El triunfo de los modelos
24.03.08 @ 19:31:48. Archivado en el barco del arroz
En la incómoda tribuna del Alfonso Murube, una vez oi una frase que incorporé de inmediato a mi decálogo futbolístico: los equipos son reflejos de las ciudades o países al que representan. Sólo así pueden empezar a entenderse la irrectudibilidad de los alemanes, el baile contínuo de los brasileños, la pillería de Italia o el instinto letal de supervivencia, a cualquier precio, de Argentina. Sólo así puede entenderse que Mágico González prefiriera el Carranza al Bernabéu o Nou Camp; sólo así puede entenderse lo cosmopólita del fútbol del Barça, lo tradicional del Athletic o Celtic de Glasgow o lo impredecible y pasional de Betis, Sevilla y la selección española.
Y la Liga más anodina y aburrida que se recuerda en décadas -Capello, al menos, tenía estilo de juego- dejará dos ejemplos, dos cultos al modelo, al aire que respiran.
Al aire que respiran en Getafe. Una ciudad más del cinturón urbano de Madrid, una ciudad conocida por ser el dormitorio más grande de la Villa y Corte. Ciudad de trabajadores, de madrugones, de mil combinaciones de metro, de abuelos ejerciendo de padres y nietos ejerciendo de hijos mientras la generación intermedia se evade pensando que queda un día menos para perderse en una playa de Levante o la Costa del Sol. Sólo de una ciudad así podía surgir un equipo como el Getafe. Con un patrón de juego basado en la modestia y en tirar para adelante con lo que se tenga, pero sin bajarle la mirada a nadie. Con una política inteligente, consistente en dar a entrenadores que no hace mucho fueron grandes como jugadores la mano para el primer paso en los banquillos. Con un sentido del colectivo que hace que todos sean necesarios, pero ninguno imprescindible. Y sin perder el carácter humilde, de barrio, de su entorno. Sólo así puede explicarse que lo de Getafe-Bayern no suene al más absoluto de los cachondeos.
De Villarreal como ciudad no se mucho. Es más: la primera vez que escuché hablar de la localidad castellonense fue, precisamente, en un Ceuta-Villarreal del año 89, en Segunda B. Y sólo pasé una vez por ahí. No puedo decir si me gusta o no. Sólo puedo decir que vi fábrica tras fábrica, nave tras nave. Señal de prosperidad, de trabajo anónimo de generaciones. Señal, junto a su submarino amarillo, de un pueblo que se ha hecho grande y ahora quiere comerse al mundo. De un pueblo que ahora reivindica el orgullo de la hormiga, frente a tantas cigarras que se durmieron cantando al sol. Dos reivindicaciones de que el mono de albañil puede ser tan digno, o más, que un abrigo de Versace. Así pues, mientras en Concha Espina y Les Corts andan con la guitarra, dos hormigas amenazan la dictadura de Madrid y Barcelona. Dos equipos, dos ciudades, dos pueblos que hacen del fútbol bandera de que la prosperidad solo es el paso posterior a la constancia y al esfuerzo. Dos conjuntos que nunca fueron equipos de mis amores, pero que representan el valor de lo humilde. Por ello, me gustaría que esta temporada acabase con un guiño a la clase media, a la resignación cuando suena el despertador y al orgullo de tener poco, pero sudado. Con una supercopa Villarreal-Getafe.
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Juan José Coronado
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