San Sebastián. Raúl González Zorrilla. Durante este verano, varias personas han comenzado a pasearse por San Sebastián desnudas, provocando numerosos comentarios en la calle y en los medios de comunicación que han oscilado entre la hilaridad de algunos, la indignación de otros y la indiferencia de muchos. Ciertamente, a estas alturas, con todo lo que llevamos visto, que alguien se pasee por las calles de una ciudad en su versión más “natural” no deja de ser algo anecdótico, pero cuando esta práctica comienza a extenderse pone al descubierto algo que va más allá de lo que es una simple noticia chusca y estival.
Fundamentalmente, la reacción de los ciudadanos hacia los partidarios del despelote urbano pueden dividirse entre quienes han reclamado a las instituciones medidas para impedir este tipo de comportamientos y quienes no han perdido la ocasión para reclamar la libertad de cada hijo de vecino para ir vestido, o sin vestir, por donde le dé realmente la gana. En el medio, el Ayuntamiento dirigido por el ínclito socialista Odón Elorza, el mismo que pide que el próximo Gobierno vasco esté liderado en comandita por los socialistas, la Izquierda Unida nacionalista de Javier Madrazo y los ex proetarras de Aralar, ha señalado que no hay una normativa concreta que establezca cómo han de ir ataviados los vecinos o los visitantes de la Bella Easo y que, por lo tanto, nada de estos desvestidos les compete.
Personalmente, soy de los que piensan que, efectivamente, cada uno puede ir peripuesto con lo que le parezca, pero también creo que si hay algo que nos han enseñado siete mil años de civilización es que el ser humano utiliza las más diversas indumentarias para protegerse de las inclemencias del clima y también, y no menos importante, por razones de higiene personal, de pulcritud colectiva y de limpieza general.
También hay que tener en cuenta que en nuestras sociedades occidentales el vestuario es un importante desarrollo cultural ligado a la dignidad de las personas y al respeto hacia los demás y, por lo tanto, que determinados individuos opten por prescindir del mismo en los espacios públicos puede hacer que muchos ciudadanos se sientan éticamente conmovidos y estéticamente heridos. Ser considerados y educados con los demás implica compatibilizar los derechos individuales con los derechos colectivos y, sobre todo, significa demostrar un mínimo de cortesía hacia las normas básicas de educación imperantes en una sociedad.
Dicho esto, creo que es necesario realizar una reflexión sobre las razones que llevan a que este tipo de comportamientos asociales, ridículamente desmandados y grotescamente provocadores, siempre tengan lugar en ciudades como San Sebastián o Barcelona, por ejemplo, urbes referenciales en lo que respecta a entender la anomia, la transgresión, la impunidad y el “todo vale” moral como elementos básicos de avenencia y concordia grupal. En este sentido, una ciudad como la capital guipuzcoana, donde las fiestas patronales se realizan en medio de grandes pancartas proterroristas; donde jamás se ha suspendido una celebración callejera tras un asesinato etarra; donde los policías actúan (cuando lo hacen) a cara descubierta y los delincuentes queman autobuses a cara descubierta; donde medio centenar de fascistas batasunos son suficientes para suspender las clases universitarias en todo el territorio guipuzcoano; o donde es más seguro gritar ¡Gora ETA! que afirmar que se vota al PP, es, ciertamente, un lugar atractivo para todo tipo de descerebrados, alborotadores y naturistas de pacotilla. No es nada nuevo. Ya lo dijo Thomas De Quincey, que era un sabio: “Si uno empieza por permitirse un asesinato pronto no le da importancia a robar, del robo pasa a la bebida y a la inobservancia del día del Señor, y se acaba por faltar a la buena educación y por dejar las cosas para el día siguiente. Una vez que empieza uno a deslizarse cuesta abajo ya no se sabe dónde podrá detenerse. La ruina de muchos comenzó con un pequeño asesinato al que no dieron importancia en su momento”.
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Blog de Raúl González Zorrilla
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El desnudo integral en zonas públicas es cuando menos antihigiénico, por lo que estos sujetos deberían llevar obligatoriamente en el cuello una chapa de vacunación igual que los perros y tener prohibida su entrada en locales públicos.
No obstante, cuando es norma habitual en la sociedad el desnudo moral con exhibición pública de los más bajos instintos, como el asesinato y extorsión de toda una sociedad e incluso el asesinato de los más indefensos con el aborto, el desnudo corporal se queda en una broma desagradable y de mal gusto.
Domingo, 27 de mayo
Antonio Cabrera
Vicente Torres
Juan Fernandez Krohn
Manuel Molares do Val
Pedro Fernández Barbadillo
Vicente A. C. M.
Miguel Torres Galera
Carlos Ruiz Miguel
Josep Carles Laínez
Raúl González Zorrilla
Rufino Soriano Tena
José Pómez