El efecto llamada de la violencia

Permalink 25.07.16 @ 21:52:52. Archivado en Islam, Violencia de género

Inmigrantes o refugiados reconvertidos al Estado Islámico, sí. Pero también una víctima del acoso escolar, extremistas de derecha o los asesinos aún no identificados de anoche en el bar de Florida. Y, si nos resistimos por un momento a las explicaciones canónicas del fenómeno, los autores de los crímenes llamados “de género”. Sólo hay una cosa que tengan todos ellos en común: el efecto llamada de la violencia una vez ésta es exhibida y difundida por los medios de comunicación.

En Occidente gozan de gran predicamento las interpretaciones holistas, estructurales, de base sociocultural, que apadrinó la izquierda desde los años 60 y 70. Tienen a su favor que proponen explicaciones verosímiles, que parece que van al fondo de la cuestión, a las raíces últimas de los fenómenos, aportando una relación causal simple que satisface nuestra necesidad de síntesis... y, en último término, que son todas hipótesis indemostrables y por tanto no hay manera de desmentirlas.

Este tipo de explicaciones parten de una realidad más o menos observable, ya sea el machismo imperante o la falta de integración de los inmigrantes musulmanes, y la sitúan como causa motor última de crímenes individuales. Y toda la sociedad asume que así debe de ser. Sin embargo, no todo lo verosímil es verdad.

Esas supuestas realidades sociales o culturales últimas en que detectan la causa de fenómenos concretos afectan a milllones de personas. Si hay un machismo estructural generado por el patriarcado imperante, debería impregnarnos a todos. Y, si Europa no ha sabido integrar a los inmigrantes musulmanes ofreciéndoles expectativas ilusionantes que hagan superflua la búsqueda de un sentido en el martirio, desde luego los perjudicados por nuestra negligencia son muchos más que los que finalmente dan salida a su frustración por medio de un atentado.

La pregunta representativa a nivel estadístico, la única que nos puede aproximar a emitir un diagnóstico acertado, no es cuántos de los crímenes que se producen son cometidos por musulmanes o por refugiados, sino cuántos de los musulmanes o los refugiados que viven en Europa terminan perpetrando un atentado. Igualmente, para dar por buena una explicación sociocultural a la llamada “violencia de género”, la pregunta no puede ser cuántos asesinatos de sus parejas o exparejas los cometen hombres y cuántos mujeres, sino cuántos de los hombres que viven o han vivido en pareja han cometido dichos crímenes. En ambos casos, sólo una ínfima parte de los individuos que están sujetos a unas condiciones ambientales que son las mismas para todos han reaccionado como prevén las teorías holistas.

Las dudas que las autoridades alemanas han tenido en los últimos días a la hora de determinar las motivaciones de asesinos como el de Munich, y su eventual resolución, deberían llevarnos, cuando menos, a preguntarnos si nos valen las teorías que buscan explicaciones colectivas a los atentados o si deberíamos ser menos pretenciosos y estudiar cada caso desde una perpectiva estrictamente individual.

Ya desarrollé hace tiempo aquí las razones por las que no creo que la llamada violencia machista sea realmente machista, sino una reacción visceral a la desesperación provocada por los celos en algunos hombres, muy pocos, genéticamente predispuestos a resolver los problemas por la vía de la violencia, ya sea en su matrimonio, en un bar de copas, en un accidente de tráfico o en el campo de fútbol. No matan a sus parejas o exparejas porque piensen que son posesión suya, sino porque saben perfectamente que no lo son y no pueden soportar que les vaya a ir muy bien sin ellos.

En cuanto a los atentados terroristas (es decir, con motivación política; no hagamos extrapolaciones arbitrarias e inútiles como terrorismo machista), es obvio que, por fortuna, sólo una ínfima parte de los musulmanes, marginados en Europao no, son capaces de cometerlos aunque crean que Alá lo consiente, lo ampara o lo ordena. Ocurre lo mismo con los ultraderechistas, ahora o en la Transición, y en su día sucedió con los abertzales y con los integristas católicos. El que la religión, la política o la discriminación social proporcionen un canal para legitimar o sublimar las frustraciones o las pulsiones violentas de una persona no debería llevarnos a situarlos como la razón última de una serie de atentados, del mismo modo que no lo hacemos con el acoso escolar aunque fuera el que motivara el tiroteo de Munich.

Creo que no se trata de una disquisición baladí, porque, si se trata de comportamientos individuales y de base psicológica, la forma de combatirlos no sería visibilizarlos para fomentar la educación contra ellos, sino exactamente la contraria. Alguien potencialmente susceptible de desahogar su frustación o sus instintos violentos matando a su mujer o su exmujer o cometiendo un atentado sólo lo hará si sabe que ésa es una de las opciones que tiene en cartelera, si ve que otros lo han hecho antes que él, por un motivo más o menos similar a los que podría albergar él, de forma que ha ido poco a poco acariciando en su cerebro la tentación de hacer lo propio. ¿Cómo explicar si no esta concentración de atentados en Baviera? Por el efecto llamada de la violencia, alimentado además por el embellecimiento que de la misma hacen el cine o los videojuegos, que convierten el asesinato en un espectáculo o coreografía visualmente atractivos que estimulan la parte reptiliana de nuestro cerebro.

Si mi hipótesis es correcta, la dicotomía a la que se enfrenta Occidente no es la que sitúa a un lado la seguridad y al otro la libertad. Cuando los asesinatos son producto del capricho de una mente individual impredecible, es prácticamente imposible evitarlos por medio de un refuerzo del dispositivo de seguridad, como por otra parte se está evidenciando con los atentados terroristas y los asesinatos de mujeres. Sería una elección que, enfrente de la seguridad, colocaría otras dos de las joyas de la corona de nuestra sociedad moderna: la libertad de información y de expresión artística.

Creo que nadie (tampoco yo mismo) estaría dispuesto a renunciar a su derecho a conocer y analizar lo que pasa en el mundo, uno de los placeres supremos que ofrece la vida, ni tampoco a imponer cortapisas puritanas a la realización de películas o videojuegos. Mucho más cuando el número de víctimas de los atentados terroristas o de la violencia “de género” siempre será, también, una ínfima parte de los habitantes de una sociedad, y hasta que no afecten a uno de nuestros allegados podremos permitirnos el lujo de verlos con cierta distancia. Pero el efecto llamada de la violencia seguirá atrayendo candidatos a perpetrar crímenes y podemos ahorrarnos el esfuerzo de intentar evitarlos por medio de respuestas educativas y ambiciosas teorías que creen explicarlo todo, pero ni se acercan a las motivaciones reales de los individuos que, por su propio carácter suicida, no necesitan apoyo de una base social para cometerlos.


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