Ahora que ya hace 25 años de demasiadas cosas, regresa hasta nosotros, teñido por la nostalgia, destilando recuerdos inciertos y siempre matizado por la excesiva parcialidad de la memoria, aquel espíritu fragoroso que, en la década de los ochenta del pasado siglo, dotó a España de un movimiento desbordante de energía social, ebullición cultural y libertad artística que pasó a conocerse internacionalmente como “La Movida”. Hoy, algunos destacados protagonistas de aquellos tiempos extraños cuentan sus vivencias en biografías más o menos sinceras, las canciones-himnos de antes vuelven convertidas en pegadizos “jingles” publicitarios, revistas que en aquellos años eran poco más que fanzines son expuestas con todos los honores en la Biblioteca Nacional y los creadores que entonces se conformaban con realizar obras lo suficientemente provocadoras como para aparecer en “La Luna de Madrid” forman parte indiscutible e insustituible de la alta cultura o, al menos, de la cultura oficial del momento.
El transcurrir tumultuoso de las últimas décadas ha ido sublimando el carácter de aquella época hasta ofrecernos, con detalle, qué es lo que nos ha quedado de unos momentos históricos que, efectivamente, supusieron una ruptura absoluta, tanto ética como estética, con la anémica herencia cultural de la dictadura, que en una implosión sublime situaron repentinamente a la sociedad española en la vanguardia de las tendencias más novedosas y que, por encima de cualquier otro valor, tuvieron la capacidad transformadora suficiente como para insuflar elevadas dosis de delirio, ingenio y entusiasmo allí donde, hasta el comienzo de la década de los ochenta, solamente podían apreciarse las grandes sombras que cubrían los ámbitos públicos y privados de un país agostado y marchito.
El estremecimiento socio-cultural que este país vivió en las dos décadas finales del siglo XX sirvió, sobre todo, para robustecer los primeros andares de la democracia, para reforzar un proceso modélico de transición política que permitió que apenas siete años después de la muerte de Franco el PSOE llegara al poder y, especialmente, para redefinir en su totalidad los referentes éticos, ideológicos, políticos, culturales e intelectuales de una sociedad que, en un puñado escaso de años, pasó bruscamente de disfrutar con “Las crónicas de un pueblo” que Antonio Mercero dirigió en 1971 a regocijarse con las historias insólitas de Pepi, Luci y Bom que Pedro Almodóvar escribiera en 1980.
En este sentido, resulta indiscutible que España no sería lo que hoy es sin aquel tiempo convulso que transcurrió, por situarlo más gráficamente, entre la convocatoria de las primeras elecciones democráticas en 1977 y la celebración de los Juegos Olímpicos de Barcelona en 1992, pero quienes hoy tratan de revisitar aquella época tiñéndola exclusivamente de un lustre frívolamente agitador, radicalmente innovador, profundamente visionario e intrínsecamente positivo, olvidan, en muchas ocasiones interesadamente, que aquel lapso histórico fue también, y sobre todo, un trágico periodo de convulsión, desasosiego y violencia cuyo dramatismo difícilmente puede encubrirse desenterrando discos de Mecano, evocando las primeras exposiciones de Miquel Barceló o perorando largamente sobre la posmodernidad autóctona.
Es ahora, con la perspectiva excepcional que otorgan las casi tres décadas transcurridas desde entonces, cuando diariamente comprobamos que aún estamos viviendo sobre los rescoldos tibios de aquellos tiempos y cuando podemos entender que el intenso proceso de devastación de referentes éticos, políticos, culturales e, incluso, religiosos en el que se embarcó la sociedad española a finales del pasado siglo originó un torrente de consecuencias fatales que ahora comenzamos a poder valorar con detenimiento. Uno de los ejemplos más evidentes de esto que señalamos podemos observarlo en las actuaciones perturbadoras, inanes y levantiscas de un Ejecutivo socialista como el de José Luis Rodríguez Zapatero que, digno hijo de aquella época, ha convertido la anomia en forma básica de gobierno, que no ha dudado en tensionar la convivencia democrática para satisfacer las demandas repetidas de las formaciones políticas más incendiarias y que, como no podía ser de otra manera, puede defender, simultáneamente, una cosa y su contraria con impudor idéntico y con cinismo parecido al de quienes en 1981, mientras la banda terrorista ETA asesinaba a un ciudadano español cada tres días, recorrían las calles del madrileño barrio de Azca cantando aquello de “quiero ser un bote de Colón y salir anunciado por la televisión”.
“Por la noche, todos los gatos son pardos. Apaguemos la luz”. Bajo advocaciones tan descriptivas como esta lanzada por José Luis Brea, uno de los principales ideólogos de aquellos momentos convulsos, el huracán posmoderno que barrió España en los años ochenta, con su apología del todo vale cultural, del hedonismo privado, del gusto por las apariencias y de la atracción por lo banal, dotó a la que actualmente es la generación de referencia de una ética blanda absolutamente fútil, de un relativismo ideológico intensamente demoledor y de una insipidez intelectual víricamente expansiva que hoy impregna, de una forma devastadora, órganos muy diversos de la política, la cultura, la educación, la cultura o los medios de comunicación.
El enunciado de Brea anteriormente citado nos habla de un momento oscuro de nuestra biografía colectiva que apenas he visto esbozado en los muchos análisis que ahora se prodigan sobre aquellos tiempos en los que el atractivo resplandor de las crestas de colores, las noches de Rock-Ola y los bandos disolutos de Enrique Tierno Galván ocultaban herméticamente el derrumbe ético, intelectual, político y educativo en el que estaba cayendo el país. Atomizados los metadiscursos que un día nos sirvieron de guía y licuadas las grandes corrientes discursivas que nos habían marcado el camino durante gran parte del pasado siglo, a lo largo de la década de los ochenta se instaló en España un tumefacto minimalismo referencial que, apoyándose en un paréntesis de fuerte resurgir económico, provocó un escandaloso proceso de infantilización hedonista que llevó a buena parte de la población a creer que la reciente Transición apenas había sido un instante “pop” más, que el complejo sistema de derechos y libertades sobre los que se asentaba su bienestar social había surgido por generación espontánea o que la democracia recién estrenada reflejaba un estado de cosas inmutable que, sencillamente, siempre había estado ahí.
José Luis Rodríguez Zapatero es conocido irónicamente como “Bambi” pero, sin lugar a dudas, es hijo, al igual que la mayor parte de sus más directos colaboradores, de un pernicioso efecto “Disney” que llegó a su máximo esplendor hace dos décadas. De hecho, la formidable vacuidad de contenidos que encierra en un proyecto como el de la “alianza de civilizaciones”; el impudor de este Gobierno para zaherir a prácticamente todas las instituciones del Estado y ponerlas al servicio de una visión guerracivilista de España y de los ciudadanos españoles; la capacidad del Ejecutivo para evidenciar en unas conversaciones políticas mantenidas con la banda terrorista ETA toda la perversidad moral que se encuentra latente en esa creencia, tan de los ochenta, de que “todas las ideas son igualmente validas”; el empeño de no pocos ciudadanos, alentados y jaleados por el partido en el poder, de sumarse a cualquier iniciativa que trate de horadar los pilares socio-políticos y culturales del Estado español, junto con la desidia de estos mismos ciudadanos para defender activamente nuestro sistema democrático; y, en fin, el empeño gubernamental por simular permanentemente que aquí no pasa nada, como si las numerosas quiebras de consensos, pactos, acuerdos y compromisos que se han producido en estos últimos años no tuvieran la mínima importancia, son comportamientos, todos ellos, que ilustran a la perfección la cruel infantilización, la debilidad de pensamiento y la molicie de la razón que atenaza a una parte importante de la clase dirigente de este país y que demuestran que es hoy, más que nunca, cuando nos sorprendemos chapoteando en el cuantioso lodo producido por la intensa nube de polvo que con tanto frenesí, y con el beneplácito de tantos, se levantó hace casi treinta años.
Blog de Raúl González Zorrilla
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