Un obispo pendenciero en presencia de ETA
21.02.08 @ 12:59:29. Archivado en Nacional
Teniendo en cuenta la larga trayectoria del obispo emérito de San Sebastián, José María Setién, en su empeño por despreciar a las víctimas del terrorismo, en su constancia por equidistar entre asesinos y asesinados, y en su no menor esfuerzo por justificar intelectualmente a los criminales etarras, no llama demasiado la atención que la última creación bibliográfica que ha perpetrado este individuo se titule “Un obispo vasco ante ETA”. Fíjense bien en el detalle porque a la hora de buscar un epígrafe para su nuevo e ininteligible trabajo, José María Setién bien pudiera haber utilizado otra preposición y decir, por ejemplo, “Un obispo contra ETA”. Pero no, ya ven que Setién, que sobre retorcer el vocabulario para que las palabras signifiquen exactamente lo contrario de lo que quieren decir sabe muchísimo, ha buscado, de una forma absolutamente deliberada, mostrarse “en presencia” de ETA (que así es como define el diccionario de la Real Academia la preposición “ante”) y ha querido, de una forma no menos reflexionada, no presentar oposición, antagonismo u obstrucción teórica a los terroristas, ya que esta tarea, como en más de una ocasión ha señalado, no es su labor.
De hecho, parece que al obispo emérito Setién le molesta hasta el hecho de que las fuerzas de seguridad del Estado tengan éxito en su lucha contra la violencia etarra, ya que según también ha manifestado durante la presentación de su más reciente panfleto, “resulta lamentable que haya que estar oyendo una y otra vez, por unos y por otros, quién ha actuado más eficazmente, qué es lo que ha hecho en relación al terrorismo. El tema es un poco más serio para convertirlo en una moneda de cambio de unas elecciones políticas”.
No sé yo qué considerará el obispo Setién más serio que actuar eficazmente contra los criminales etarras, pero este personaje siniestro, que durante su magisterio siempre tuvo abiertas las puertas de la catedral donostiarra del Buen Pastor a las protestas continuas de los familiares de los presos etarras y que siempre ha defendido la conveniencia de negociar políticamente con ETA, no es, desde luego, la persona más adecuada para hablar de cómo se debe luchar contra el terror. Lo que, en cambio, sí debería hacer José María Setién en uno de los pasquines disfrazados de libros que habitualmente publica es explicar las razones por las que, en Guipúzcoa, el territorio de España donde ETA ha cometido prácticamente la mitad de sus crímenes, la Iglesia solamente ha organizado una única misa en recuerdo de las víctimas del terrorismo. Un servicio en tres décadas, celebrado en el mes de octubre de 1998 en la Catedral del Buen Pastor de San Sebastián, y que, por cierto, no contó con la presencia en el mismo de Setién. También debería explicarnos este personaje éticamente insignificante, ideológicamente extremo y políticamente ultranacionalista las razones por las que, en aquella misa, suprimió todas oraciones que las víctimas del terrorismo habían preparado y en las que se mencionaba a España, a las víctimas de los cuerpos de seguridad o a la necesaria libertad de los ciudadanos vascos.
El sacerdote vizcaíno Jaime Larrínaga, hoy “exiliado” en Madrid por las amenazas vertidas contra él desde ámbitos del nacionalismo vasco más radical y violento, lo ha explicado con gran concisión y brillantez: "La Iglesia vasca, y esto no es ningún secreto, es en su mayoría profundamente nacionalista. Cuando hay que nombrar a algún obispo para alguna de las diócesis vascas se emplean, por parte del clero de esta región, todos los medios para que sea un obispo nacionalista. Se podría exigir que fuera un buen pastor, católico, universal, abierto para una sociedad y una iglesia plural. Pero no. La Iglesia vasca solamente muestra su cara nacionalista. Ha sacralizado Euskadi, y la ha colocado por encima del Evangelio y de Dios. Dentro de esta concepción nacionalista, los terroristas, los que hacen el "trabajo sucio", son considerados como los hijos "descarriados", como los hijos pródigos a los que hay que atender y respetar en sus derechos. La Iglesia sí que condena las muertes, pero ignora a los asesinos, y los asesinos, cuando son detenidos y juzgados, encuentran en la Iglesia amparo y defensa. De esta forma, la Iglesia, al mostrarse piadosa con los crueles, se convierte en cruel con las víctimas. La Iglesia vasca siempre ha denunciado los crímenes de ETA, pero jamás ha condenado a los asesinos”.
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Raúl González Zorrilla
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