Yo he recibido del Señor lo que os transmití.
17.01.07 @ 11:40:18. Archivado en Fe
Con estas palabras San Pablo escribe a los cristianos de Corinto criticando lo que de ellos ha oido, de cómo celebran la “Cena del Señor”. Y con toda su franqueza de buen fariseo de raza les dice que eso no es la Cena del Señor.
Retomo un tema de primera importancia levantado ayer por Carmen como “misas sospechosas”, y que por las leyes inflexibles de PD-Religión ya ha acabado en el osario. Me repito pues y me extiendo algo más.
La eucaristía que Jesús nos dejó era una cena judía ritual en la que se comía religiosamente en alegría y compañerismo. El pan se repartía al principio de la cena, el cáliz se compartía al final de ella. Lo esencial de esa cena de Jesús es el identificarse con El: “este pan” que como, como todo lo que se come, ”es mi cuerpo” (Santo Tomás de Aquino afirma que Jesús comió de ese su pan; nuestra exégesis protestantizada lo niega), “este vino es mi sangre”. Tomándolos participáis a mi muerte y resurrección. En el ambiente judío la cosa se tomaba en serio no obstante la convivialidad.
Lo divinamente trágico es que Jesús que esa noche no podía con su alma, como se verá poco después en Getsemaní, levanta el caliz al Padre y Le da gracias. ¿De qué? De que existe y de que sale victorioso de todos los problemas que los humanos Le creamos y nos creamos. El cristiano injertado en Cristo en el Bautismo es invitado por la Iglesia a renovar cada domingo esa fe en la Providencia, que por mal que nos vaya en la vida y en la muerte Dios acabará triunfando y nosotros con El. Por eso es justo y necesario, y por tanto salvífico, que demos gracias y cantemos el Sanctus con los ángeles hasta en los funerales y cuando estamos destrozados por la vida o por la enfermedad.
Esa era la optímistica tradición judía, dar gracias a Dios tras cualquier yantar por modesto que fuera y hambrientos que los dejara. Se atribuía la primera oración a Abraham, siempre feliz de lo que Dios mandara. La segunda oración, por tradición de Moisés, agradecía la tierra amplia y fructífera, que tanto no lo era, y que él mismo ni pisó. La tercera era de David pidiendo por el futuro de su prole y de la nación.
Todo judío, Jesús, Pedro, Juan y los demás, desde niños habían visto a sus padres levantar la copa al final de la comida y dar gracias a Dios. Los sinópticos ponen la institución de la Eucaristía al final de la vida de Jesús. Juan ya en el capítulo VI supone que Pedro sabía todo de la Eucaristía. En la primera llamada de Juan y Andrés, tras la invitación de Jesús a quedarse aquella tarde con El, descubren Quién es, y así se lo espeta Andrés a Pedro al día siguiente. Seguramente en la pobre cena que Jesús les ha ofrecido se les ha revelado en toda su dimensión eucarística.
Los cristianos de extracción gentil de Corinto se tomaban esa "cena del Señor" un poco a la ligera. Pablo severamente los corrige. Con el tiempo la iglesia ha debido ir sacralizando ese acto esencial del cristianismo, limándolo de todo lo que de chabacano podía haber. Hemos llegado a un misal romano estremamente rígido y estirado. Los neocatecumenales han querido volver a la convivialidad pero Roma parece no estar de acuerdo y les invita a la seriedad. Veremos. En las catacumbas hay pinturas de eucaristías todos tumbados en torno a una especie de velador o mesita trípode que hace de altar.
En Madrid hace años asistí en una parroquia a una celebración de un Jueves Santo realmente horripilante: una gran mesa central con trocitos de pan en bandejas y varios vasos de vino a los que la asamblea se precipitó para comulgar como si fuera un guateque escolar. Seguramente el clero parroquial lleno de buenas intenciones quiso realizar algo que la gente no comprendió, como los de Corinto. O tal vez fui yo el que no comprendí.
Comentarios:
La Eucaristia es algo mucho mas serio que toda la palabreria que se escribe o se habla,se vive,se siente en el interior.
Muchos son los llamados,pocos los.....
La disgregación litúrgica lleva a la disgregación doctrinal: sólo basta comprobar la que se ha liado tan sólo por abandonar la lengua litúrgica común y oficial de la Iglesia.
Y todos tienen su importancia, pero sin absolutizar ninguno en contra de los otros.
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Hirundo Romana
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