La violación y la teología de género

Permalink 28.11.17 @ 01:07:16. Archivado en Violencia de género, Feminismo

No sé si lo que ocurrió en un portal de Pamplona en los Sanfermines de 2016 fue una violación o una relación consentida aunque luego aborrecida por la chica. Sin haber visto los vídeos grabados por los miembros de 'La Manada', hay elementos indiciarios por el comportamiento de los presuntos autores y de la supuesta víctima que apuntan a que fue una cosa y otros que sugieren que fue la contraria. Pero eso es lo único que se juzga, con mayor o menor nivel de conjetura, en la Audiencia de Navarra. No está en juego cómo responde el Estado a las violaciones ni si el sistema judicial español es machista o no. Se trata de acreditar qué sucedió exactamente allí y aplicar a los culpables, si lo fueran, y siempre guiados por el in dubio pro reo, la pena prevista en el Código Penal, para castigar a unos desalmados y disuadir a los siguientes. Se juzga a los cinco procesados, no a la joven, por supuesto. Pero tampoco a un gremio ni a media sociedad.

Confío en que no influyan en los jueces, pero desde luego sobran las manifestaciones de mujeres que invitaban a la chica a unirse a su “manada” proclamando “yo te creo” y constatando que “no es no”. Es muy humano empatizar con las víctimas, pero la justicia no debe basarse en la fe si no quiere arriesgarse a dejar injustamente en la cárcel a otras víctimas. Y, aunque evidentemente una mujer puede decir no a una relación sexual en cualquier momento antes o durante, y en ese caso al hombre no le queda otra que enfundársela, la propia chica de San Fermín admitió en el juicio que no lo dijo. Si calló por miedo o por el shock, o si se dejó llevar por la desinhibición puntual que provoca el alcohol, ambas son opciones verosímiles entre las que no tengo datos para decantarme.

En general, sobran todos los enfoques que están tratando de convertir un presunto delito cometido por cinco tíos contra una chica en la enésima coartada para escenificar su particular batalla entre una manada de machos contra otra manada de hembras. Cuando ya tenemos el gregarismo hooligan exportado del fútbol a la política, sólo nos faltaba que los debates sobre las relaciones entre los dos sexos se dirimieran también entre manadas. O, al menos, ya que algunas feministas desean utilizar como referente estas agrupaciones habituales en el reino animal, podían tener en cuenta por una vez la biología y dejar de creer que todo es cultura y producto de una estructura patriarcal.

Una violación no es un acto machista, sino una intolerable agresión de una persona contra otra para satisfacer su propia apetencia biológica, sin importarle una mierda la voluntad de su víctima ni el daño físico y sobre todo psicológico que provoca en ella. Obviamente es un delito que se comete contra la mujer por ser mujer, pero por serlo biológicamente, no por el rol cultural al que supuestamente le ha relegado el patriarcado, que es lo que lo convertiría en machismo.

No conozco violadores (creo), pero es un disparate suponer que en la mente de cualquiera de ellos el principio activo es la idea, más o menos heredada, de que la mujer es inferior o un objeto de uso y dominación. Un tipo que viola sabe de sobra que no tiene derecho a hacerlo, pero quiere obtener un placer sexual y probablemente sádico y se lo cobra de la persona de quien lo puede conseguir. Individuo contra individuo. No afecta a todos los hombres, ni siquiera a todos los machistas, ni tampoco a todas las mujeres. No es un delito de odio. Fabular interpretaciones culturales y atribuir una violación al machismo es como entender que si un joven ratero roba a un viejecito es porque cree que el rol de la tercera edad debe ser financiar a las nuevas generaciones.

El feminismo hace muy bien en criticar los machismos reales, que los hay, como cuando una mujer percibe un salario menor desempeñando el mismo trabajo, y (tomo esta perfecta definición de mi madre) en la sociedad habrá machismo mientras no haya en puestos directivos tantas mujeres mediocres como hombres mediocres. Pero desbarra en abierta desautorización de sus antecesoras de los años 60 cuando convierte todo lo relativo al sexo en una cuestión de género. ¿Para qué se empeñó la anterior generación de feministas en liberar sexualmente a la mujer si el sexo no fuera una pulsión intrínsecamente natural, a la que hay que descargar de corsés culturales? ¿Era natural y biológico en las mujeres de ayer pero es machista y cultural en los hombres de hoy?

La mayor dependencia sexual del hombre es una debilidad, no una superioridad que se traduzca en la atribución de roles inferiores o pasivos a la mujer. Y sus subproductos, los torpes pero inofensivos piropos o galanteos, tampoco son micromachismos, por mucho que los magnifiquen las feministas con su puntillosa lupa de mil aumentos, que recuerda a la de los curas que veían pecaminoso cualquier pensamiento o mirada levemente tiznados de emociones sexuales. Es censurable todo aquello que hace sentirse ofendida o incómoda a una mujer, pero no todo le ofende o incomoda a menos que el feminismo envenene su mente de prejuicios suspicaces. Volviendo a la analogía de antes, no hay nada esencialmente malo en que alguien te diga “qué reloj más bonito llevas”; lo jodido es que te lo diga un desconocido que lleva una navaja en la mano.

No respeta, defiende ni aprecia más a las mujeres quien busca grandes causas estructurales y culpas colectivas para explicar las horribles tragedias que sufren algunas por culpa de las miserias individuales de algunos hombres (ya hablé aquí o aquí de los crímenes de la supuesta violencia de género). No es más sensible o humano quien se horroriza hasta acuñar el oxímoron terrorismo machista, cuando el terrorismo es por definición la violencia cometida con fines políticos. Catalogar las violaciones como un acto machista de dominación colectiva de género no mejora ni afina la lucha contra estas salvajadas, ni siquiera agrava las penas a los culpables.

Lo que ocurre, y esto es lo crucial, es que el feminismo de la ideología de género tiene que presentarlo así porque se ha construido como una teología. Se basa en la premisa indemostrable de que la zigzagueante evolución histórica de las estructuras sociales y familiares, empujada por miles de agentes, motivos y azares distintos, se puede simplificar en una fracción irreducible, el heteropatriarcado machista, y lo concibe como un paradigma que lo abarca todo. Por eso necesita hallar síntomas del mismo en prácticamente cualquier suceso del que una mujer salga perjudicada (a veces, también en los que la benefician o elige ella misma, pero no voy a abrir otra digresión), soslayando que la misma cultura impregna a casi todos los occidentales, y sólo una ínfima minoría de varones comete tales tropelías.

Esas feministas hacen lo mismo que los creyentes, que, detrás de la multiplicidad de fenómenos que son observables en el mundo, atisban la mano de Dios, y tienen que atribuir a ella cuanto sucede (a menudo una cosa y la contraria). También que los nacionalistas que perciben a sus vecinos, tan diferentes entre sí, como una comunidad única a la que luego tienen que inventar rasgos colectivos, o que los liberales que dan por sentados el libre albedrío y la mano invisible para justificar sus postulados. Las cuatro son teologías basadas en axiomas no verificables a partir de los cuales se trazan argumentos meramente circulares, que o bien rodean o bien soslayan como pueden las evidencias empíricas. Sólo tienen sentido dentro de su propio discurso, de su propia literatura, tan laboriosamente construidos como frágiles e inconsistentes si les retiras la piedra clave, ese punto de partida que no se sustenta en nada. Es misión del racionalismo hacerlo o al menos cuestionarlo, ya las abandere la corrección o la incorrección políticas, la izquierda o la derecha, en esa reñida competencia en que rivalizan a ver quién es más metafísica y más falaz.


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