Las coartadas verbales de la guerra del PSOE

Permalink 21.12.16 @ 18:53:20. Archivado en PSOE

La política consiste en buscar las coartadas verbales más convincentes para justificar las acciones que uno emprende en pos de sus propios intereses. Dejando aparte a los acólitos, en los que las ganas de convencer se juntan con las de ser convencidos y cualquier estribillo será jubilosamente coreado, estos argumentos pueden tratar de persuadir a la opinión pública en general, también llamada mercado de votantes, o a un ‘target’ o nicho específico de clientela. A ser posible soslayando las supuestas razones que, por atraerse a este colectivo concreto, puedan granjear en el futuro la animadversión del gran público en ese espejo del alma oscura para sonrojar las conciencias que suponen las hemerotecas audiovisuales.

Así pues, la Gestora del PSOE y sus partidarios no hacen nada inusual cuando trata de justificar sus decisiones de cara al ‘target’ específico de los militantes, que al menos hasta el próximo Congreso Federal seguirán teniendo la llave de la cuarta planta de Ferraz. Al conjunto de consumidores de papeletas electorales todavía le aguardan dos años y medio de obligada abstinencia y ya habrá tiempo de modular las estrategias de mercado. Pero algunas de las alegaciones de los oficialistas del PSOE contra sus adversarios internos no alcanzan el listón mínimo de la verosimilitud que ya Aristóteles exigía para todas las ficciones.

Una que está siendo especialmente manoseada por los afines a la Gestora es que Pedro Sánchez cosechó los dos peores resultados de la historia del PSOE desde el restablecimiento de la democracia. Casi envilece recordar, por obvio, que entre las elecciones a las que se presentó Rubalcaba en 2011 y las que perdió Sánchez hace un año y poco menos de seis meses, apareció Podemos. Un partido que aprovechó precisamente que la política, entonces encarnada en Zapatero, demostró su impotencia para domesticar la economía, y tuvo que agachar la cerviz ante la lógica de los mercados hasta hundirla en el charco de los recortes y las subidas de impuestos. De ahí el neoacrónimo de PPSOE que surcó el aire de la Puerta del Sol allá por el 15-M y luego aprovechó Podemos para hacerse un hueco a la izquierda como el PSOE jamás pensó que se iba a dejar arrebatar desde que el PCE reveló que no era tan fiero como lo pintaba la mística del antifranquismo.

El PSOE puede acercarse a Podemos para gobernar juntos, como postula Sánchez, o distanciarse de ellos para intentar pescar en un caladero supuestamente mayoritario de votantes que arrincone al extremo el de sus rivales, como pretende Susana Díaz. Pero nunca, nunca, a menos que las balas perdidas de los duelos entre pablistas y errejonistas agujereen el cielo que cobija a ambos antes de poder asaltarlo, podrá obtener unos resultados como los que cosecharon Felipe González o José Luis Rodríguez Zapatero. Más les vale a los socialistas irse convenciendo de ello si no quieren seguir acumulando frustraciones electorales sea quien sea su cabeza de cartel. Hasta ahora han tenido en contra las leyes de la aritmética que reducen el cociente cuando aumenta el denominador, pero en seguida se les opondrán también las del envejecimiento de sus votantes.

Otra cuenta del beato argumentario oficialista del PSOE es que hay que fijarse en los líderes que ganan elecciones, como me comentaba esta semana un diputado de una de las federaciones que apoyan a la Gestora. Él mismo me enumeraba sólo tres: Susana Díaz, Javier Fernández y Guillermo Fernández Vara, de los cuales el segundo ya ha asegurado que no concurrirá al Congreso Federal y del tercero no lo espera nadie. No habrá pues, otro candidato que Díaz en el sector ahora dominante en la estructura orgánica socialista.

En los días siguientes a la defenestración de Sánchez, el círculo de dirigentes socialistas reivindicados se ampliaba a “los que gobiernan”, hasta que el cada vez mayor distanciamiento de Podemos para separarse también de los afanes del exlíder socialista hizo más sensato olvidar a los presidentes autonómicos que lo son gracias a pactos de izquierda. Así que lo dejamos en “los que ganan”. Y Díaz representa nada menos que la fuerza del PSOE para ganar, según la presentó a golpe de trompeta Zapatero, un hombre que debería saber a estas alturas que a menudo la fuerza para ganar surge de forma imprevista de un motor que no pilota uno mismo, sino su adversario.

Es mucho suponer que quien gana las elecciones en tres comunidades donde el PSOE ha ganado siempre o casi siempre lo hace por su fuerza o carisma personal, y que será capaz de extrapolarlos poco menos que automáticamente al conjunto de España. Pero es que ni siquiera lo han hecho hasta ahora. Sin ir más lejos, de los 1,5 millones de votos que perdió el PSOE entre 2011 y 2016, 270.000 los perdió en Andalucía. En España el PSOE bajó 6,1 puntos y en Andalucía 5,3. Retrospectivamente se puede reescribir casi todo, pero el 26 de junio por la noche los medios destacaban un doble triunfo de Pedro Sánchez: que había evitado el ‘sorpasso’ de Podemos y Susana Díaz no el del PP en Andalucía.

El tercer latiguillo de los que intentan justificar que había que apartar a Sánchez y abstenerse en la investidura de Rajoy es que unas terceras elecciones le habrían ido todavía peor al PSOE, algo que dan por demostrado a tenor de las últimas encuestas. Esta afirmación supone que las elecciones habrían llegado a celebrarse; es decir, que Sánchez no habría conseguido formar gobierno. Pero Ciudadanos era el partido al que peor le venía una nueva cita con las urnas y no era del todo descartable que se abstuviera en el último momento ante un pacto entre el PSOE y Podemos con la coartada de la responsabilidad de Estado . Los de Pablo Iglesias. A su vez, podían barruntar que el voto útil de la izquierda, que ellos no lograron aglutinar en junio ante la orgullosa llamada socialista al “no (nos) pasarán”, en diciembre ensancharía la ventaja de Sánchez en la franja izquierda del censo. La abstención de los partidos nacionalistas, de los que puedo garantizar que al menos ERC no recibió ni siquiera una llamada del PSOE (me lo aseguraron los republicanos días antes de que tuvieran que desmentirlo públicamente ante las insinuaciones de los barones socialistas justificando su golpe de mano contra Sánchez), habría dejado vía libre a ese gobierno que se quiso enterrar como imposible.

Y aun si se hubiera revelado de verdad inviable y hubiera habido que repetir otra vez elecciones, es obvio que el PSOE se habría enfrentado a ellas con unas perspectivas mucho más favorables que las que reflejan las encuestas actuales. Es después del Comité Federal del 1 de octubre cuando, según el último CIS, uno de cada cuatro votantes socialistas han pasado a la abstención. Son todos esos electores alineados en la izquierda o directamente con Sánchez, los que anhelaban el gobierno con Podemos, quienes nunca perdonarán la abstención ante Rajoy y jamás votarán una candidatura encabezada por la para ellos traidora Susana Díaz. Tal vez sí por Patxi López, pero el ex lehendakari sigue haciéndose querer, asegura que no se postula, y en el otro bando se desliza que le gusta tan poco competir en primarias como los antisusanistas afean a la presidenta andaluza. Mientras tanto, los sanchistas, tal vez ilusionados por el espejismo de las mareas de simpatizantes en una sala o una plaza, que son sólo una gota en el mar de la militancia socialista, sostienen que sólo a Pedro le asiste el don de movilizarla.

Los párrafos que anteceden no pretenden sugerir que la Gestora y sus partidarios sean unos manipuladores y Sánchez un idealista desinteresado. El ex secretario general, que podía haber llevado su propuesta de gobierno alternativo a un Comité Federal, se sacó de la manga un Congreso para garantizarse cuatro años más en el cargo ofreciendo a una militancia enardecida la mera expectativa de un gobierno alternativo, que no tendría cerrado parala fecha de las primarias y que igual no se habría formado nunca. Lo honesto habría sido posponer la votación a que se demostrara que la suma de apoyos con que contaba valía realmente para una investidura. Luego la gobernabilidad habría sido más sencilla porque nadie salvo Ciudadanos iba a votar con el PP en las cuestiones importantes.

Sánchez también se enfundó en coartadas verbales para justificar su asombroso tránsito del flanco derecho al izquierdo del PSOE, porque la alianza con Podemos era la única vía que le podía encumbrar al Gobierno y mantenerle en la Secretaría General. Los barones contrarios a él, en cambio, necesitaban desesperadamente que eso no ocurriera, y por eso se afanaron en ponerle condiciones, en vez de insuflarle ánimos, desde las elecciones de hace un año. A ellos se encomendó durante el verano el PP, con una razón de peso que me sugirió un diputado y exalcalde popular: sin presupuestos en 2017, los presidentes regionales no tendrían tiempo de exhibir a sus electores ninguna gran inauguración finalizada para las autonómicas de 2019. Ahora enternece escuchar a portavoces de esas federaciones, y en especial de la andaluza, culpar a Podemos de que hoy España no tenga un presidente socialista. Como si Susana Díaz hubiera deseado con toda su alma ver a Sánchez en la Moncloa vetándole cualquier posibilidad de liderar el PSOE.

Lo bueno de la situación actual del partido es que ha quedado reducida, ya sin disfraces ni máscaras, a lo que fue desde un principio: una lucha de poder interno, en la que los bandos en litigio se han enfundado cada uno en las coartadas verbales que les convenían o les dejaba por oposición el adversario, llámese la necesidad de gobierno o la necesidad de un gobierno distinto al de Rajoy. Si sólo hubiera estado eso en juego el debate habría sido verdaderamente profundo (de ideas, que dicen); se habría afrontado abiertamente, sin recelos, sin esconder intenciones y sin golpes de mano por sorpresa, y sobre todo no habría partido en partido en dos. Lo que importa es lo que importa: que la cuota de poder de cada uno esté a la altura de sus ambiciones.

Ahora, Díaz y sus afines tienen a su favor la posibilidad de dilatar los tiempos, con ponencias políticas que, si sus adversarios ganan las primarias, igual son suplantadas inmediatamente por otras distintas o simplemente ignoradas. Y también el control del grupo parlamentario, que parece haberse disfrazado de Ciudadanos con esta táctica de pactar a veces con el Gobierno y otras con la oposición y sacar así adelante lo que mejor pueda vender como un triunfo a los militantes. No sé si es la mejor manera de captar a los votantes de Podemos, pero desde luego lo es para liquidar al partido de Albert Rivera como competidor más débil en ese centro superpoblado; no me extraña que para distinguirse un poco los naranjas se hayan pasado de la socialdemocracia al liberalismo.

Sin embargo, Sánchez, si se presenta, lo hará jugando la carta de la militancia. Le da igual tener a más de medio partido en contra, porque ya irá poniendo a sus afines al frente de las federaciones en los congresos regionales subsiguientes; también que el grupo parlamentario pueda marcarse tantos frente al PP, porque para los afiliados siempre pesará más la abstención ante Rajoy. Que las comunidades autónomas puedan aprobar por fin gasto social tras el desbloqueo del techo de gasto, quizá la razón más de izquierdas que aconsejaba dejar que se formara gobierno y la menos explicada por los barones para hacer dudar del progresismo real de Sánchez, pierde toda resonancia en el magma de los grandes números.

Se puede discutir si dejar totalmente la elección del líder en manos de la militancia, sensible a los principios ideológicos pero ajena a lo que es gestionar un gobierno, es más sensato que confiarlo a los contubernios entre determinados cuadros o federaciones del partido, o si es preferible lo contrario. Como atestigua el conflicto nacionalista de Cataluña, un choque de legitimidades es irresoluble. Una vez planteadas las dos en la crisis del PSOE, mientras el éxito electoral del partido no satisfaga a todas las partes siempre se dará un “divorcio” entre los dirigentes y la militancia. Y entre el líder y la parte del binomio en que no se apoye.

Pero, en cualquier caso, si se cambia la fórmula ya será en el próximo Congreso y no afectará a la elección previa del nuevo líder. Así que es a los militantes a quienes los candidatos tienen que lanzar sus coartadas. Y, si en principio aquéllos están del lado de Sánchez, por ideología o por la superioridad estética de los vencidos que puso de manifiesto Borges, no tengo nada claro que Susana Díaz pueda ganar de calle el Congreso si algún rival se le enfrenta. No, al menos, con las coartadas verbales que ha elegido hasta ahora.


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Comentarios:
Thanks for finally writing about >Bagatelas en solfa - Las coartadas verbales de la guerra del PSOE
Enlace permanente Comentario por Leoma 16.04.17 @ 12:23

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