La Biblia Compartida

La Esperanza en el Antiguo Testamento

16.12.16 | 10:35. Archivado en Biblia y Pastoral, Actividades bíblicas


Continuamos con los temas que compartimos en nuestro «Encuentro bíblico de Adviento», ahora sobre:
La esperanza en el Antiguo Testamento.
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• Espera de ayuda, de salvación… desde la «oscuridad»

El patriarca Jacob en su «testamento», en su «discurso de despedida», antes de morir, incluye una invocación a Dios, junto a las diversas exhortaciones y bendiciones a cada uno de sus doce hijos.

¡De ti espero la salvación, oh Señor! (Gn 49,18).
[…] Cuando Jacob terminó de dar instrucciones a sus hijos, recogió los pies en la cama, expiró y se reunió con los suyos. (Gn 49,33).

Espera la salvación, pero ¿qué salvación? En la época de los patriarcas la esperanza aún es algo oscuro, nebuloso, cuando no ausente del todo. La mayoría creía que el final que esperaba al ser humano era el seol, el hades, el «país de los muertos».

El autor de la carta a los Hebreos, recuerda a los Patriarcas y su esperanza futura, cumplida sólo después de muchos siglos en Jesucristo.

Todos éstos murieron dentro de la fe, sin haber recibido las cosas prometidas, sino viéndolas y saludándolas desde lejos, y confesando que eran extranjeros y forasteros sobre la tierra. Realmente, los que usan este lenguaje dan a entender con ello que van en busca de patria (Heb 11,13-14).

La oscuridad de esta esperanza es clamada por el autor de los libros de las Crónicas.

Emigrantes y extranjeros somos delante de ti, como lo fueron todos nuestros padres. Como sombra pasan nuestros días sobre la tierra, y no hay esperanza (1Cr 29,15).

• Esperanza de salvación, de la liberación del pueblo

En muchas ocasiones la esperanza de Israel se concreta en esperar la salvación del Pueblo de Dios, al que el Señor no puede abandonar.

La oración, las súplicas, los gritos desgarradores de auxilio del pueblo israelita, esclavo y oprimido en Egipto, espera una respuesta del Dios de los padres.

Los israelitas seguían lamentándose de su servidumbre y clamando, y su grito de socorro, salido del fondo de su esclavitud, llegó a Dios.
Oyó Dios su gemido, y se acordó de su alianza con Abrahán, Isaac y Jacob.
Miró Dios hacia los israelitas y Dios los reconoció.
(Ex 2,23-25).

De forma similar, en la época de Judit, el pueblo espera la salvación de un Dios que no abandona, que no puede abandonar a sus fieles.

Por eso, invoquémosle en nuestro socorro esperando con paciencia su salvación y escuchará nuestra voz si es de su agrado.
Es bien cierto que no hay en nuestro tiempo, ni hay en el día de hoy, tribu alguna, ni familia, ni pueblo, ni ciudad entre nosotros que adoren a dioses fabricados por manos de hombre, como sucedió en los días antiguos.
Por ello fueron entregados nuestros padres a la espada y al saqueo, y cayeron con gran estrago ante nuestros enemigos.
Pero nosotros no conocemos a otro Dios que a él; por eso esperamos que no nos mirará con desdén ni se apartará de nuestra raza.
(Jdt 8,17-20).

• Sus fieles confían en un Dios que nunca les abandona

Con esa confianza eleva su oración el salmista y, con él, todo el pueblo.

En ti esperan los que saben de tu nombre, pues tú no abandonas, Señor, al que te busca (Sal 9,11).

Nadie que en ti espere tendrá que avergonzarse, la vergüenza será para los traidores sin motivo (Sal 25,3).

El Señor es mi fortaleza, él mi escudo, en él espero y él me ayuda: mi corazón se regocija y con mi canto le doy gracias (Sal 28,7).

El Señor es el que vela por sus fieles, por los que esperan en sus gracias (Sal 33,18).

Nuestra vida está en espera del Señor, él, nuestro socorro y nuestro escudo (Sal 33,20).

Vengan, Señor, sobre nosotros tus mercedes, cual de ti lo esperamos (Sal 33,22).

Yo espero firmemente en el Señor; él se inclina hacia mí y escucha mi lamento (Sal 40,2).

Busca sólo en Dios reposo, alma mía: él es en quien yo espero (Sal 62,6).

Tú eres mi esperanza, mi confianza, Señor, desde mi juventud (Sal 71,5).

Cuanto a mí, seguiré esperando, reiterando mis alabanzas (Sal 71,14).

Yo espero en el Señor, mi alma espera, yo confío en su palabra (Sal 130,5).

• Aunque también hay una esperanza vana: la de los malvados

De una manera especial la literatura sapiencial se hará eco de la verdadera y la falsa esperanzas.

La esperanza de los justos es alegría, la expectación de los malvados fenecerá (Pr 10,28).

Al morir el malvado, su esperanza perece; la ilusión de los perversos se disipa (Pr 11,7).

La esperanza frustrada enferma el corazón, el deseo satisfecho es árbol de vida (Pr 13,12).

Quien desprecia la sabiduría y la instrucción es desgraciado; es vana su esperanza; inútiles sus fatigas, sin provecho sus trabajos (Sab 3,11).

La esperanza del impío es como pelusa que se lleva el viento, como fina escarcha que arrastra el huracán; es como el humo que el viento disipa, pasa como el recuerdo del huésped de un día (Sab 5,14).

La esperanza del ingrato se derrite como escarcha de invierno, se escurre como agua inservible (Sab 16,29).

Esperanzas vanas y engañosas las del hombre necio; los sueños dan alas a los insensatos (Sir 34,1).

• La esperanza en los profetas

Los profetas, tanto de Israel como de Judá, mantendrán la esperanza en el pueblo. Esperanza de salvación, esperanza de ayuda, esperanza de reconstrucción, esperanza en que el Señor nunca abandona.

Aquel día se dirá: "He aquí nuestro Dios, de quien esperamos que nos salve, éste es el Señor en quien esperamos. Exultemos y gocemos en su salvación (Is 25,9).

Señor, ten piedad de nosotros, en ti esperamos; sé nuestro brazo cada mañana, nuestra salvación en tiempo de angustia (Is 33,2).

Yo espero del Eterno vuestra salvación. Un gozo me inundó de parte del Santo, por la misericordia que pronto os llegará de parte del Eterno, vuestro salvador (Bar 4,22).

Entonces toda la asamblea clamó a grandes voces y bendijo a Dios que salva a los que esperan en él (Dn 13,60).

Tú conviértete a tu Dios, guarda el amor y el derecho, espera en tu Dios siempre (Os 12,7).

Pero yo fijaré mi vista en el Señor, esperaré en el Dios de mi salvación: mi Dios me escuchará (Miq 7,7).

Una esperanza que en diversas ocasiones se concretaba en la espera del Mesías.

Consolad, consolad a mi pueblo, dice vuestro Dios: hablad al corazón de Jerusalén, gritadle que se ha cumplido su servicio y está pagado su crimen, pues de la mano del Señor ha recibido doble castigo por sus pecados.
Una voz grita: «En el desierto preparad un camino al Señor; allanad en la estepa una calzada para nuestro Dios; que los valles se levanten, que montes y colinas se abajen, que lo torcido se enderece y lo escabroso se nivele; y se revelará la gloria del Señor y la verán todos los hombres juntos ha hablado la boca del Señor.»

(Is 40,1-5).

Mirad, yo envío mi mensajero a preparar el camino. De pronto entrará en el santuario el Señor que buscáis; el mensajero de la alianza que deseáis, miradlo entrar dice el Señor Todopoderoso.
[…] Recordad la Ley de Moisés, mi siervo, los preceptos y mandatos para todo Israel que yo le encomendé en Monte Horeb.
Y yo os enviaré al profeta Elías antes de que llegue el día del Señor, grande y terrible: reconciliará a padres con hijos, a hijos con padres, y así no vendré yo a exterminar la tierra.

(Mal 3,1.22-24).

• Esperanza de resurrección

En los libros más tardíos encontramos la esperanza de la resurrección, de una vida después de la muerte. La muerte violenta, el martirio… llevarán a la comunidad creyente a comprender, a plantearse que la muerte no tiene la última palabra en el plan salvífico de Dios.

Aunque la gente pensaba que sufrían un castigo, su esperanza está henchida de inmortalidad (Sb 3,4).

Los que teméis al Señor, esperad bienes, y gozo eterno y misericordia (Sir 2,9).

Los que temen al Señor vivirán, porque su esperanza se apoya en su Salvador (Sir 34,13).

La época helenista, sobre todo en la época del soberano seléucida Antioco IV epífanes, que masacró el pueblo, alimentará la reflexión teológica sobre la resurrección de los muertos.

Cuando estaba para morir, dijo así: "Es preferible morir a manos de los hombres, cuando se tiene en Dios la esperanza de ser de nuevo resucitado por él. Pero para ti no habrá resurrección para vida" (2Mac 7,14).

Por su parte, el noble Judas arengó a la tropa a conservarse sin pecado, después de ver con sus propios ojos las consecuencias del pecado de los caídos.
Después recogió dos mil dracmas de plata en una colecta y las envió a Jerusalén para que ofreciesen un sacrificio de expiación. Obró con gran rectitud y nobleza, pensando en la resurrección.
Si no hubiera esperado la resurrección de los caídos, habría sido inútil y ridículo rezar por los muertos.
Pero considerando que a los que habían muerto piadosamente les estaba reservado un magnífico premio, la idea es piadosa y santa. Por eso hizo una expiación por los caídos, para que fueran liberados del pecado.
(2Mac 12,42-45).

Javier Velasco-Arias


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