Cada vez que los nacionalistas vascos hablan de democracia es que hay un terrorista o un cómplice de los terroristas a quien defender, entender, comprender o justificar. La historia contemporánea europea nos demuestra que las excrecencias tiránicas que surgen en los tejidos democráticos (sean éstas de carácter fascista, nacionalista o comunista) comienzan tejiendo sus redes aprovechándose de los amplios márgenes de libertad que ofrecen los sistemas de libertades como el nuestro. Todos estos movimientos absolutistas, e irracionales en cuanto que apelan a los sentimientos más simples y zafios del ser humano, coinciden en autoproclamarse como “salvadores” de una democracia que ellos cercenan a las primeras de cambio y, por si todo esto fuera poco, a toda esta morralla extremista, intolerante, intransigente y fanática siempre le ha gustado, más que cualquier otra cosa, las grandes movilizaciones de masas. Por supuesto, el lehendakari Ibarretxe, y los nacionalistas vascos, como ayer los nazis o los fascistas, o como hoy los proetarras, también se apuntan al jubileo callejero. Y es que en el fondo, fascistas, comunistas, nazis o ultranacionalistas, beben todos de la misma fuente del mal: el totalitaritarismo.
Los partidos que conforman el Gobierno ultranacionalista de Juan José Ibarretxe quieren dar una “respuesta firme” a la que, en su opinión, es “una de las decisiones más graves” que se han adoptado desde la Transición contra, “la voluntad democrática de la sociedad vasca”: la sentencia condenatoria contra Juan María Atutxa, Gorka Knörr y Kontxi Bilbao por su negativa a disolver el grupo proetarra de Sozialista Abertzaleak. Según afirman los tres partidos que forman parte del Ejecutivo autónomo, PNV, EA y EB/IU, la Justicia española está embarcada en una estrategia “constante y pertinaz” para “deslegitimar” a las instituciones vascas y “desnaturalizar” el autogobierno. En este sentido, y como respuesta a estos “ataques”, los ultranacionalistas vascos, capitaneados por el lehendakari Juan José Ibarretxe, saldrán mañana a la calle para expresar “la respuesta cívica de un pueblo que exige respeto a su voluntad democráticamente expresada”.
Ciertamente, que el Lehendakari y sus secuaces hablen de “defender la democracia” solamente puede mover a la carcajada más triste o a la más cruda indignación, ya que si alguien en este país ha puesto en peligro el sistema de libertades ha sido el terrorismo etarra y el nacionalismo vasco que durante treinta años ha comprendido, apoyado, entendido, justificado y, en ocasiones alentado, la comisión de todo tipo de crímenes.
La democracia española, la misma que garantiza que iluminados salvapatrias como Juan José Ibarretxe o el resto de su camarilla de Gobierno puedan ejercer sus funciones con suma comodidad, no se pone en peligro porque los tribunales hagan cumplir las leyes que nos afectan a todos. La democracia, la libertad, la tolerancia y la igualdad de Euskadi, y del resto de España, se quiebran cuando un puñado de formaciones políticas ultranacionalista pactan con la banda terrorista ETA el Acuerdo de Estella que, entre otras lindezas, busca la total desaparición de Euskadi de cualquier huella del Estado español; la democracia se rompe cuando un terrorista como Josu Ternera (hoy, uno de los líderes de la banda terrorista ETA) es colocado en una Comisión de Derechos Humanos del Parlamento vasco con el silencio cómplice del lehendakari Ibarretxe; la democracia se rasga cuando los ultranacionalistas vascos, haciendo caso omiso de las leyes, omiten la educación pública en castellano y obvian la instalación en las instituciones de la bandera nacional; la democracia explota cuando los partidos nacionalistas, bajo el liderazgo del Gobierno del Lehendakari Ibarretxe, defienden, comprenden, entienden y disculpan, una vez tras otra, a los criminales etarras, al mismo tiempo que desprecian, calumnian y agreden a las víctimas de éstos: la democracia en España estalla, en fin, cada vez que los nacionalistas vascos o catalanes ignoran, desprecian o atacan a las instituciones básicas del Estado que, por otro lado, son las que están garantizando que esta gentuza pueda gobernar sus territorios como si se trataran de auténticos reinos taifas.
Cada vez que los nacionalistas vascos hablan de democracia es que hay un terrorista o un cómplice de los terroristas a quien defender, entender, comprender o justificar. La historia contemporánea europea nos demuestra que las excrecencias tiránicas que surgen en los tejidos democráticos (sean éstas de carácter fascista, nacionalista o comunista) comienzan tejiendo sus redes aprovechándose de los amplios márgenes de libertad que ofrecen los sistemas de libertades como el nuestro. Todos estos movimientos absolutistas, e irracionales en cuanto que apelan a los sentimientos más simples y zafios del ser humano, coinciden en autoproclamarse como “salvadores” de una democracia que ellos cercenan a las primeras de cambio y, por si todo esto fuera poco, a toda esta morralla extremista, intolerante, intransigente y fanática siempre le ha gustado, más que cualquier otra cosa, las grandes movilizaciones de masas. Por supuesto, el Lehendakari Ibarretxe, y los nacionalistas vascos, como ayer los nazis o los fascistas, o como hoy los proetarras, también se apuntan al jubileo callejero. Y es que en el fondo, fascistas, comunistas, nazis o ultranacionalistas, beben todos de la misma fuente del mal: el totalitaritarismo.
Blog de Raúl González Zorrilla
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Domingo, 27 de mayo
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