Blog de JMB: ¿Y si Dios fuera ateo?

Portazo en la Catedral de Salamanca

19.07.13 | 13:16. Archivado en Iglesia, Religión


Tormenta de verano. Chaparrón sobre la bellísima universitaria y cosmopolita ciudad de Salamanca. Rayos tenues de luz al atardecer serpentean por sus fachadas de piedra centenaria y reflejan destellos en los enlosados charcos ocasionados por los goterones de unas nubes caprichosas que, precisamente, a las siete y media en punto de la tarde del domingo 14 de julio, “abastillada” y memorable fecha revolucionaria, orinan agua bendita sobre el sagrado templo y alrededores. A punto.

En el interior de la Santa Iglesia Catedral, la nueva, nos encontrábamos el pasado domingo una muchedumbre de turistas: creyentes, ateos, nacionales y extranjeros (es decir, bastantes) visitándola parsimoniosamente y contemplando sus silenciosos tesoros históricos y culturales. Nuestras miradas extasiadas se proyectaban hacia sus elevadas bóvedas trenzadas en filigranas del gótico flamígero, cuando entre sus pétreos nervios se oye la voz de la conciencia que anuncia, con éstas o similares palabras: “por favor, visitantes y turistas: se les comunica que se va a proceder al cierre del templo, y por lo cual deben ustedes abandonar ya la catedral. Es la hora”.

Al instante, todo el público nos comportamos obedientemente y, sin rechistar, nos dirigimos a la salida para proceder a ejercer nuestro derecho al voto de obediencia de todo turista o visitante que se place ser de buena condición.

Y ya muy cerca de la puerta (de salida) algunos nos percatamos de un fuerte ruido de viento huracanado, acompañado de una tormentosa lluvia que por los aledaños se cernía. Sin más, se me ocurre hacer un inocente comentario, sin otra pretensión que confirmar la realidad: ¿“está lloviendo”!: Y la respuesta no se hizo esperar. Apareció un señor (¿ostiario, se dice?), pisándonos los talones que agitando las llaves del templo de San Pedro de la capital castellana se reafirma en el recuerdo del deber cumplido y cumplidor (¿responsabilidad, se dice ahora?): “Llueva o no llueva, todos fuera”. ¡Es la hora!

El silencio de cuantos asistimos al final de nuestra visita se hizo tronador, a la vez que sonaba fuerte el “tintinear” del manojo de llaves que, con desdén, agitaba el sacristán o quien fuera, responsable del templo, o el ostiario o aquél que en ese instante ostentaba el oficio de San Pedro en la tierra.

Y así fue: en un abrir y cerrar de ojos se nos cerró la puerta y ni siquiera se nos despidió con una amable sonrisa de rigor o de responsabilidad horaria y puntual a la hora exacta del cierre. Eran las siete y media en punto de la tarde. Era la hora justa. Y se nos dio con la puerta de la catedral en las narices, perdón, en el trasero, pues todos mirábamos hacia adelante, hacia la calle, donde allí se derramaban lágrimas del cielo a borbotones porque a esa hora justa alguien estaba cumpliendo con su deber: cerrar la catedral a la hora en punto. Es lo suyo. ¿Era lo suyo?

Opiniones para todos los gustos. Atónito, yo no daba crédito a lo que había visto y oído. Nadie rechistó, nadie se sublevó. Pasaron unos segundos y, al fin, se me ocurrió alzar la voz tímidamente, con la mirada hacia el suelo desde donde nos salpicaba la lluvia a borbotones; y, mientras, nos cubríamos unos a otros para protegernos del chaparrón, a la vez que discerníamos si echar a correr en busca de algún otro refugio menos sagrado, o quedarnos allí plantados mientras escampaba.

Madres con niños en brazos, abuelos con muletas y dificultad de movimiento, turistas extranjeros que nos miraban con cara de asombro a nosotros, los nacionales, mientras el agua se colaba entre nuestros cuerpos asustados por el plaff del último y puntual portazo, con chaparrón incluido, en lugar sagrado. Y dije en alta voz: “Pero, ¿se han dado cuenta ustedes? ¡Que nos han echado de la catedral, piadosa y educadamente, con puntualidad, pero sin compasión!

Y una vez desatada mi lengua y mi timidez, proseguí: “¿Han visto ustedes? A ese (buen) señor no le importamos nada de nada. No ha dado rodeos y lo tiene claro: es la hora, ha hecho lo que está mandado. Claro que él no tiene la culpa de que llueva a cántaros y, por tanto, ha cumplido con la ley. Pero le da igual que nos mojemos o que se les empape a ustedes el niño que llevan en brazos; o que al abuelo de al lado le sude la calva, no por el lógico calor veraniego de julio, sino por el don del cielo en condensación, H2O. Y lo dicho: “Llueva o no lleva, todos fuera. Es la hora”.

Silencio: ¿de los corderos?, ¿de los creyentes? ¿de los ateos? No lo sé. El silencio rasgaba el templo a la puerta del primer peldaño del exterior a la espera de que pasara la tormenta, el portazo y el hartazgo de los allí congregados.

Pero al fin mi comentario sí tuvo respuesta: alguien se indigna con el indignado (que soy yo) y se deja oír la voz de un señor apuesto, de mediana edad, serio y aparentemente culto y educado. Y me espeta la siguiente perla: “Pues debo decirle que el señor de las llaves ha hecho muy bien con echarnos: es la hora y ha cumplido con su deber”. “El señor ha hecho lo que tenía que hacer. Y punto”. “No tiene por qué estar más tiempo de lo debido”. “Para eso le pagan: para cumplir con su deber, y cumplir con el horario”.

Y entre el gota a gota de la lluvia, se produce un cruce virtual de miradas al cielo y pensamientos agolpados. Nos miramos ya fijamente el uno al otro mientras intercambiamos sucesivos y respetuosos comentarios en direcciones contrarias, divergentes, pero educada y sonrientemente. Pero “Señor, -le apostillé-, que su niño se está mojando en brazos de su madre (la madre era su mujer y el niño era su hijo). ¡Que esto no puede ser…! “¿No podría haber esperado 5 minutos a que pasara la tormenta, dejara de llover y luego proceder a cerrar la puerta, a la vez que despedirnos con unas palabras de aliento, una sonrisa, un adiós y un hasta luego, para así, nosotros, al día siguiente, otro día tal vez, con más ganas, poder volver?”.

Pues, que ni por esas. El diálogo se enmarañó, no pudo ser y el portazo tuvo su defensor, a la vez que la mayoría calló (¿otorgó?). Un servidor, en cambio, sí elevó la voz de los lamentos, de la indignación, del asombro, de la extorsión. Y a continuación, unos minutos antes de dispersarnos, se me ocurrió recordar el Evangelio del día del Señor, del domingo, del día en cuestión: Era el pasaje del Buen Samaritano. Seguro que el señor de las llaves había escuchado atentamente en su eucaristía dominical el archiconocido texto bíblico; y, por ello, así procedió: “no dio rodeos” y cumplió con su deber: Es la hora. ¡Todos fuera, llueva o no llueva! Bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó

Moraleja 1: La mayoría de las veces, cumplir con el deber, ser puntuales, cerrar la puerta, respetar horarios, nada tiene que ver el ese gesto cumplidor ad hoc, con el Evangelio, con el Buen Samaritano, con la hospitalidad, con la auténtica religión de Jesús de Nazaret.

La parábola del Buen Samaritano nos pone el listón muy alto a los funcionarios de Dios y a los ateos de buena voluntad, que los hay, y muchos. Subrayo solo dos matices por los que este pasaje engrandece el discurso del cristianismo: a) la obligación moral, estética y religiosa que tenemos de acercarnos siempre a hacer el bien, sin dar rodeos, aunque a nosotros nos encaje mal, no nos pille bien, sea o no la hora de nuestras prácticas religiosas o de cualquier menester, y b) empeñarse por el otro y con el otro en su futuro inmediato y remoto, más allá de lo que está mandado y/o firmado.

Moraleja 2: ¿Saben las autoridades del Templo catedralicio de Salamanca que tienen de guardián a un fiel cumplidor de la ley, pero no al Buen samaritano apacentando y guardando a su rebaño?

Moraleja 3: Lo que nos faltaba: quiero pensar que mi interlocutor debería ser un buen funcionario/trabajador, por ejemplo, de la “Coca-Cola, de la General Motors, de un Ministerio o de cualquier empresa, pública o privada, y que no fuera suya; y por eso, defendía a capa y a espada, al buen funcionario del turismo sagrado del templo de los creyentes que no podía incumplir la ley, la hora de salida, porque su turno laboral se había cumplido al minuto; y eso, a pesar de que peligraba la salud de su propio hijo que, en brazos de su mamá, lloraba mientras escampaba. No tengo nada en contra del buen funcionariado siempre que los dichos funcionarios funcionen bien, a tiempo y a destiempo, como si la cosa fuera suya, es decir, de todos.

Moraleja 4: Y así nos va: por ser muy cumplidores de la ley, no sabemos ni siquiera ir rectos, sin dar rodeos, a las esencias del Evangelio; ni tampoco somos capaces de ir al grano, a lo nuclear que diferencia el bien del mal, ni sabemos distinguir dónde está lo legal o lo inmoral, lo justo o lo que debe ser normal, lo feo o lo bello de cada una de nuestras conductas, al margen de la ley, de la religión, de la estética y de la moral. ¿Le parece a usted esto normal? O, como nos interpelaba a menudo, en mi época de estudiante, un distinguido catedrático de ética de la Complutense, Dr. Palacio: “¿Le parece a usted bonito lo que acaba de hacer?”. De hecho, la belleza, lo bonito, no está, pues, en el exterior ni en el interior del templo que admiramos, sino en el interior de la persona que nos lo muestra.

Moraleja 5: Empeñarse por el otro, perder 5 minutos de nuestro tiempo, actuar “más a más” del deber ser o del deber hacer, tener como horizonte la máxima de la excelencia moral samaritana frente a la responsabilidad de cumplir con lo mandado, lo establecido, lo firmado y lo legal. Así nos va…

Moraleja 6: ¡Iglesia: búscate a ti misma! ¡Encuéntrate! No te hagas funcionaria, ni siquiera para el turismo, cumpliendo y haciendo cumplir a la perfección la ley, las normas y horarios de los legítimos y nobles negocios del turismo religioso-artístico-cultural y político. En el momento menos pensado a todos nos puede asaltar un imprevisto chaparrón. Entonces, sé flexible, acércate, párate, míranos, tócanos, pregúntanos… Iglesia, o a quien corresponda: Demos ejemplo, instruyamos a los nuestros, a los obreros del Señor. Si quieres seguir recogiendo la mies al atardecer, sé tú misma, samaritana, una y otra vez...

Moraleja 7 y conclusión: Y me despedí con un hasta luego, no sin antes añadir: “Soy cura, sacerdote, creyente, celebro la Eucaristía, pues “soy de los nuestros”. “No soy ateo, por la gracia de Dios”, les dije a los testigos del portazo y de la tormenta de las siete y media en punto de la tarde a la puerta de la catedral nueva de nuestra Salamanca, la bella... Y aquel compañero, que me había desafiado, porfiado y confundido con un recalcitrante opositor a la Iglesia y a la religión, levanta la mano, atónito por lo que oyen sus oídos. Al fin me sonríe y me despide con un expresivo: “¡No jodas que eres cura?”. Adiós.


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Comentarios
  • Comentario por Miguel Ángel 26.08.13 | 13:53

    Probablemente el " funcionario" que echaba a los " mercaderes" del templo, era un pobre hombre, cansado y deseoso de ir a compartir lo poco del dia que le quedaba con su familia. Tal vez actuaba gratuitamente o por unos denarios, mientras los " turistas" , incluido el cura protestón y prepotente, preferían que su prójimo ampliara su horario para que él no se mojara. No me extraña que el mal hablado padre de familia lanzaea lo dsel " No jodas" porque cuesta creer que un cura sea tan inclemente con un pobre sacristan o lo que fuera. Y encima el cura poniendo de pantalla a los niños y a las madres, que, sin embargo, le dieron ejemplo no desautorizando al que cerraba a la hora ni gritándole como si se tratara de un Fray Gerundio de Campazas voceando desde el púlpito. Al lamentable cura no le faltó más que decir:"Vd. no sabe con quién está hablando". Si se enterara el Papa Francisco le pondreía en su sitio de servidor de los hombres y sufridor en favor del prójimo.

  • Comentario por Ataulfo 15.08.13 | 14:05

    Hombres como el que describe al comentario son los que hacen mucho daño a la Iglesia. No sirven para otra cosa: para hacer daño. En la vida civil no tendrían ningún cargo y en la catedral de Salamanca lo tienen. Son gentes que se cuelan en la Iglesia para salir adelante en la vida. De esos hay muchos.

  • Comentario por Berengario 15.08.13 | 12:09

    Lo que menos me gusta es que se mezcle al agua bendita con el orín. Primero porque las nubes no orinan, gracias a Dios. Y en segundo lugar porque el agua es digna de todo respeto, incluso la bendita. Toda ella es una bendición, aunque nunca llueva a gusto de todos.Orinar, en mi pueblo y en el diccionario, es "mear", expeler un líquido por la uretra.
    Querer echarle a la Iglesia, representada en esta catedral, un problema laboral es ir más allá del suceso. Este señor, al que el autor le llama ostiario, debe de ser un empleado catedralicio. El ostiario, y el autor lo sabe, es un clérigo de órdenes menores. Y no será el caso. Tiene un horario y en su libre albedrío está prolongarlo sin cobrar horas extras o cumplirlo a rajatabla. Supongamos que le obligan a prolongar el horario y se entera el sindicato. Ya tendríamos titular: La Iglesia obliga a sus trabajadores a prolongar la jornada. Y bla, bla, bla....
    No ricemos tanto el rizo. A un clérigo se le podría decir "Hombre, que l...

  • Comentario por turista_católico 15.08.13 | 01:22

    Este episodio en la catedral de Salamanca lo viví yo hace 3 años. Ibamos un grupo numeroso. Visitarla. Este señor nos vio en la puerta principal y nos comunicó que faltaban 10 minutos para cerrar el templo. Nosotros dijimos que la veímos rapido que no se preocupara pero queriamos verla ya que eramos de tierras lejanas a Salamanca. Este señor nos dijo que conforme pero que entraramos por una puerta lateral. Fuimos enseguida a esa puerta y en cuando llegamos estaba allí él. Con un empujon a un servidor y a ptro compañro nos echó del templo y de poco le sirvió laa explicaciones que le dimos. Entiendo que estuviera cansado ya que llevaba todo el día alli pero me sentí tratado como un animal cuando lo quieres echar del corral. Creo que e cabido de la catedral deberia tomar nota.Salamanca es una ciudad que vive del turismo. Me sentí muy mal tratado y una acogida pésima por no hacernos la gracia de mostrar este bello templo debido a prisas ya que cerró 8 minutos antes de hora

  • Comentario por Quiero, quiero ... 14.08.13 | 17:09

    Uff. ¡Facilísimo ! con su permiso le paso a contar: Llovía , la gente no quería mojarse y para eso pretendían que se les tuviese abierta una Catedral hasta que el diluvio finalizara. Como ahora todo es según lo que el pueblo diga, pues el reloj de la Catedral se para, se monta una mesa de pinchitos varios, unas buenas botellas y a esperar que escampe. Fácil.

  • Comentario por Ufff 14.08.13 | 15:39

    Soy incapaz de leer tanta verborrea tras un título tan sugerente del portazo, pero, a ver, el autor quiere comunicar una noticia o exhibir su pluma? Tras leer el primer párrafo no he podido continuar, y prefiero quedarme sin saber del portazo de la catedral a aguantar tanta verborrea. Lo siento.

    Si en vez de lucir la pluma nos cuenta más clarito lo que pasó yo se lo agradecería.

  • Comentario por Ataulfo 29.07.13 | 13:14

    Voy a romper una lanza a favor del trabajador. Seguramente el hombre llevara todo el día trabajando, y como usted y los demás trabajadores, quisiera irse a descansar. Por experiencia sé que esos 5 minutitos no son 5 con 10 o 20 0 30, porque para que no se mojen los demás se tiene que fastidiar el pobre trabajador. No comparto, y también lo sé por experiencia, los modos con que se procede en estos asuntos, que probablemente sea el favor que le hizo la Iglesia a ese pobre hombre, seguramente un hombre rudo, que acogió en un momento determinado por una pena indeterminada. En fin, que cada palo aguante su vela

  • Comentario por Roson 22.07.13 | 18:20

    Resulta sugerente la experiencia que relatas. Y manifiesta bien a las claras como determinados "cumplimientos" nos pueden alejar del Reino. El sacerdote y el levita del evangelio del domingo pasado, probablemente llegaron a tiempo al templo ¡¡lástima que se dejaron tirado al hermano a la vera del camino!! Menos mal que siempre hay samaritanos que han perdido el reloj.

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