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14.08.06 @ 02:14:37. Archivado en América, Viajeros

El regreso de un viaje muchas veces suele ser un alivio, sobre todo, cuando el final del mismo coincide con el harto cansancio de quien lo llevó a cabo durante el tiempo que haya durado. Pero esta no es una regla que deba cumplirse a rajatabla, ya que a veces, el camino recorrido y los lugares por los cuales el caminante ha pasado, se le quedan prendidos en la retina y el corazón, por lo que es casi imposible que pueda escapar a la idea de añorarlos de por vida, como si de un pegajoso estigma se tratase.
Por fortuna, en este caso, el viajero del párrafo anterior he sido yo mismo, y los lugares que difícilmente logren borrarse de mi memoria son una decena de ciudades de México y Guatemala, las cuales he tenido la maravillosa oportunidad de conocer hace nada menos que unas semanas atrás.
A lo largo de treinta días, en mi paso por el territorio por donde hace cientos de años convivieron dos imperios tan magníficamente curiosos como el azteca y el maya, miles de situaciones, lugares, historias, mitos, creencias, necesidades populares y diferentes manifestaciones artísticas y culturales pasaron delante de mis ojos de la misma forma en que las imágenes capturadas en el celuloide se proyectan sobre la blanca tela de una sala de cine.
En el escaso mes que duró el viaje, tuve la posibilidad de descubrir los secretos que encierra en cada una de sus calles el monstruoso DF y también de vivenciar in situ el controvertido proceso eleccionario del 2 de julio, el cual lamentablemente aún hoy, a cuarenta días de realizado, continúa sin una resolución fija por parte de quienes tienen la responsabilidad de aclarar los pormenores de la elección, la que pasará a la historia mexicana como una muestra más de lo que se pudo haber hecho y no se hizo.
Pero eso no fue todo. En México, además de la oportunidad de poder apreciar ese momento único en la historia del país, anduve tras el silencioso pero manifiesto eco de la civilización azteca en el sitio arqueológico de Teotihuacan, aprecié los murales de Diego Rivera en el Palacio Nacional (y en los interiores del Palacio de Bellas Artes) y me perdí en los pasillos de la mítica Casa Azul de Coyoacán , intentando encontrar en los lienzos de las paredes y en los objetos personales, algún rastro que me acercara al fantasma de la pasional Frida Kahlo. Luego me trasladé a Oaxaca, e intenté ver la ciudad colonial, aquella que todos anhelan apreciar, pero la realidad se impuso y acabé siendo testigo de otro momento histórico (injusta y dolosamente acallado por muchos medios de comunicación) que tenía (y aún hoy tiene) por protagonista a un gobernador enquistado en el poder desde hace años y que acababa de ejercer una de las más violentas represiones contra maestros, profesores y alumnos de los tres niveles, quienes tomaron la ciudad pidiendo mejores condiciones para la educación de la sociedad oaxaqueña.
Después vinieron San Cristóbal de las Casas, una experiencia única con los nativos de una comunidad indígena en San Juan Chamula, un largo pero enriquecedor viaje hacia la Ciudad de Guatemala, los imponentes volcanes, el interesante pueblo de Panajachel, el mítico Lago Atitlán, las cuidadas piezas del antiguo imperio maya que reposan en los museos más importantes del país, varias tardes y noches recorriendo la magnificencia colonial que aflora en cada uno de los adoquines de las calles de la Antigua Guatemala y un revelador acercamiento a las creencias más primigenias de los pobladores de Chichicastenango, el pueblo que no sólo mejor ha conservado sus creencias sino que además, semana tras semana, despliega uno de los mercados populares más coloridos e interesantes del mundo.
Es por eso que, teniendo en cuenta estas experiencias vividas, a partir de hoy, publicaré a modo de diario, una serie de artículos, anécdotas y ensayos fotográficos sobre cada uno de los lugares que formaron el itinerario del viaje.
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Nicolás Pasiecznik
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