La Historia es como una puta. El cuento de las naciones (6)

Permalink 16.12.13 @ 00:41:38. Archivado en Nacionalismos

El simposio 'España contra Cataluña', al margen de lo absurdo que sea pensar a España como un ser personalizado y monolítico que tiene capacidad de oprimir y a Cataluña como otro de las mismas características que es susceptible de ser oprimido, cumple con dos de los requisitos básicos de cualquier nacionalismo: delimitar un enemigo del que diferenciarse y al que declarar "el otro", porque los contenidos son tan parecidos que la frontera sólo la puede fijar un continente, y suponer que nuestra nación lleva en marcha muchos siglos y nosotros somos los herederos del espíritu del pueblo que ya latió en nuestros antepasados, incluso aunque ellos no lo supieran ni se sintieran nación.

Para los nacionalistas, sus naciones son como bellas durmientes. Han existido siempre, antes incluso de que se escribiera el cuento, y sólo aguardaban el beso redentor de un príncipe azul que las despertara de su letargo y las hiciera tomar conciencia de sí mismas. Contra todo pronóstico, ninguno de los millones de sinvergüenzas que han pasado por el bosque en todo este tiempo ha violado a la hermosa mientras dormía, y nosotros, siglos después, podemos encontrar nuestra identidad prefigurada en su cuerpo incorrupto. Cabría preguntarse: ¿podemos sostener en serio que le debemos nuestra forma de ser a los antepasados? ¿Qué individuo presente se lo debe a qué individuo pretérito? ¿Todos a todos? ¿Sólo estamos en deuda con los que vivían casualmente aquí? ¿Con cuántos de ellos?

En realidad, cualquiera puede observar que debemos mucho más nuestra identidad a nuestro tiempo que a nuestro espacio, más a los extranjeros con quienes compartimos época y cuyas ideas, inventos técnicos y productos comerciales determinan nuestra forma de vida que a los antepasados que pisaron nuestro suelo pero cuyas huellas se han erosionado con el paso de los siglos. Herder, que no inventó el término Volksgeist pero sí el de Zeitgeist (‘espíritu de la época’), debería haberse dado cuenta de esto antes de imaginar entidades metafísicas. La existencia es mucho más determinante que la esencia.

No está de más apuntar que es una incongruencia basar la nación en una supuesta esencia identitaria, que por definición es estática o atemporal, y a la vez en un desarrollo histórico en continuo movimiento; en una verdad colectiva independiente de los individuos que la componen y a la vez en los individuos que presuntamente la han ido formando a través de los siglos. Si la identidad cambia por mor de la acción de los individuos, entonces no es una verdad atemporal que mantiene un vínculo con los antepasados y resiste patrióticamente a la aculturación y la contaminación del extranjero.

La Historia no justifica una reivindicación presente. ¿Por qué iba a hacerlo para las naciones y no para los descendientes de los señores feudales que reclamen su derecho de pernada? Se supone que el mundo contemporáneo es hijo de los derechos individuales instaurados por la Revolución Francesa y, como indica Simon During, ésta, “al sustituir la tradición por los derechos, niega la historia”. Pero, si hubiera que buscar alguna respuesta en la Historia, las lecturas que se pueden sacar de ella son infinitas; todo depende de lo que uno quiera encontrar y de dónde decida fijarse.

Y es que el azar histórico tiene un lado malo y otro bueno. El malo es que los hechos, siempre toscos e insensibles, no tienen por costumbre suceder para encajar armónicamente en nuestras hermosas construcciones poéticas. Y el bueno, que, paralelamente, ofrece un montón de sucesos en principio casuales e independientes, pero susceptibles de que, en el futuro, el nacionalista que quiera justificar una nación sólo tenga que escoger unos cuantos y engarzarlos con una línea de puntos, como hacen los niños en la guardería. Es tal la riqueza del pasado que el mencionado ejercicio vale para cualquier nación o proyecto de nación, incluso rivales entre sí como la española y la catalana o la vasca, y por ello todas recurren a la misma práctica para aprobar el examen de legitimidad, que es el más fácil de todos. Porque la Historia es como una puta: siempre tiene un ratito para todo el mundo.

Todo esto ya lo sabía Ernest Renan cuando decía aquello de que “el olvido, aun diría el error histórico, es un factor crucial en la creación de una nación”, puesto que en el origen de cualquier formación política siempre hubo hechos violentos1. En el pasado igual que en el presente, hubo enfrentamientos de facciones, cada cual con sus diferentes intereses, y sólo una de ellas salió victoriosa y legó su herencia a la generación siguiente, donde se repitieron las rivalidades, las derrotas, las muertes y las cribas.

A veces los vencedores fueron los autóctonos y a veces los extranjeros; en muchas ocasiones la guerra fue civil y hubo lugareños en ambos bandos, de tal forma que el supuesto espíritu nacional que ya latía en los antepasados debió de encarnarse en una alternativa y en la contraria. La construcción retrospectiva de la nación asume como propio el legado de los vencedores cuando en el presente se les considera nacionales, aunque no lo fueran en su momento, y las pretensiones de los derrotados cuando a los vencedores se les tiene por extranjeros en el presente, jurando dar cumplida venganza a los primeros en cuanto se tenga ocasión de hacerlo.

Así, se llega a la hilarante paradoja de que muchos municipios españoles homenajean a los pueblos prerromanos que resistieron en vano a las legiones, como si fueran “los suyos”, cuando, si hubiera alguna razón para celebrar a los propios y no a los ajenos, tendrían que ponerse del lado de las tropas que trajeron a España el derecho y el latín, a quienes deben mucho más de su actual identidad que a los numantinos o a los vacceos. Vamos, que, en realidad, “los suyos” eran los otros.

Igualmente, los nacionalistas catalanes y vascos (también los de los países sudamericanos) sienten como propias las costumbres e instituciones de sus antepasados medievales y como extranjeras e impuestas las que han adoptado como consecuencia de su incorporación a España o a Castilla, que obviamente han configurado su identidad en mucha mayor medida que sus ancestros. Alegan que tales costumbres e instituciones “impuestas” lo fueron por la fuerza o la amenaza de las armas, pero olvidan, como decía Renan, que las desarrolladas por sus “autóctonos” también lo fueron por la victoria de una facción sobre otra igualmente autóctona.

Del quinto capítulo de El cuento de las naciones. Tabla rasa del gran debate español

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Entrevista en 'Periodista Digital'


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Comentarios:
Aunque suscribo en lo esencial su artículo, me gustaría hacer notar que un homenaje, por ejemplo, a los numantinos también puede ser un homenaje al antepasado genético, al que se le alaba su valor. No tiene por que ser contradictorio que celebrar que ganasen las legiones romanas, sino que se alaba a tu tatarabuelo por sangre.
Enlace permanente Comentario por Martín 12.01.14 @ 10:51

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