Buenas noticias

Reconocer el pecado

01.02.16 | 09:19. Archivado en Domingos ordinarios

El relato de «la pesca milagrosa» en el lago de Galilea fue muy popular entre los primeros cristianos. Varios evangelistas recogen el episodio, pero solo Lucas culmina la narración con una escena conmovedora que tiene por protagonista a Simón Pedro, discípulo creyente y pecador al mismo tiempo.

Pedro es un hombre de fe, seducido por Jesús. Sus palabras tienen para él más fuerza que su propia experiencia. Pedro sabe que nadie se pone a pescar al mediodía en el lago, sobre todo si no ha capturado nada por la noche. Pero se lo ha dicho Jesús y Pedro confía totalmente en él: «Apoyado en tu palabra, echaré las redes».

Pedro es, al mismo tiempo, un hombre de corazón sincero. Sorprendido por la enorme pesca obtenida, «se arroja a los pies de Jesús» y con una espontaneidad admirable le dice: «Apártate de mí, que soy pecador». Pedro reconoce, ante todos, su pecado y su absoluta indignidad para convivir de cerca con Jesús.

Jesús no se asusta de tener junto a sí a un discípulo pecador. Al contrario, si se siente pecador, Pedro podrá comprender mejor su mensaje de perdón para todos y su acogida a pecadores e indeseables. «No temas. Desde ahora, serás pescador de hombres». Jesús le quita el miedo a ser un discípulo pecador y lo asocia a su misión de reunir y convocar a hombres y mujeres de toda condición a entrar en el proyecto salvador de Dios.

¿Por qué la Iglesia se resiste tanto a reconocer sus pecados y confesar su necesidad de conversión? La Iglesia es de Jesucristo, pero ella no es Jesucristo. A nadie puede extrañar que en ella haya pecado. La Iglesia es «santa» porque vive animada por el Espíritu Santo de Jesús, pero es «pecadora» porque no pocas veces se resiste a ese Espíritu y se aleja del evangelio. El pecado está en los creyentes y en las instituciones; en la jerarquía y en el pueblo de Dios; en los pastores y en las comunidades cristianas. Todos necesitamos conversión.

Es muy grave habituarnos a ocultar la verdad pues nos impide comprometernos en una dinámica de conversión y renovación. Por otra parte, ¿no es más evangélica una Iglesia frágil y vulnerable que tiene el coraje de reconocer su pecado, que una institución empeñada inútilmente en ocultar al mundo sus miserias? ¿No son más creíbles nuestras comunidades cuando colaboran con Cristo en la tarea evangelizadora, reconociendo humildemente sus pecados y comprometiéndose a una vida cada vez más evangélica? ¿No tenemos mucho que aprender también hoy del gran apóstol Pedro reconociendo su pecado a los pies de Jesús?

5 Tiempo ordinario - C
(Lucas 5,1-11)

José Antonio Pagola


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Comentarios
  • Comentario por Francisco Tostón de la Calle 06.02.16 | 00:03

    Hola, amigos. Desde luego que sí, es mucho más evangélica una Iglesia que reconoce sus pecados. Pero esta Iglesia jerárquica que tenemos no los reconoce. Se defiende, lanza pelotas al tejado, dice que en todas partes se cuecen habas, que no es como los periodistas escriben, que son exageraciones, que los enemigos de la Iglesia no duermen en su afán de desprestigiar a la institución, etc. Disculpas, pretextos, excusas. Llevamos años y años en las mismas. "Apártate de mí que soy un pecador", dice el bueno de San Pedro. A la Iglesia jerárquica le encanta hacer ampulosas y solemnes declaraciones, como las del arzobispo de Granada, postrándose en el suelo y pidiendo perdón, pero cuando es el momento de trabajar con la justicia, apoyar las investigaciones, atenerse a las consecuencias, permitir que los jueces hagan su labor, que la verdad sea esclarecida, dudan, reculan, se escudan, se escaquean, dilatan, diluyen, escurren el bulto... En fin, la vieja estrategia de SAN JUAN PABLO II: tapar.

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