Garzón y los símbolos franquistas
03.09.08 @ 14:32:32. Archivado en el barco del arroz
Setenta y tres años después, el inicio de la Guerra Civil sigue sin terminar de enfilar el camino que le corresponde, como es el del baúl en el que guardar los peores recuerdos, las más tenebrosas pesadillas. Ahora, Baltasar Garzón, decide iniciar un proceso para elaborar una lista de damnificados, de víctimas en las fosas comunes.
Garzón es, se quiera o no, un juez distinto. Y yo considero que España y la justicia tienen, hoy por hoy, problemas más importantes que ponernos a hurgar en los restos del suicidio colectivo del 36 al 39. Pero, por otra parte, no entiendo la polvareda levantada con tal motivo. Si resulta que ya hemos superado la guerra civil, que aquello no es más que historia, que ambos bandos se limitaron no a luchar sino a hacer becerradas y que tenemos que preocuparnos de otras cosas -lo que es cierto- ¿A quien molesta o quien puede temer que se haga una relación de personas fallecidas -de cualquier bando- por la brutalidad de una guerra de hace más de setenta años?.
Distinto es lo de los símbolos franquistas. No muy lejos de donde escribo, se levanta el Museo del Revellín. Enfrente de la estatua del Teniente Jacinto Ruiz de Mendoza, es uno de los edificios más antiguos y con más historia del centro de Ceuta. Tanto que en su día fue una residencia militar en la que se conocieron dos jovenes militares allá por la década de los 20. Se llamaban Francisco Franco y Luis Carrero Blanco.
En el Monte Hacho, al que las leyendas griegas identifican como Abyla, una de las dos columnas de Hércules, San Antonio se ofrece como un mirador impresionante, desde el que se ve todo el Estrecho de Gibraltar y parte de la Costa del Sol. A escasos metros de la ermita del santo padovano y bajo la fortaleza que hoy es un cuartel de artillería y que fue presidio de disidentes iberoamericanos y de algún iluminado con tricornio, dos huellas están inmortalizadas en el suelo. Son las de un Franco que, desde ese mismo lugar, dirigió el denominado Convoy de la Victoria.
No voy a entrar ahora en un debate de quienes fueron los buenos y quienes los malos en la guerra civil, ni a reinterpretar quienes fueron los golpistas. No voy a defender ninguna de las canalladas cometidas en aquella España ni voy a ensalzar al dictador ferrolano, cuya figura me despierta tanta simpatía como los pirómanos a un bombero. Pero removiendo la historia, hundiendo los vestigios de un pasado tan reciente, sólo se van a conseguir dos cosas. Una, alentar a los "titopacos" que pululan aún en nuestra sociedad. Dos, borrar una cicatriz que nos recuerda la existencia de una herida anterior. Y esto último nos puede llevar a que nos olvidemos que, si nos acercamos el mechero sobre la palma de la mano, podemos quemarnos.
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Juan José Coronado
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