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¿La mística cristiana es esencialmente mística eclesial?

25.10.17 | 13:20. Archivado en Acerca del autor

En el presente las amenazas al cristianismo no vienen solamente del materialismo y el consumismo sino de los movimientos gnósticos, esotéricos, que son un platonismo desnudado de sus elementos más profundos. Para el ser humano es esencial conocer el ser de Dios y su voluntad; saber que piensa y que es lo que quiere de nosotros. Si Dios fuera solo objeto, bastaría la capacidad natural de la persona para preguntar por él y dando las correspondientes respuestas conocerlo, pero Dios como ser personal solo es cognoscible si libremente se da a conocer. Y la persona solo puede conocerlo si le da crédito. Es decir tener un conocimiento experiencial o místico de Dios. La manifestación de Dios no se lleva a cabo mediante ideas, programas morales o ideales utópicos, sino mediante hechos llevados a cabo por personas. “La fe obliga al hombre a reconocer su creaturidad, su impotencia en el orden del ser y del perdurar; le planta ante un Dios real no ante un Dios ideal, el Dios que nos reduce al silencio y que no se presenta en primer lugar como un incremento de nosotros mismos sino primero como el que desvela nuestra finitud, nuestro pecado y nuestra muerte. Solo confrontándonos con este duro granito de la realidad humana y de la revelación divina, que lo relativiza y personaliza, es el hombre un creyente” (O. GONZÁLEZ DE CARDEDAL, Cristianismo y mística, Editorial Trotta, Madrid 2015, 170). Así, la mística cristiana es esencialmente mística eclesial, ya que en la Iglesia se nos revela y da el misterio trinitario de Dios con su permanente interpretación auténtica por el espíritu y el apóstol.


¿La plenitud de la vida cristiana es la santidad?

16.10.17 | 17:53. Archivado en Acerca del autor

Una persona es santa cuando es el Espíritu del Señor Jesús Resucitado quien la conduce y anima. Ya no es ella quien vive, sino el Espíritu del Señor en ella y su único y mayor deseo es hacer su voluntad. “La vida cristiana responde a una estructura antropológica del hombre, con matices diferentes en cada época, generación y cultura, pero es sobre todo fruto de los dones que Dios otorga a cada alma y de los carismas con la cualifica para el servicio de la Iglesia” (O. GONZÁLEZ DE CARDEDAL, Cristianismo y mística, Editorial Trotta, Madrid 2015, 158). La identificación plena con Cristo es la esencial continuidad de la experiencia cristiana, lo que podríamos llamar mística, no obstante la vida cristiana tiene muchos polos de concentración y acción y no llegar al grado máximo de unión no quiere decir fracaso en la vida cristiana. Por tanto se puede decir que “los místicos son los santos sin más: hombres y mujeres que la Iglesia ha reconocido la verdad de su fe, su esperanza y su caridad, acreditadas en la vida, atestiguadas por quienes los conocieron o convivieron con ellos y propuestas como ejemplo para los demás creyentes” (o. c., 159).

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¿Hay influencia helenista en la teología mística?

06.10.17 | 13:01. Archivado en Acerca del autor

Quien pone en uso la palabra “místico” y “mística” para expresar una experiencia espiritual es el Pseudodionisio, que con su pretendida identidad apostólica, al ser identificado con el oyente de san Pablo en el Areópago, adquirió una autoridad e influencia únicas. En realidad se trataría de un monje sirio de finales del siglo V, que, en su libro La teología mística, nos ofrece el camino “para llegar a ese conocimiento paciente, experiencial de Dios que tiene lugar por ascensión al monte de su gloria en introducción en la nube como Moisés en el Sinaí y que nos hace posible conocer al Incognoscible mediante aquel rayo de tiniebla que a la vez purifica e ilumina, ciega y alumbra, con un no saber que, siendo tal, sin embargo excede todo conocimiento” (O. GONZÁLEZ DE CARDEDAL, Cristianismo y mística, Editorial Trotta, Madrid 2015, 112). Como se puede observar, estamos ante una transposición de la experiencia cristiana a un marco de explicación que no está en la Biblia: una helenización del cristianismo. Será san Anselmo y todo el movimiento cisterciense derivado de san Bernardo, junto con Francisco de Asís, que darán un vuelco a esta concepción del cristianismo “desplazando el Ser supremo, el Bien y el Uno del neoplatonismo cristiano para centrar la mirada en el niño Jesús y en el Crucificado, muerto por nosotros; es decir, en cuna y cruz, en dolor y en amor más que en razón y especulación” (pág. 113). A la contemplación del Eterno con los ojos cerrados le sucede la mirada al rostro de Cristo crucificado.


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