La nueva Euskadi: 50 años de historia vasca en 100 líneas
22.06.09 @ 13:12:07. Archivado en Nacional
San Sebastián. Raúl González Zorrilla. No olvidamos cómo empezó todo. Hace casi cincuenta años, un puñado de pistoleros ignorantes, amamantados de estalinismo, nacionalismo e incienso, dieron luz a la banda terrorista ETA, cometieron sus primeros crímenes y gran parte de la sociedad vasca aplaudió la aberración mientras el resto de los ciudadanos, simplemente, miró hacia otro lado.
Desde aquel momento, y hasta hoy, los liberticidas han matado a casi un millar de personas, son los directos responsables de que varias generaciones vascos no sepamos lo que es vivir en paz, y con su presencia han dado luz a una realidad volteada y travestida, éticamente degradada, políticamente indecente y socialmente convulsa, en la que, durante décadas, los verdugos han sido tratados como héroes y las víctimas como seres vergozantes y culposos a los que, en primer lugar, había que eliminar, pero a los que, posteriormente, también había que marcar, vilipendiar, despreciar y deshumanizar. Todo ello, como no podía ser de otro modo, con el fin último de que los asesinatos parecieran actos épicos llevados a cabo por titanes sobrehumanos que entregaban su vida en nombre de un pueblo tan mítico como patético.
Para mantener vivo este espejismo cruel y obsceno, para salvaguardar en toda su integridad este trampantojo totalitario levantado sobre un complejo andamiaje de estrategias de carácter fascista y mafioso, terroristas y proetarras han contado, durante todo este tiempo, con la comprensión, la colaboración, la tolerancia, la asistencia y la atención de nacionalistas e independentistas, que con una presencia longeva, asfixiante y monopolizadora en todas las instituciones autonómicas, han utilizado éstas para quebrantar el sistema normativo que las mantiene con vida, para diezmar la presencia del Estado español en Euskadi y para convertir, a golpe de decreto secesionista, la sociedad vasca democrática y civilizada en un pueblo vasco irracional, mendaz, racista y absolutista.
Tres ejemplos de esta colaboración infame: la firma del Pacto de Estella, el 12 de septiembre de 1998, en el que los partidos políticos nacionalistas vascos, encabezados por el PNV, firmaron con los terroristas vascos un documento por el que, entre otras barbaridades, se apelaba a no colaborar y a romper todo acuerdo "con los partidos que tienen como objetivo la construcción de España y la destrucción de Euskal Herria"; el Plan secesionista impulsado por ex lehendakari Juan José Ibarretxe, aprobado en el Parlamento vasco con el apoyo de los proetarras; y la comprobación fehaciente de que, durante la última década, y con la Consejería de Interior en manos del PNV, la Ertzaintza no ha detenido a ningún etarra (en el mismo tiempo, la policía autonómica vasca ha puesto a disposición de los tribunales de justicia a varias decenas de presuntos terroristas... islamistas).
La devastación ética y la degradación política provocada entre la ciudadanía por los terroristas vascos y los nacionalistas vascos se ha llevado a cabo a lo largo de varias décadas en las que el crecimiento económico y la riqueza material de Euskadi ha aumentado, gracias a la relación tributaria privilegiada que esta comunidad mantiene con el resto de España, en un 100%.
La exuberancia de recursos materiales actúa como uno de los principales y más poderosos agentes de narcotización de las voluntades y, consecuentemente, las sociedades que alcanzan elevados niveles de opulencia se caracterizan por desarrollar también una portentosa capacidad para no ver, no oír y no sentir todos aquellos elementos capaces de poner en peligro los pilares básicos sobre los que se asienta su prosperidad.
En este sentido, y en el caso del País Vaso, al abotargamiento de las conciencias provocado por el dinero fácil se ha aliado dramáticamente con la apatía moral, la desidia del compromiso, la indolencia de la sensibilidad, la ausencia de valores y la explosión de los referentes ideológicos que caracteriza a nuestra época y ha dado luz a un escenario ocupado por una muchedumbre inerme incapaz de proteger valores esenciales como la paz o a la libertad colectivas, y absolutamente incompetente para salvaguardar los fundamentos básicos sobre los que se asientan la integridad y la dignidad de las personas.
Durante demasiado tiempo, el nacionalismo vasco ha alumbrado una moralidad indolora, acomodaticia y dúctil que, efectivamente, hablaba en favor de los derechos humanos, demandaba la paz, exigía el fin de los crímenes etarras y reclamaba la conclusión de la extorsión y de las amenazas, pero lo hacía siempre con emplastos argumentales que difuminaban la autoría de los asesinatos, que evitaban señalar con nombres y apellidos a los responsables de los delitos, que abogaban por extender la responsabilidad de la barbarie a toda la colectividad, que obviaba a los muchos cómplices políticos de la atrocidad y que, en su nivel máximo de indolencia, lloraba por las víctimas del horror al mismo tiempo que sollozaba por la existencia de los victimarios.
Este fin de semana, y después de que la banda terrorista ETA asesinara al inspector Eduardo Puelles, se ha puesto fin a esta Euskadi éticamente indecente convertida en el único lugar de Occidente en el que la policía salía a la calle con el rostro oculto mientras los terroristas verreaban, amenazaban e insultaban con total impunidad desde ayuntamientos, diputaciones y parlamentos.
Patxi López, ejerciendo rotunda y brillantemente como primer lehendakari no nacionalista de la reciente historia del País Vasco, pronunció el pasado sábado, al término de la manifestación de condena de la última barbarie etarra, el que sin duda va a convertirse en el discurso fundacional de la nueva Euskadi. De un País Vasco diferente en el que, por fin, y después de décadas de lasitud y desmadejamiento de las instituciones nacionalistas frente al terror, la Administración democrática se pone en marcha para trabajar en la lucha contra el terrorismo, para terminar con los muchos cómplices de los criminales (“chivatos del fascismo”) que viven en nuestras calles ensangrentadas, para deslegitimar social y culturalmente el discurso proetarra y para convertir a las víctimas del terrorismo, y no a los verdugos, en los auténticos referentes de nuestra vida colectiva.
La popular Arantxa Quiroga, presidenta del Parlamento vasco, lo ha dejado muy claro: “El País Vasco no está viviendo una época de cambio, sino un cambio de época", que se evidencia en el discurso de López y que se plasmó en la unanimidad de los grupos parlamentarios que "fueron responsables" y que "en pocos minutos se pusieron de acuerdo para sacar un comunicado de condena y de solidaridad con la familia".
En la nueva Euskadi, un inspector de policía asesinado por los terroristas es un “gudari” y es “uno de los nuestros”.
Y nunca más volverá a ser “un txakurra” (perro).
Vídeo: Palabras de Paqui Hernández, viuda del inspector de policía Eduardo Puelles
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Comentarios:
Suscribo este, su real y valiente artículo en el que describe la triste historia de la innecesaria ETA.
Sólo puntualizar, que creo firmemente que con los atentados del 11-M, son bastantes más de mil los asesinados por la banda.
Aunque Patxi Lopez ha actuado muy bien diciendo lo que ha dicho, tampoco se puede de ir de rositas junto al resto del PSoe. No por el asesinato en sí, sino porque creo que perdieron 4 años valiosísimos. Por cierto, los terroristas siguen en los ayuntamientos.
E insisto, la responsabilidad del PNV en el mantenimiento de la estructura filoetarra a lo largo de 3 décadas, es un asunto que habrá que abordar tarde o temprano. No se puede olvidar, no se debe olvidar. Y acabo como empiezo, ETA nace del PNV.
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Raúl González Zorrilla
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