Soberanía sin nación. El cuento de las naciones (7)

Permalink 10.02.14 @ 00:25:21. Archivado en Nacionalismos

El jueves, en una entrevista en la Cope, el portavoz del Govern, Francesc Homs, reconoció que, legalmente, después de una hipotética victoria del sí en la consulta independentista catalana, habría que negociar con el Estado una reforma de la Constitución y someterla en última instancia a referéndum en toda España. Artur Mas tuvo que puntualizar que el futuro de Cataluña lo decidirán los catalanes solos, mientras desde el Gobierno central advertían a los periodistas tras el Consejo de Ministros de que el procedimiento es lo de menos, que lo inaceptable es la esencia misma de la iniciativa: trasvasar la soberanía nacional a Cataluña. Naturalmente. Ésa es la clave de todo, no sólo a nivel teórico sino también en la práctica. La presuposición de que existe una nación y el corolario convencionalmente aceptado: que una nación tiene soberanía y derecho a la autodeterminación. Y, por tanto, el prejuicio que hay que desmontar, racionalmente y sin ayuda de una Constitución que también lo comparte.

En la precampaña de las elecciones catalanas de 2012, Artur Mas ya dijo en Bruselas que, si la independencia suponía la exclusión de Cataluña de la Unión Europea, serían los catalanes los que tendrían que valorar las consecuencias, porque lo importante era que votaran. Claro. Lo de menos es el resultado. Votar será el ejercicio que consagrará en la práctica la definición teórica que el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero rehuyó a los nacionalistas en la negociación del Estatuto de 2006, que, en lugar de definir a Cataluña ontológicamente como una nación, adoptó un enunciado meramente descriptivo y en el preámbulo, sin validez jurídica, como cuatro años después remacharía el TC. Y aclarando que la Constitución recogía ese sentimiento como nacionalidad.

Ceder a la Generalitat de Catalunya la capacidad de organizar un referéndum de esa índole significará reconocer a Cataluña como nación. Hacer realidad la frase que pronunció Mas en su discurso de Fin de Año: “toda nación tiene implícitamente el derecho a decidir su futuro”. Por eso lo que no puede aceptar el Gobierno de ningún modo es la cesión de la soberanía nacional. Pero no porque ésta quede consagrada en la Constitución ni porque pertenezca a todos los españoles, sino porque si se acepta que Cataluña es una nación, entonces España no lo es, o, al menos, no lo es englobando a Cataluña.

Esto es lo que vuelve el debate tan delirante y tan irresoluble por ambas partes: que una de ellas se define como nación, la otra también se define como nación que incluye a la primera... y que, en realidad, el concepto 'nación' es una entelequia, metafísica pura. Las naciones no existen. No es verdad que los españoles o los catalanes formen una comunidad ni compartan una identidad, una cultura, una lengua y una Historia. Jurídicamente, España sí está reconocida como tal, en la Constitución, y Cataluña no, porque el Estatuto sólo dice que el Parlamento la ha definido como tal, pero a efectos filosóficos la discusión que lleva más de un año nutriendo periódicos y tertulias, y que está creando rencillas y enemistades funestas entre individuos reales que ni siquiera se conocen entre sí, es idéntica a la que enfrentaría a un grupo de gente que dice que el único dios verdadero es Alá y otro grupo que sostiene que lo es Jehová. El debate nacional español es una guerra de religión. Ni más ni menos.

Los nacionalistas catalanes, el PSC y hasta IU apelan a la democracia para reivindicar el “derecho a decidir”, pero no es la democracia, sino la metafísica, la que les hace delimitar el sujeto que supuestamente tiene tal derecho: Cataluña. Yo, en principio, no tengo ningún problema en que un grupo humano decida organizarse políticamente como lo desee, separándose o uniéndose a otro si le place. El problema es que Cataluña no es un grupo humano: no puede serlo uno compuesto por siete millones de habitantes de los cuales cada uno de ellos conoce sólo a unos pocos miles. Cataluña no es un grupo humano, es una abstracción. Igual que España.

Los nacionalistas catalanes parten de la premisa de que Cataluña es objetivamente una nación y por tanto un sujeto soberano, y suponen que su población es un cuerpo electoral homogéneo, cuyos integrantes tienen por ello a derecho a decidir su futuro por mayoría. Y los nacionalistas españoles piensan lo mismo de España y sus habitantes. Pero ambas cosas son mentira. No existen comunidades nacionales ni homogeneidades compartidas. Partimos de una premisa falsa que, además, convierte el debate en irresoluble y aboca a un choque de trenes, porque las dos partes arguyen lo mismo, con los mismos axiomas y las mismas categorías, y su discusión conduce lógicamente a un empate eterno.

Puede que el Tribunal Constitucional anule el referéndum y la Generalitat acate el fallo y no lo convoque. Puede que Artur Mas opte por convocar elecciones con carácter tácitamente plebiscitario y que el TC vuelva a desautorizar la hipotética declaración unilateral de independencia que apruebe, en su caso, el nuevo Parlamento. Pero eso no va a neutralizar el hecho de que ya existe y va en aumento un numeroso grupo de catalanes que piensan que Cataluña es una nación y tiene derecho a la independencia. La única forma de contestarles, siempre confiando en que buena parte de ellos serán gente sensata e inteligente y no unos fanáticos, es razonar y argumentar que las naciones no existen. Eso sí, para hacerlo hay que estar dispuesto a admitir que la española tampoco.

Si las naciones no existen como entes objetivos, la cuestión se limita a que un cierto número de personas albergan sentimientos y creencias nacionales, como otras los tienen religiosos. Naturalmente, cada uno llena su vida y su corazón de lo que quiere o de lo que puede, pero todos estaremos dispuestos a convenir en que los sentimientos privados, en principio, no deberían ser causa suficiente para marcar la agenda política de un país, delimitar las fronteras ni organizar las sociedades.

Ahora bien, la España actual tampoco tiene que ser una entidad jurídico-administrativa inamovible, y, democráticamente, nada impide que, incluso después de reconocido que las naciones no existen, los miles de grupos humanos que componen la actual Cataluña decidan organizarse políticamente de otra manera. Sólo que no sería esa abstracción llamada Cataluña el sujeto de decisión, sino cada uno de los municipios, barrios e incluso entidades menores las que optarían por unirse a los vecinos en sucesivas fases. Siempre respetando la voluntad de cada minoría que quiera autodefinirse como grupo; lo contrario supondría repetir el drama de la primera posguerra mundial, cuando la satisfacción de unas aspiraciones nacionales engendraron en el interior de su territorio nuevas nacionalidades insatisfechas que volvieron a convertir Europa en un campo de batalla.

Incluso, habría que respetar la elección de nacionalidad que realizara cada individuo concreto, porque, si aceptamos que se trata de una cuestión subjetiva y privada como la fe que profesa, someterla a la voluntad de la mayoría de sus convecinos equivaldría a imponer una religión de Estado y no respetar un principio básico de todas las democracias como es la libertad de creencia.

Sin duda, de esta manera sería difícil que la Cataluña independiente mantuviera la plena integridad territorial de la Cataluña autonómica (España a la vez perdería parte de sus actuales comarcas) y quizás se formarían en su interior tal cantidad de islotes españoles que harían imposible la construcción de un Estado viable. No lo sé, pero, en cualquier caso, ése no es mi problema. Un Estado viable ya tenemos. De lo que se trata, según los nacionalistas, es que los sentimientos privados de una serie de personas, que no se ven respaldados por realidades objetivas, tienen derecho a modificar las fronteras y determinar la ordenación territorial de un país. Pues bien, si es así, hay que hacerlo de esta manera, porque democracia y territorialidad se dan de patadas entre sí. Para respetar por igual todos los sentimientos, y para que el procedimiento sea verdaderamente democrático, y no la aplicación práctica de un concepto metafísico y falso, además de muy pernicioso para la convivencia de los individuos reales, como es el de nación.

El desarrollo de este planteamiento se encuentra en:

El cuento de las naciones. Tabla rasa del gran debate español

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Entrevista en 'Periodista Digital'


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