En esto consiste la infamia vasca: primero, ocultar o minimizar la barbarie terrorista; segundo, confundir a los responsables del terror y equivocar deliberadamente la respuesta democrática al mismo; tercero, olvidar o despreciar a las víctimas para que no dejen constancia del horror; cuarto, mirar hacia otro lado; y quinto, apoyar, comprender, justificar y entender a los verdugos.
San Sebastián. Raúl González Zorrilla. He visitado la página web del ayuntamiento de Legutiano, gobernado por los nacionalistas de Eusko Alkartasuna, para ver qué tipo de ayudas va a poner en marcha esta corporación para apoyar a las víctimas del atentado que los criminales de ETA han cometido en este municipio. Supongo que un ayuntamiento como el de Legutiano, que otorga anualmente casi un millón de las antiguas pesetas a los familiares de los presos etarras, tendrá recursos, iniciativa, capacidad y, sobre todo, empeño político para poner en marcha cuantiosas ayudas a los guardias civiles y a las familias de éstos que han quedado destrozadas tras la barbarie etarra. Pues bien, en la web del municipio en cuestión no solamente no hay ninguna mención a las ayudas que la corporación municipal debería haber puesto ya a disposición de todas las víctimas del atentado sino que ni tan siquiera hay ninguna mención al hecho de que en este territorio municipal una persona haya sido asesinada y varias más hayan sido heridas por una acción terrorista.
Esto es, exactamente, lo que llevan haciendo los nacionalistas vascos desde hace cuatro décadas con respecto a la actividad criminal de ETA. Hacer como que se irritan cuando se cometen los crímenes y, una vez que el ruido más o menos fuerte de la indignación general ha desaparecido, seguir mirando hacia otro lado mientras se ayuda al entorno político, social y cultural de los criminales.
Básicamente, se trata de minimizar, ocultar u obviar la barbarie y, cuando esto no puede hacerse, el objetivo fundamental es tratar de confundir las responsabilidades e intentar equivocar a los ciudadanos sobre cuáles son las formas de alcanzar la paz. Que nadie se llame a engaño. El criterio moral que permite que hoy cualquier persona que desde cualquier lugar del mundo quiera saber lo que ha ocurrido en el municipio de Legutiano a través de su web no obtenga ninguna respuesta al respecto, es el mismo que impulsa a esos dos mequetrefes éticos que son Juan José Ibarretxe y Miren Azkarate, lehendakari y portavoz del Gobierno vasco, respectivamente, a señalar, con todo el cinismo y la mayor desvergüenza del mundo, que lo que la sociedad pide a los políticos es “encontrar caminos” para salir de “esta espiral de violencia en la que ETA nos quiere sumir otra vez”.
Curioso razonamiento, ya que cualquier persona éticamente sólida, democráticamente formada e ideológicamente no fundamentalista sabe que la única manera de luchar contra el terrorismo consiste en apoyar, reforzar y potenciar a los cuerpos de seguridad del Estado democrático; en defender los pilares básicos de las instituciones democráticas y, sobre todo, en deslegitimar moralmente mientras se ampara y protege a las víctimas. Lo recordamos una vez más: la Ertzaintza, la policía autónoma vasca, ha detenido a cinco terroristas en los últimos cinco años y cuando habla Javier Balza, consejero del Interior del Gobierno vasco, es cómo si nos diera a todos una lección aséptica, objetiva y doctoral sobre los secretos de esta organización terrorista de corte ultranacionalista y fascista.
¿Por qué jamás se proclama desde el Ejecutivo de Juan José Ibarretxe la voluntad de los nacionalistas por acabar policial y judicialmente con los criminales.? Probablemente, por la misma razón que la portavoz del Gobierno autónomo, Miren Azkarate, señaló hace unos días que la banda terrorista ETA no ha atacado “todavía” las obras de construcción del tren vasco de alta velocidad cuando, hasta el momento, han sido casi ochenta los ataques de terrorismo callejero (“kale borroka”) llevados a cabo contra empresas e instituciones relacionadas con estos trabajos.
En esto consiste la infamia vasca: primero, ocultar o minimizar la barbarie terrorista; segundo, confundir a los responsables del terror y equivocar deliberadamente la respuesta democrática al mismo; tercero, olvidar o despreciar a las víctimas para que no dejen constancia del horror; cuarto, mirar hacia otro lado; y quinto, apoyar, comprender, justificar y entender a los verdugos. Y así, cuarenta años. (Ver vídeo)
Blog de Raúl González Zorrilla
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