro, concluye su comentario al evangelio del domingo: Entretanto yo os invito a hacer lo que hizo Jesús conmigo: acercarse a los lugares donde están los postrados de la vida, tomarles de la mano y ayudarles a levantarse. Entonces todos juntos nos pondremos a servir, tejeremos el manto de la solidaridad social y eclesial desde la cotidianidad y seremos así testigos creíbles en una sociedad cansada de palabras y necesitada de experiencias que se hagan verdad histórica. (Atrio 4 de febrero de 2012)


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Comentarios
  • Comentario por Lorenzo Arroyo 15.02.12 | 19:29

    Que verdad es que cuando la amistad, el amor, la FE no se cultivan se muere.

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