La negociación política con la banda terrorista ETA impulsada por el presidente José Luis Rodríguez Zapatero ha dado luz en Euskadi al surgimiento de una ética indolora, acomodaticia y dúctil que, efectivamente, habla vacuamente en favor de los derechos humanos, demanda la paz, exige el fin definitivo de los crímenes y reclama la conclusión de la extorsión y de las amenazas, pero lo hace siempre con emplastos argumentales que difuminan la autoría de los asesinatos, que evitan señalar con nombres y apellidos a los responsables de los delitos, que abogan por extender la responsabilidad de la barbarie a toda la sociedad, que obvia a los muchos cómplices políticos de la atrocidad y que llora por las víctimas del horror al mismo tiempo que solloza por la existencia de los victimarios.
El talante negociador del Presidente del Gobierno conecta a la perfección con la corriente políticamente correcta que marca la vida diaria en el País Vasco desde hace más tiempo del que podemos recordar. El sentir “soft”, la moral light, el pensamiento débil, la ideología de bajo coste, los principios blandos y las actitudes más condescendientes son las que dibujan los ritmos de la actualidad en Euskadi y, por ello, todos aquellos discursos que defiendan un compromiso frívolo, etéreo e incorpóreo con la paz, con el fin de la violencia y con la convivencia “para todos” siempre están abocados al éxito. De hecho, el indudable tirón popular que en Euskadi tienen personajes como el lehendakari Juan José Ibarretxe o como el propio presidente del Ejecutuvo, José Luis Rodríguez Zapatero, ambos adalides incuestionables de esta forma de contemplar la realidad, es una prueba irrefutable de esto que señalamos.
Según esta cantinela “buenista” impulsado por el Ejecutivo socialista con el apoyo incondicional del PNV y de otros nacionalistas “moderados”, mostrar resistencia a comulgar con los postulados monolíticos de los patriotas vascos, renunciar a abrazarse con quienes han apoyado directa o indirectamente cientos de asesinatos, negarse a trabajar políticamente junto a los que todavía no han condenado ningún acto de terrorismo, pedir que se cumpla la legalidad actualmente vigente y demandar que las fuerzas de seguridad detengan a los criminales son comportamientos graves e inmovilistas que, según nos han explicado grandes pensadores como José Blanco, Iñaki Anasagasti, Carod Rovira o Gaspar Llamazares, merecen la repulsa de toda la sociedad.
Pues bien, qué le vamos a hacer. Hay, efectivamente, un gran entramado político, social, mediático y culturalmente surrealista y fariseo que no se cansa de acusar a los demócratas de inmovilismo y que permanentemente coloca en la extrema derecha a quienes solamente exigimos que el Estado de derecho siga en activo, que se termine policial y judicialmente con los criminales, que se condene a los cómplices de éstos, y que se aísle absolutamente a quienes no solamente son incapaces de condenar la violencia, sino que además, aún abogan por el tiro en la nuca y el coche bomba como métodos válidos para imponer sus ensoñaciones aberrantes.
La Administración socialista, cuando mira a la banda terrorista ETA, quiere ver, por error, por terquedad, por prepotencia y por perversión ideológica, a los asesinos vestidos con los oropeles flamantes del parlamentarismo, del diálogo, de la legalidad y de la tolerancia. Pero, por mucho que les pese a los abanderados de la negociación política con los etarras, quienes jamás han cometido casi un millar de asesinatos, y quienes jamás han condenado ninguno de estos atentados, siguen desnudos.
Absoluta y totalitariamente desnudos.
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Viernes, 17 de febrero
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