El 'creer sin ver' del feminismo

Permalink 15.05.18 @ 20:30:11. Archivado en Feminismo

Hace 14 años, me soliviantaba ver cómo desde la derecha se esgrimían argumentos basados en meras creencias religiosas para desautorizar el matrimonio homosexual, el aborto y la investigación con embriones, ignorando la realidad biológica. Hoy, por suerte, el que tiene fe lo vive como un sentimiento privado y no pretende imponerlo en la agenda política ni a quienes no lo tenemos, pero a cambio ha surgido un feminismo que se vive como religión fundamentalista, que mueve masas desde las emociones, desdeña orgullosamente cualquier contraste racional de sus opiniones, pretende que simples creencias, empatías y axiomas modifiquen las categorías desde las que se piensa, habla, legisla y sentencia, y condena por machista como a un infiel a todo aquél que no asume íntegramente sus postulados. Actos de fe y autos de fe. Con el peligro añadido para la racionalidad y la salud intelectual de la sociedad de que, a diferencia de la Iglesia, este feminismo goza del favor de la izquierda y su pretendida superioridad moral.

Los célebres #yositecreo y “no es no” que se vitorearon en manada a la supuesta víctima de los abusos/agresión/violación de los Sanfermines 2016 tenían apenas un pase cuando se lanzaron a la calle la misma tarde en que se anunció la sentencia, con una idea preconcebida y la misma ira que si se hubiera absuelto a los acusados, sin haber visto el vídeo del portal ni la argumentación de los jueces y sabiendo que la chica testificó no haber dicho en ningún momento que no, ni verbal ni gestualmente. Pero, ahora que se han publicado el texto íntegro y decenas de artículos explicando a los que no lo sabíamos que el Código Penal distingue entre abuso y agresión según la fuerza o amenaza que medie (una distinción que, sin duda, debe corregirse para que una chica no tenga que resistirse heroicamente a fin de acreditar la segunda) y que ambos delitos pueden referirse a una violación, seguir gritando “No es abuso, es violación” es ignorar voluntariamente la realidad jurídica. En cuanto a los que decíamos que no podíamos descartar que fuera una violación, pero tampoco mandar a la cárcel 25 años a unos tíos sin pruebas de que la chica se negara a mantener relaciones, probablemente tengamos aún más dudas después de leer el voto particular. Comprendo que quienes imaginan la escena como cinco pavos arrinconando y violando a una niña se horroricen ante la sola posibilidad de que alguien lo ponga en duda, pero en este caso, a diferencia del de la chica dormida de Pozoblanco, que es condena clara, honestamente no creo que esa secuencia sea la única posible de evocar.

El juez Ricardo González, ejerciendo su deber al no convertir la impresión subjetiva de la chica en hechos probados y defender el 'in dubio pro reo', cita dos testimonios neutrales llamativos. Uno, el del portero del Hotel Europa sobre su conversación con José Ángel Prenda, en la que éste preguntó si tenían habitaciones por horas para follar, borracho y en voz alta según el empleado; la chica, a tres o cuatro metros, demostró en su declaración al formalizar la denuncia que conocía todo el contenido de ese diálogo, aunque en el juicio negó recordar justo lo de la habitación para follar. Otro, el de la vecina que abrió la puerta a Prenda, que llegando más tarde al portal no vio al grupo de jóvenes; probablemente porque, como también admitió la víctima en su declaración inicial, estaban escondidos bebiendo, esperando una oportunidad para entrar.

No me atrevo a asegurar que ella consintiera las relaciones. Es perfectamente verosímil que no se tomara en serio las bravuconadas de los sevillanos y luego entrara en shock y no pudiera articular palabra, pero también es muy posible que ésa sea la versión que le recomendó sostener su abogado para compensar la ausencia de un no explícito y que sólo cuando la dejaron tirada en el portal y sin móvil se sintiera realmente violada. Lo que sí confirman estos dos testimonios, o se quedan muy cerca de hacerlo, es que ellos no pretendieron montarla una encerrona ni la ocultaron sus intenciones, y que pensaban que contaban con su beneplácito. En cualquier caso, son dudas demasiado razonables como para mandar a la cárcel a nadie sin pruebas objetivas, sólo dando fe al testimonio de la supuesta víctima. Sí, probablemente sean muy pocas las mujeres dispuestas a practicar sexo con varios desconocidos, pero están en su derecho de hacerlo y es una posibilidad que no se puede descartar de partida neutralizando el 'in dubio pro reo'. Da la casualidad de que en los últimos meses se han conocido dos casos, el de la chica de la Feria de Málaga y el de la menor con los futbolistas de la Arandina, que sólo desistieron de sus denuncias iniciales cuando aparecieron pruebas o testigos que las desbarataban.

El miércoles pasado, cuando se publicó la sentencia de 2007 en la que Manuela Carmena absolvió a un condenado por intento de violación, a pregunta de un compañero ella explicó que los hechos no se pudieron acreditar con pruebas objetivas. Entonces, yo repuse que si para acreditar un delito importan más las pruebas objetivas o el testimonio de la víctima. La alcaldesa estuvo impecable al contestar que tienen prioridad las pruebas, porque los testimonios son “vulnerables y hay que tener mucho cuidado con ellos”. Así que el jueves le pregunté a Rita Maestre en rueda de prensa si la defensa del 'in dubio pro reo' que hizo Carmena no “desautorizaba ese casi religioso 'creer sin ver' en el que se ha instalado cierto feminismo en los últimos días”. Me contestó que hay, no un feminismo, sino una “aplastante mayoría de hombres y mujeres” que lleva meses saliendo a la calle y llevando a la agenda política los asesinatos y violaciones de mujeres y la desigualdad socioeconómica entre ambos sexos.

Con una respuesta tan alejada de mi pregunta y defendiendo genéricamente una lucha con la que cualquier persona de bien sólo puede estar de acuerdo (dejando al margen las manifestaciones multitudinarias, que si no me importaban cuando clamaban contra el matrimonio gay, el aborto y la negociación con ETA, tampoco pueden importarme ahora), pensé que Maestre había querido soslayar ante las cámaras el punto en el que colisionaban la posición de Carmena y la suya propia y del resto de críticos incondicionales de la sentencia de 'La Manada'. Pero hablando en privado al día siguiente comprendí que su indignación era sincera, lo cual es casi peor. Me dijo educada pero contundente que mi actitud era machista, a lo que tuve que responder que, si yo soy machista, es por la misma razón por la que Joan Coscubiela es fascista en Cataluña. El feminismo establece un dogma del que uno no puede apartarse un ápice y, en función de si lo hace o no, reparte carnés de buen o mal hombre (machista) igual que los independentistas lo hacen de buen o mal catalán. Otra compañera tuiteó que mi pregunta le había producido asco, acompañada de una foto de un cartel con la leyenda “Hermana, yo sí te creo #Es una guerra”.

¿Qué tiene de machista y asqueroso postular el 'in dubio pro reo', un principio básico de derechos humanos que la gran mayoría de las feministas defenderían en cualquier otro caso y delito en el que el acusado no fuera un hombre y la presunta víctima una mujer, y con el que la propia Carmena fue consecuente en 2007? Por otra parte, yo no estoy en guerra con nadie; no me siento ni más ni menos cercano de los hombres que de las mujeres (dos colectivos a fin de cuentas imaginados porque la mayoría de sus integrantes no se conocen entre sí), y las personas casi siempre me caen bien o muy bien. Ninguno somos sujetos sino objetos de nuestras ideas. No elegimos qué queremos opinar sobre ningún tema, simplemente pensamos así porque nos resulta la posición más acertada. Pero, por eso mismo, no puedo evitar combatir las ideas que me parecen erróneas y dañinas, especialmente si son mayoritarias. Y el feminismo como religión reúne hoy día las tres características.

La descripción canónica y menos polemista del feminismo es que busca la igualdad entre los sexos. Nadie con dos dedos de frente puede estar en contra de eso. Sólo un zoquete redomado puede pensar que los hombres son superiores a las mujeres, que éstas son objeto o propiedad de varones o que a ellas les corresponde una mayor responsabilidad en tareas domésticas o de cuidado a niños o dependientes (siempre que no sea elección suya, claro; no es justo que una mujer hipoteque su carrera profesional por atender a un niño, pero la inmensa mayoría de los trabajos son meras servidumbres para ganarse la vida, sin mayor aliciente de promoción, y sería muy cínico sugerir que pasar el día currando fuera de casa es más apetecible que quedarte en ella disfrutando de tu hijo). Por último, cualquier diferencia salarial entre hombres y mujeres sobre un mismo trabajo y horario es una injusticia que debería prohibirse por ley y perseguirse con inspecciones. Ésta es la desigualdad socioeconómica a la que se refería Maestre, y muy poca gente objetará algo a erradicarla.

Ahora bien, las violaciones y los asesinatos de parejas o exparejas son, por supuesto, delitos gravísimos que merecen duros castigos que disuadan a otros de cometerlos, pero estrictamente individuales. No tienen nada que ver con el machismo, que por definición sería una concepción mental que asigna un rol inferior a la mujer y que, según el feminismo, deberíamos tener culturalmente arraigada todos los hombres y no una ínfima minoría. Para violar o matar a una chica hay que ser un psicópata violento e insensible al sufrimiento del otro; para lo primero hace falta además ser un obseso sexual y sádico, y para lo segundo un celoso enfemizo y un dependiente sentimental. No hay un esquema de valores ni de reparto de roles que promueva una cosa ni otra. Ningún desalmado que viola o mata a una mujer cree que tenga derecho a hacerlo por el hecho de ser hombre, igual que un raterillo que roba a un anciano no lo hace porque piense que le legitima a ello ser joven. Simplemente buscan dar satisfacción egoísta y cruel a pulsiones individuales. Para neutralizar a los violadores, la castración química podría ser un método eficaz; la educación en igualdad de género no vale para nada.

El día en que no haya ningún machista sobre el planeta seguirá habiendo violaciones y asesinatos de parejas (ahí está para demostrarlo el ejemplo de los países escandinavos, punteros en igualdad pero también en delitos de este tipo), de la misma manera que, aunque todos tengamos interiorizado el derecho a la vida y a la propiedad, persisten los asesinatos y los robos. Y, en sentido contrario, un machista cerril que piense que su mujer debe hacerle la comida y plancharle las camisas, si la abandona por una chica más joven no tendrá la menor necesidad de matarla ni de violar a otra. Cualquiera que intente ponerse en la mente de un asesino o un violador, sin prejuicios de partida, puede darse cuenta de que no es la percepción de superioridad del machista, sino otro tipo de pulsiones más viscerales y torvas como el resentimiento o la desviación sexual, lo que le lleva a cometer tales atrocidades.

Y aquí llegamos al fondo de la cuestión. A los prejuicios de partida. El feminismo da un salto en el vacío cuando pasa de reclamar la igualdad de derechos de hombres y mujeres y repudiar los crímenes y violaciones, dos actitudes impecables, a pedirmos al resto del mundo (hombres sobre todo, pero también muchas mujeres que no comulgan con ello) que asumamos entelequias grandilocuentes como “terrorismo machista” o “cultura de la violación”. Son sólo sus dogmas y prejuicios los que colectivizan como una cuestión de género delitos cometidos por unos pocos hombres y deplorados por el resto. ¿Por qué no acuñamos también la “cultura del asesinato” o “del robo”, delitos tan minoritarios como las violaciones y también cometidos casi exclusivamente por hombres pero por una minoría de hombres? El feminismo autodenominado radical no puede exigirnos que creamos sin ver para situarnos en el lado de los buenos y no en el de los machistas.

EL PATRIARCADO

Estos nuevos intentos de imponer un vocabulario tan caprichoso son la consecuencia lógica del dogma fundamental del feminismo como religión: el patriarcado, el supuesto sistema de dominación global, estructural, de los hombres sobre las mujeres. Es el axioma indemostrable y arbitrario desde el que estas feministas y muchos hombres de izquierdas ven el mundo, igual que otras personas lo ven desde la presencia de Dios. Yo fui creyente antes que ateo (también lo fui del dogma de que la causa de la violencia de género es el machismo: 'El rol femenino') y sé lo difícil que es liberarse de una premisa de la que partes siempre y que, al consistir en algo tan vago como que “Dios/el patriarcado existe”, no deja espacio para la refutación. ¿Cómo desmientes a un observador que, mire donde mire, al pasado o al presente, percibe, porque la presupone, la mano de Dios o del patriarcado? La única forma de desembarazarse de un axioma es quitarse los anteojos y comprobar que la realidad que antes explicabas desde ese enfoque no lo necesita en absoluto e incluso se explica mejor sin él.

El concepto de patriarcado, propiamente, tiene naturaleza de hipótesis, y podría tener validez como tal; es decir, como un modelo de interpretación de fenómenos sociales, que se propone para explicarlos o predecirlos, en competencia con otros modelos. Si lo hace mejor que sus alternativas, se le mantiene, y, si no, se le descarta. Pero las feministas no contrastan datos empíricos, concretos, para concluir que vivimos un sistema patriarcal; atribuyen todo lo que les interesa a que hay un sistema patriarcal que dan por supuesto.

Dicen que el patriarcado ha existido al menos desde el Neolítico y casi en todas las sociedades. Pero los varones nunca han constituido un sujeto colectivo, que se autopercibiera enfrentado al de las mujeres, ni tampoco éstas lo han sido hasta el siglo XX, uno después de que comparecieran las naciones y las clases sociales. Antes competían los reyes y los nobles, más tarde se sumaron los gremios y los comerciantes, y en paralelo actuaban las comunidades o sectas religiosas. Las mujeres de clase alta tenían una libertad homologable a los varones, pero, en el contexto de mera subsistencia y resignación cristiana en que se movía la inmensa mayor parte de la humanidad, los hombres trabajaban en la tierra o un oficio y las mujeres, probablemente por instinto biológico maternal, lo hacían en la casa. No había conciencia de género, y es lógico, porque, si no adoptas ese enfoque, los hombres no tienen nada que ver entre sí y las mujeres tampoco. Imaginar una conspiración masculina para anular a las mujeres es una fantasía retrospectiva que no se le pudo pasar por la cabeza a nadie en su momento, cuando los actores individuales y colectivos eran otros.

En la actualidad, para ver, no sólo los residuos de la injusta preponderancia profesional que han tenido históricamente los varones, que alguno queda, sino una sociedad patriarcal que ejerce una violencia global y estructural sobre las mujeres o una cultura de la violación, hace falta querer mirar así; hace falta partir de esa premisa. El feminismo ni siquiera señala exactamente cuáles son, dónde están ni cómo actúan las supuestas estructuras de dominación: alegan que lo impregnan todo y nos influyen inconscientemente a todos, y se quedan tan anchas. ¿Qué valor podemos dar a ese axioma, a ese dogma de fe, que pretende explicarlo todo, muchas veces una cosa y la contraria, igual que a Dios había que encontrarle razones que dieran cuenta tanto del bien como del mal en el mundo? Cualquier disquisición elaborada desde esa premisa es como un tratado de Teología: es palabrería basada en nada.

El sábado leía en Público una entrevista a una feminista que atribuía al relato televisivo exhaustivo que se hizo del crimen de las niñas de Alcásser a una estrategia patriarcal articulada deliberadamente desde los medios para aterrorizar a las mujeres que inician su liberación sexual. ¿Alguien se cree de verdad que fue eso, y no la subida de audiencias que garantizaba un caso tan morboso, lo que motivó la cobertura que se hizo del tema? ¿Qué interés puede tener el sexo masculino en meter miedo a su imprescindible aliado en un asunto que es cosa de dos?

Otras veces, por el contrario, es cualquier intento de seducción como los más bien torpes del cantante de Izal lo que se interpreta como una cosificación de la mujer. Pero la atracción sexual es una cosificación mutua, porque somos seres materiales en los que los cuerpos y no los espíritus despiertan impulsos hormonales. Lo resumía en una frase aquella estupenda canción de Ella Baila Sola en la que la protagonista, sin mayores intenciones que liarse con uno esa noche, relataba con ironía: “Te comparo con el resto del ganado y decido dar un paso más”. Sólo un acomplejado habría sentido que ese retrato de las relaciones de una noche sea una cosificación o una ofensa al sexo masculino, y tampoco deberían tomarse como tal los de autores varones evocando a mujeres. Entre otras cosas, porque casi a cualquier enfoque de este tipo, desde la Ilíada hasta las canciones pop pasando por el amor cortés, se le puede dar la vuelta y leer como una subordinación del hombre por su dependencia sexual de la mujer, como aquel cuadro censurado en Manchester donde la comisaria quiso ver ninfas-objeto en lugar de a Hilas reducido a un pelele por su poder erótico. Pero es que incluso la pareja estable o el matrimonio, en los que la cosificación inicial deja paso a otros sentimientos, también es para el feminismo de género una estructura de poder machista. En el libro blanco del patriarcado se puede escribir cualquier cosa, porque un axioma etéreo es un punto por el que se puede hacer pasar cualquier recta.

Con esta predisposición a creer estructuras de dominio sin verlas, a adoptar como verdad indiscutible lo que como mucho sería una hipótesis, no es extraño que el feminismo de género haya hecho lo mismo con el juicio de ‘La Manada’. Un axioma empuja a intentar que los fenómenos concretos encajen dentro de la cosmovisión que él establece. En este caso, que todo es consecuencia del patriarcado y por tanto las mujeres, todas a una, tienen que rebelarse contra el machismo de violadores y jueces. Esto tiene un efecto innegablemente positivo, que todos tenemos que celebrar: sintiéndose arropadas, mujeres violadas o maltratadas que se habrían quedado calladas tendrán más fuerza para denunciar. Pero, sea como fuere, esas denuncias tendrán que analizarse una a una y respetando el ‘in dubio pro reo’, porque el que haya 99 auténticas no otorga más posibilidades de serlo a la número 100, tramitada contra un presunto inocente distinto de los 99 culpables anteriores.

Más en general, el feminismo de género conlleva el peligro de que una buena parte de la población se sienta muy ufana de creer sin ver, proclamando por unanimidad y sin sentido crítico los nuevos axiomas, alentada por la motivación que da sentirse parte de un grupo y combatir a otro grupo enemigo en una lucha justa que lo legitima todo: la suspensión de los principios básicos del Derecho, el desprecio visceral hacia el individuo que discrepante y la primacía del sentimentalismo, la empatía y la voluntad de las masas sobre la razón. Todas estas características las han tenido las religiones, los nacionalismos y los fascismos, tres movimientos ideológicos que envenenaron y envenenan las relaciones entre individuos que no se conocían entre sí en aras de supuestos fines superiores de colectivos inventados. Confiemos en que el feminismo culmine su irreprochable lucha por la igualdad, a la que no aportan nada entelequias como el patriarcado (nunca le he oído pronunciar esta palabra a Carmena, sin ir más lejos), sin enturbiar la relación espontánea entre los dos sexos más que cuando hombres concretos agredan, menoscaben o importunen realmente a mujeres concretas.


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