El último príncipe de la Iglesia
30.12.06 @ 23:10:47. Archivado en Sancta Romana Ecclesia
Así titulaba anoche el programa televisivo de la italiana Rai3 un informativo sobre Pío XII de Luigi Bizzarri, haciéndolo preceder por unas breves notas sobre Benedicto XV y Pío XI. La selección de documentos filmados era excepcionalmente buena teniendo en cuenta la época en que habían sido tomados. La figura de Pío XII aparecía en todas sus luces y sombras.
Antes de empezar a desarrollar el tema de Pío XII se dedicaban unos minutos a las relaciones de Pío XI con el comunismo y con el nazismo. Terrorizado por el primero, al que había dedicado una severa encíclica, el papa había pensado al principio que el nacional socialismo y el mismo fascismo podían ser una barrera providencial contra el comunismo bolchevique y el socialismo anticlerical; pero pronto había quedado defraudado y en el verano de 1938, unos meses antes de su muerte, había encargado al jesuita Lafargue de redactarle un esquema de encíclica contra la ideología germánica expresada en la invasión de estados vecinos y en el sistemático exterminio de los judíos.
El testo de la encíclica llegó a Roma, pero no se sabe porqué el P. Lafargue en vez de entregarlo al papa lo puso en las manos del P.General de la Compañía de Jesús que tampoco lo entregó al destinatario, y así el texto llegó a la escribanía del papa en enero cuando éste ya se moría. Secretario de estado era el cardenal Pacelli, que en marzo de 1939, seis meses antes de comenzar la segunda guerra mundial, era elegido sucesor de Pio XI con el nombre de Pío XII. La encíclica no vió nunca la luz.
Pío XII llegaba al solio pontificio después de una lucida carrera diplomática. Con su imponente presencia física y porte aristocrático había sido un nuncio de prestigio primero en Baviera y luego en Alemania, amén de delegado pontificio en varios congresos religiosos internacionales. Se le reprochaba su simpatía hacia el Eje; en Roma se le opuso hasta el final el cardenal Tisserant, de nacionalidad francesa.
Pero poco a poco se descubrió como un opositor de las ideas devastadoras de Hitler y Mussolini. Se le reprocha hoy día que no hizo bastante para denunciar los crímenes nazis contra los judíos. Tal vez no pudo hacer más en aquellos momentos en que ya el Führer había ya dado orden de arrestar al papa y a todos los cardenales de curia para llevárselos a Alemania, después de haber despojado los archivos vaticanos de todos los documentos antiguos (se habla de manuscritos rúnicos, o sea en caracteres de una lengua germánica primitiva) y naturalmente de los modernos de interés político para el Reich. Se habló también de un documento con el que el papa dimitía en caso de arresto y permitía a los cardenales convocar el cónclave donde pudieran.
El final de la guerra trajo al papa la amargura de ver nacer la “iglesia del silencio” (dicen que es frase suya), los procesos comunistas a eclesiásticos como Stepinacs y Midzenty, las persecuciones de la religión en los paises ocupados por la armada roja, y sobre todo el peligro inminente de una victoria comunista en las elecciones italianas de 1948, y en las del ayuntamiento romano del año siguiente.
Sin secretario de estado y rodeado, intencionalmente come se le atribuía, por ejecutores y no por colaboradores, su vida se fué sumiendo en un estado de postración debida también a una anemia creciente y a numerosas otras enfermedades, que lo aislaba cada vez más del mundo y de la Iglesia. Decía que se le había aparecido Jesucristo y que había visto bailar el sol como en Fátima. Un film casi autobiográfico y en parte dirigido por él mismo, “Pastor angelicus”, alimentaba en los fieles un estado de devoción excepcional y de lo que luego se llamará “culto de la personalidad”.
A su muerte en octubre de 1958 el selecto aunque escaso grupo de cardenales que dejaba hicieron la elección de Juan XXIII. Y no fué causal; en el sermón de la misa antes del cónclave, el secretario del mismo, que luego sería el famoso cardenal Bacci que luchó denodadamente contra las lenguas modernas en la liturgia, pronunció un discurso en latín, naturalemente preparado colegialmente por los cardenales electores, en que se proponían las cualidades del futuro papa. No poco escandalizó el que fueran todas aquellas de las que había carecido Pío XII, lo que al joven clero de entonces pareció una crítica “sacrílega” del gran papa que había sido enterrado pocos días antes. Se le echaba en cara su monarquismo autoritario.
Y fué gracias a eso que la reforma litúrgica cogió pie, que ella no empezó en Vaticano II sino con la iniciativa papal de permitir las misas vespertinas, reduciendo el ayuno eucarístico, en 1952, y con la radical reforma del Tríduo sacro (Jueves, Viernes y Sábado Santo) de 1956, precedida en los años 40 por la inspiradísima encíclica “Mediator Dei”, que en los seminarios aprendíamos de memoria.
Empezada marcha atrás la serie de Lugi Bizzarri de Juan Pablo II a Pío XII, parece que acababa con éste. Una transmisión de 40 minutos de Nicola Vicenti será dedicada esta noche al tema: “Habemus papam. Las elecciones pontificias desde S.Pedro hasta benedicto XVI”. Tan poco tiempo para tantos papas no parece deba permitir muchos detalles.
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Hirundo Romana
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