El Blog del País Vasco, en la jornada electoral del 1 de marzo
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San Sebastián. Raúl González Zorrilla. En los últimos treinta años, todo ha cambiado radicalmente. En este tiempo, ha desaparecido la guerra fría, ha caído el Muro de Berlín, se ha desmantelado la antigua Unión Soviética, ha quebrado el comunismo como ideología referencial que fue para una buena parte del mundo, se ha demolido el “apartheid” en Sudáfrica e, incluso, un hombre negro ha llegado a la Casa Blanca apoyándose en un sueño y en un puñado de discursos perfectos construidos a la medida de los seres humanos del siglo XXI.
A lo largo de estas tres décadas se han modificado radicalmente, y con una celeridad sin precedentes, las tendencias ideológicas, los usos sociales, las corrientes culturales e, incluso, los equilibrios religiosos. De hecho, desde 1975, cuatro Papas han pasado por el trono de San Pedro, el islamismo más extremista se ha convertido en yugo para millones de fieles en todo el globo y deposiciones espirituales como el creacionismo o la cienciología, que nacieron de los delirios más oscuros de un puñado de excéntricos, mueven hoy ríos de voluntades y millones de dólares a lo largo y ancho de la tierra.
Quienes recordamos con nitidez cómo era el planeta en la década de los setenta del pasado siglo somos extremadamente conscientes de que al calor de unos medios de comunicación agigantados hasta la extenuación y arrastrado por la explosión de internet y las nuevas tecnologías de la información, el mundo de hoy, en el que incluso el capitalismo parece haber implosionado, poco o nada tiene que ver con el de ayer. La realidad global en la que vivimos y que nos moldea como seres humanos se ha adaptado al nuevo crepitar de los tiempos, se ha hecho distinta y se ha preparado para afrontar, de un modo u otro, las esperanzas, los temores, los retos y los desafíos del siglo XXI.
En el País Vasco, sin embargo, en esta tierra moralmente enferma y espiritualmente decimonónica en la que los más montaraces aún se sienten orgullosos de sus criminales, de su sangre, de su presunta raza y de sus orígenes neolíticos, poco o nada ha variado. Quienes ensimismadamente tomaron el poder tras la caída del franquismo lo siguen manteniendo hoy y lo hacen jaleando, apelando y recurriendo a los instintos más primitivos, rudimentarios y básicos de los seres humanos: los que apelan a la patria gruesa, los que insisten en convertir a las víctimas en verdugos, los que manipulan la historia, los que mudan los sueños míticos en pesadillas cotidianas y los que construyen enemigos con la misma velocidad con la que generan fanáticos dispuestos a eliminarlos. Los nacionalistas vascos, liderados por el PNV, llevan casi cuarenta años instalados en el poder. Durante todo este tiempo han dado luz a una cotidianeidad aberrante que se alimenta de un patriotismo desaforado, del perverso imaginario ideológico producido por unos cuantos excéntricos del siglo XIX, de un cúmulo insultante de mentiras que repetidas hasta el infinito acaban convirtiéndose en certezas marmóreas y, sobre todo, de la deificación y ascensión al trono de ese gran sujeto, de esa entidad suprema, por la cual todo está permitido y justificado: el pueblo.
En los últimos años, los nacionalistas vascos han estado representados casi exclusivamente por Juan José Ibarretxe. Este personaje, enseñoreado en su cargo de lehendakari, ha afilado de una forma grosera y dramática los perfiles más ariscos y esquivos del mundo nacionalista y los ha extendido a todos los ciudadanos con el convencimiento totalitario y absolutista de que solamente son vascos aquellos hombres y mujeres que comulgan con la doctrina demencial que supuran el PNV y sus satélites soberanistas. En la Euskadi de Juan José Ibarretxe, los derechos básicos radican en el sacrosanto y eterno pueblo, formado exclusivamente por los nacionalistas vascos, y éste se encuentra en lucha, tensión y hostilidad permanente con todos aquellos hombres, mujeres y niños que, simplemente, queremos ser ciudadanos y que, como tales, deseamos disponer de los derechos y obligaciones que nos otorgan las leyes democráticas.
Durante casi ocho lustros, los nacionalistas vascos, santificando el nombre de su pueblo, han justificado, alimentado, comprendido, entendido y disculpado las actividades criminales de ETA, que para algo se cometen en el nombre de su misma patria; han puesto en marcha múltiples estrategias de actuación, evidenciadas en el Pacto de Estella, para eliminar cualquier tipo de presencia del Estado español en la comunidad autónoma; han convertido el euskera en batúa, eliminando el único valor que tenía esta lengua, su carácter milenario, y travistiéndola en un arma de control político, de exclusión social, de sometimiento educativo y de empobrecimiento científico y cultural; han ultrajado, mancillado e injuriado a las instituciones democráticas españolas, que son las que les perpetúan en su poder, legitimando de este modo los innumerables ataques hacia éstas llevados a cabo por los criminales; y, por si todo esto fuera poco, han humillado, insultado, vejado, despreciado y olvidado a las víctimas de los terroristas, mientras han situado a los asesinos en sus acuerdos de gobierno, en las mesas de hablar, en las comisiones de derechos humanos del Parlamento, en los ayuntamientos y en el callejero de muchos pueblos.
Para convertir a la sociedad vasca de todos en el pueblo vasco de unos pocos, los nacionalistas, liderados por el Juan José Ibarretxe, han estrujado el sistema democrático, han dinamitado la convivencia, han malversado las instituciones, han ejercido de Gobierno y de oposición al mismo tiempo; han puesto todo tipo de trabas a la lucha política, policial y judicial contra la banda terrorista ETA; han manipulado, han mentido y, lo que es peor, han sido protagonistas activos en repudiar, marginar, excluir y expulsar de la Euskadi que se hace todos los días a cientos de miles de personas que no comulgan con las ruedas de molino ideológicas y los grilletes políticos de los independentistas.
Nadie puede llamarse a engaño. Lo que las próximas elecciones vascas van a dilucidar es si esta región, tras varias décadas de padecer las más diversas aberraciones nacionalterroristas, va a hundirse más aún en el pozo de la infamia o si, por el contrario, los hombres y mujeres que aquí habitamos creemos firmemente en que otra Euskadi es posible, urgente y necesaria. Un País Vasco nuevo y diferente en el que, entre otras cosas, se luche eficaz y convincentemente contra el terrorismo etarra, en el que se deslegitime ética y políticamente a los asesinos, en el que cualquier niño pueda educarse en su idioma materno, en el que los asesinos no sean tratados como héroes, en el que no ser nacionalista no sea sinónimo de marginación y en el que, en definitiva, el derecho a la vida, la seguridad y la libertad no sea solamente patrimonio de unos pocos.
Más sociedad vasca o más pueblo vasco: tú decides.
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Muy bueno tu artículo, Raúl. Lo difundiré entre mis amistades, por si aún queda algún despistado que no sabe a quien votar. Yo ya lo he hecho.
Un saludo,
Enrique
Excelente y real de principio a fin tu artículo. Las próximas elecciones son una oportunidad única para sacudirse el yugo de los mitificadores separatistas con, no hay que olvidarlo, incustraciones de comunismo.
Ya está todo en manos de los vascos para que con el mazo de los votos rompan de una vez tanta falacia, falta de libertad y matonismo. Por un futuro más próspero y amable, con el único esfuerzo de elegir bien la papeleta, puede cambiar todo. ¡Ánimo, que es posible!.
Domingo, 27 de mayo
Antonio Cabrera
Vicente Torres
Juan Fernandez Krohn
Manuel Molares do Val
Pedro Fernández Barbadillo
Vicente A. C. M.
Miguel Torres Galera
Carlos Ruiz Miguel
Josep Carles Laínez
Raúl González Zorrilla
Rufino Soriano Tena
José Pómez