La hipótesis no demostrada del feminismo de género

Permalink 08.01.19 @ 20:30:30. Archivado en Feminismo

Parece que ha llegado, por fin, la hora de debatirlo con argumentos. Por una feliz conjunción de azares, han coincidido en una misma tarde la exigencia, ya por escrito, de Vox al PP de que derogue la ley andaluza contra la violencia de género y la reemplace por otra de “violencia doméstica”, y la noticia de que el Tribunal Supremo ha establecido que toda violencia ejercida por un hombre contra su pareja o expareja es “de género” mientras que la protagonizada por la mujer es “familiar o doméstica”. Como la situación de superioridad masculina a la que apela el Supremo no se tiene en cuenta cuando se pelean un forzudo y un alfeñique, entiendo que, aunque en decisión dividida, hace suya la tesis del feminismo de que las mujeres sufren una violencia específica, cuya esencia es cultural, encarnada en un machismo estructural o sistema patriarcal. Es decir, la hipótesis nunca demostrada, pero tampoco discutida, en la que se basa todo el edificio del feminismo de género.

Cualquiera puede admitir que la violencia ejercida sobre las mujeres y sus hijos por parte de sus parejas o exparejas tiene unas características distintas a otros tipos de “violencia doméstica”, como las que se puedan cometer contra los mayores o contra los niños (quienes, por otra parte, sin duda podrían reivindicar para la violencia que sufren otras especificidades si se hubieran organizado como colectivos, que es de lo que depende todo al final). Pero no veo tan claro que la violencia ejercida sobre las mujeres y sus hijos a manos de hombres sea de índole distinta a la que otras mujeres han protagonizado en situaciones similares sobre sus parejas o los entornos de éstas.

Los hombres no están en peligro por que no tengan una ley específica que les proteja; como bien indican las feministas, el Código Penal ya castiga la violencia contra cualquier persona. La pregunta es para qué ellas necesitan, entonces, una ley específica para las mujeres víctimas. Es obvio que la inmensa mayor parte de las agresiones en la pareja o expareja las padecen mujeres, pero unas diferencias de índole cuantitativa no se corresponden ni reciben una mejor solución con diferencias cualitativas en el orden jurídico, con leyes o delitos propios. Los hombres asesinan cuantitativamente mucho más a otros hombres que a mujeres: ¿tendríamos por eso que promulgar una ley específica para ellos y tipificar de un modo distinto y agravado los asesinatos de hombres que los de mujeres?

La discriminación positiva en favor de las mujeres tendría algún sentido si beneficiara en algo a las maltratadas; es decir, las leyes contra la violencia de género se justificarían si, realmente, la violencia contra las mujeres tuviera una motivación particular a la que, por su especial articulado, dichas normas dieran mejor respuesta. Una causa distinta a la que, por citar dos ejemplos recientes, llevó a Ana Julia Quezada a estrangular a Gabriel, hijo de su novio y la exmujer de éste, y a Rocío a acuchillar en Alcorcón a Denisa, la expareja de su novio; dos casos que todos estamos de acuerdo en atribuir a un motivo estrictamente individual, los celos.

En principio, tendríamos que suponer que estas pulsiones viscerales de algunas mujeres posesivas son también las que hacen que muchos más hombres posesivos maten a una pareja que le ha dejado o le va a dejar. Los celos torturan a personas de ambos sexos y no son identificables con el machismo. Los asesinos de sus parejas son unos celosos patológicos y violentos a quienes hay que meter en la cárcel muchos años para intentar disuadir a otros tíos similares de hacer lo propio, pero cuando asesinan están en una posición de inferioridad desesperada respecto a la mujer que les abandona, no en la tranquila superioridad que debería proporcionar el machismo. No lo hacen porque la mujer sea suya, sino porque no pueden soportar la evidencia de que no lo es. En cambio, un machista redomado que piense que su mujer debe hacerle la comida y plancharle las camisas, si la abandona por una chica más joven no tendrá la menor necesidad de matar a su esposa; precisamente porque quien deja a su pareja queda psicológicamente en superioridad respecto a ésta.

Ahora bien, por muy claro que tenga que el que haya muchos más agresores que agresoras no implica que ellos maten por un motivo y ellas por otro distinto, estaría dispuesto a considerar otras opciones, siempre y cuando quien las postula se tome la molestia de intentar demostrarlas. Cuando el feminismo de género interpreta que una serie de hechos empíricos individuales, como los asesinatos de mujeres, obedecen a un motivo único, llámese machismo estructural o patriarcado, y no a los celos por los que mataron Ana Julia o Rocío, lo que está haciendo es formular una hipótesis. Y los estándares de validez de cualquier hipótesis son que esa interpretación se verifique contrastándola con los casos concretos.

Es decir, tendría que indagar en el pasado de los asesinos, a ver si los machistas, al ser abandonados, matan más a sus parejas o exparejas que los que practicaban la igualdad entre sexos; si en las sociedades menos machistas, como Suecia o Alemania, hay menos asesinatos de mujeres que en España (ocurre lo contrario); o si, después de 14 años (los que han pasado desde la Ley de Zapatero) insistiendo en el enfoque de género y en educar en igualdad, se ha reducido el número de crímenes (la media anual ha aumentado de 58 a 59). Yo, que en su día asumí también que los hombres mataban por machismo, tuve que dar la hipótesis por errónea a medida que pasaban los años y comprobaba en la prensa el perfil de muchos de los asesinos.

El feminismo no contrasta nada. Con una pereza o desidia intelectuales indignas de la preocupación que dice experimentar por los asesinatos de mujeres, renuncia a comprobar si su hipótesis funciona o no, si ayuda realmente a resolver el problema o no, y presenta la existencia del patriarcado como un axioma indiscutible que ha presidido todas las sociedades e impregna todo lo que hacemos todos los hombres con todas las mujeres aunque no nos demos cuenta. Como si en una cultura consumista o mitificadora de sus deportistas y cantantes todos fuéramos compradores compulsivos o tuviéramos fotos de algún ídolo en el corcho de nuestra habitación.

Quien atribuya a una razón estructural, cultural, los asesinatos de mujeres, tiene la obligación de explicar por qué el porcentaje de asesinos es una ínfima minoría del conjunto de los hombres, dado que presuntamente todos somos machistas. La pregunta no es cuántos de los asesinatos dentro de la pareja los cometen los hombres, sino cuántos hombres en pareja asesinan a sus mujeres o exmujeres. (El razonamiento de las feministas para culpar al machismo incurre exactamente en el mismo error lógico que Donald Trump cuando pregunta cuántos de los atentados terroristas los cometen musulmanes, y, en consecuencia, culpa al islam y prohibe viajar a Estados Unidos a todos los habitantes de una serie de países con esa religión oficial. Si hubiera preguntado qué porcentaje de musulmanes cometen atentados, no se la habría ocurrido la tontería de vetarlos a todos). Porque sí, hay muchos más maltratadores que maltratadoras, pero también hay infinitamente más peleas entre hombres. Los machos son más violentos que las hembras en casi todas las especies animales, sin necesidad de cultura mediante. No parece que el motivo de la desproporción sea una especial inquina de género del hombre hacia la mujer, sino una violencia inherente al sexo masculino... pero sólo en una minoría de hombres.

Sea como fuere, el feminismo no puede tomarse este razonamiento como un ataque contra él ni mucho menos contra las mujeres (esto es como decir que criticar a los independentistas es meterse con Cataluña); o, en el colmo del despeje cobarde del debate, acusarnos de machistas o legitimadores de los asesinos sólo por cuestionar una hipótesis que sus postulantes renuncian a demostrar. Se trata precisamente de diagnosticar bien la naturaleza de los crímenes para combatirlos mejor, que es el objetivo que perseguimos todos. Las ayudas a las víctimas de violencia y las medidas de protección a maltratadas reales o potenciales están fuera de toda discusión; no son una cuestión de ideología, y la igualdad de derechos tampoco. Es más, los conceptos de género y de machismo son apropiados para referirse a todas las discriminaciones derivadas de que a las mujeres se les asigne un determinado rol cultural, y la sociedad todavía arrastra del pasado bastantes injusticias y hay que eliminarlas. Lo que no se puede hacer es extender dichos conceptos a ámbitos extraculturales.

Por ejemplo, es machista creer que “por ser mujer”, una tiene mayor obligación de quedarse con los niños, hacer las tareas domésticas, cuidar a los dependendientes o renunciar a su carrera profesional, y menos libertad para hacer con su cuerpo lo que le venga en gana. Porque eso es asignación de roles, convencional, no algo intrínseco a la naturaleza femenina. Pero no se mata o se viola a una mujer “por ser mujer” en sentido cultural, sino por serlo en sentido biológico y constituir, por tanto, el motivo de la dependencia sentimental del celoso posesivo y el botín sexual del psicópata violador. Las deficiencias explicativas del género han quedado patentes ahora que el feminismo ha descubierto que no tiene sentido diferenciar entre asesinatos dentro de la pareja y fuera de ella. ¡Claro, pero es que los asesinatos en la pareja se definieron como “de género” precisamente porque se partía del axioma de “la maté porque era mía”, que no cabe aplicarse si la mujer no tenía relación con el criminal!

En realidad, el objeto de mis críticas no es propiamente el feminismo, sino ese tipo de argumentaciones culturalistas que presuponen que un sistema o una estructura nos rellenan la tabla rasa en la que, sin hacer caso a Steven Pinker, piensan que se escribe nuestra personalidad. Esos planteamientos comodones que, además, dan por supuesto un axioma vago y genérico sin describir exactamente qué fuerzas actúan dónde y cómo, para así resistirse a toda verificación que lo ponga a prueba. Dar por hecho el patriarcado se parece muchísimo a dar por hecha la existencia de Dios: son unos anteojos desde el que se percibe toda la realidad y que valen para explicar una cosa y la contraria, convirtiéndose en un marco mental del que no se puede salir. Igual que millones de personas han creído durante siglos y siguen creyendo en Dios porque lo dan por supuesto, el feminismo ha logrado imponer como evidente, hasta al Tribunal Supremo por lo que se ve, que existen un patriarcado y unas motivaciones de género en las personas de sexo masculino. Pero esto no es una evidencia, sino una determinada interpretación sintética del pasado y el presente, como quien ve en todo el dedo de la Providencia, la lucha de clases, la mano invisible del mercado o el espíritu hegeliano tomando conciencia de sí mismo; un modelo explicativo que tiene que probar que sirve para dar cuenta de los fenómenos mejor que si no se parte de él. Porque, si no es así, no hay que multiplicar los entes más allá de lo necesario, que diría Guillermo de Ockham.

Decía al principio que, por ejemplo, los ancianos también podrían reclamar una especifidad para la violencia que padecen dentro de la familia. Si se hubieran constituido en colectivo, podrían haber postulado la existencia de un, digamos, juventado, por el que los jóvenes y adultos han construido una estructura global de dominación sobre los mayores. Podrían alegar que a eso se debe que históricamente se les haya marginado y el mercado laboral prescinda de ellos. Que, igual que un violador actúa por machismo y no por placer, cuando un raterillo atraca a un mayor no es para extraerle el botín que pretende, sino por una gerontofobia por la que atribuye a la tercera edad el rol de financiar a las nuevas generaciones. Podrían quejarse de que se les pega o roba “por ser mayores”, e incluso interpretar los consejos paternalistas que les damos como una suerte de youngsplaining. Pero todos coindidiríamos en criticar esa hipótesis como arbitraria, porque los adultos nunca han sido un colectivo enfrentado al de los mayores. Pues bien, los varones tampoco han sido nunca un grupo organizado, consciente o inconscientemente, para preterir a las mujeres. Y éstas, dejando aparte ilustres pioneras aisladas como Mary Wollstonecraft o Louise Michel, tampoco han sido un colectivo hasta este siglo.

Dando por buena la hipótesis no demostrada del feminismo, corremos el riesgo de desperdiciar dinero y recursos en foros, cursos y formaciones en igualdad que no valen para nada; recursos que se podrían destinar a la protección directa de las maltratadas o amenazadas de maltrato y a ayudas para que rehagan su vida. Y, a la vez, se imprimirán páginas y páginas de textos que sólo tienen sentido dentro de su propio discurso, que exigen presuponer una premisa tan caprichosa como la existencia de Dios. En definitiva, palabrería basada en nada; una versión postmoderna de los tratados de Teología.

No quiero hablar de chiringuitos, como hace Vox, porque me da la impresión de que casi todas las feministas se creen lo que dicen y no lo aprovechan fraudulentamente para lucrarse, pero su empeño me resulta equivalente a otro que intentara inculcar en la sociedad el derecho a la vida o a la propiedad, que tenemos tan interiorizados como la igualdad entre sexos y el derecho a la libertad y la integridad sexuales, y, sin embargo, no ha dejado de haber asesinos y ladrones, como tampoco dejará de haber violadores ni maridos posesivos criminales aunque el machismo desaparezca de la tierra.

En algunos casos, incluso, creer que estos temas son cuestión de machismo, de cultura, de educación, conlleva peligro de muerte, como en el caso de Laura Luelmo. A su asesino le permitieron salir de a cárcel después de participar voluntariamente durante dos años en terapias que le suministraban técnicas de autocontrol frente a la tentación de agredir sexualmente a una chica. Por ejemplo, resistirse a fantasear con una violación o a comprar pornografía, y hacerse consciente de que, si consumaba la adquisición, era por decisión suya por la que tendría que pagar una multilla a su educador en concepto de “violación de la abstinencia”. Enternecedor.

El sueño húmedo de curas, psicólogos y educadores de género: que un malvado haga propósito de enmienda, se venza a sí mismo y vuelva al redil de los justos. Más alegría hay en el Cielo por un pecador que se convierte... En todos los casos por partir de la misma premisa falsa que la religión: el dualismo antropológico según el cual en el hombre hay, por un lado, un cuerpo material, y, por otro, un alma o cerebro libre que lo controla. Cuando es el mismo cerebro del violador el que tiene somatizado un circuito de recompensa en forma de adrenalina o dopamina asociado a la idea de violar, y ese circuito gratificante se puede cortar ofreciéndole la castración química para que no sufra y pueda vivir el resto de sus funciones vitales con normalidad. Si no lo acepta, habrá que mantenerle recluido en algún sitio, porque probablemente no sea culpa suya ser así (nadie elige cómo quiere ser), pero tampoco es culpa de los tigres ser tigres y no se les permite andar sueltos por la calle.

Espero que con este último ejemplo haya quedado claro que mi enemigo no es en sí el feminismo, sino las hipótesis culturales no demostradas. De hecho, el feminismo no tiene por qué ser necesariamente culturalista. Ahora ambos enfoques van ahora de la mano por azares de la historia del pensamiento como los que unieron al humanismo con el cristianismo, al nacionalismo español con el catolicismo, al liberalismo con el conservadurismo o al socialismo con el ecologismo; todos ellos binomios de dos idearios heterogéneos e incluso contradictorios entre sí.

En realidad, el feminismo de los 60 y 70, el que abanderó la revolución sexual de la mujer, consideraba a ésta en su dimensión biológica y reivindicándola se impuso a las convenciones culturales de su tiempo. Ahora todo ha pasado a ser género. Hasta la orientación y la identidad sexuales, de las que, en vez de contestar a HazteOír que son de índole biológica pero están en el cerebro y no en los genitales, se pone en bandeja a los fundamentalistas católicos sostener que, si la homosexualidad y la transexualidad son aprendibles, también se pueden "curar" con..., adivínenlo ustedes, un esfuerzo de educación.


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