Relato sin secuela
25.10.11 @ 23:29:27. Archivado en País Vasco
En cuanto salió el comunicado de ETA y ya no hubo vuelta atrás, los socialistas se olvidaron de la bucólica cantinela que solían entonar a la paz sin vencedores ni vencidos, y han llegado a pronunciar en tres días las palabras victoria y derrota casi tantas veces como se las había reclamado el PP en los últimos cinco años. No creo que sea electoralismo, porque hay poco duelo que dirimir y mucho menos por influjo de una noticia que la sociedad, como hacen los mercados con ciertas referencias, ya daba por descontada. Más bien es lógico, es cabal, es humano y, por encima de todo, es verdad.
El sonrojante teatro de los abertzales, simulando llevar la iniciativa con sus magnas decisiones, sus exigencias políticas y la que con toda seguridad ha sido la primera conferencia de paz en la Historia que organiza el bando que ha perdido, obligaba a desmentir su hiperbólico relato. Un relato que equivale aproximadamente a que Hitler, recluido en su búnker subterráneo mientras los rusos ocupaban Berlín, anunciara un alto el fuego apelando a la responsabilidad del momento y convocara a los ingleses y los norteamericanos en Yalta exigiéndoles pasos convincentes para diseñar la Europa que debía resistir al comunismo.
En realidad, la relación de fuerzas que hoy resulta meridianamente clara es la misma que hace dos, tres y cinco años, cuando algunos nos asombrábamos de que otros se empeñaran en presentar a ETA dominando las negociaciones con sus "pistolas sobre la mesa", y al Gobierno sumiso a sus demandas pese a contar con todas las de la Policía detrás. En 2006, la banda tenía tantos motivos como ahora para dejarlo; el que no lo hicieran entonces y sí el pasado jueves obedece a contingencias puntuales que no cambian nada la fotografía de situación. Aun más: ni siquiera en los años de plomo, sin la presión externa de Francia ni la interna de la sociedad vasca, ETA llegó a tener ninguna posibilidad. Es imposible evitar que un mosquito amargue el día de vez en cuando a un elefante, pero todavía más imposible es que le llegue a hacer caer.
Que los etarras no se hayan disuelto, entregado las armas, renunciado a sus objetivos ni pedido perdón a las víctimas son temas menores al lado de la apabullante evidencia: ETA lo deja porque no le queda otra, porque los abertzales la consideran un lastre inofensivo que no compensa ni uno solo de los miles de vascos que ha enviado a la cárcel o a la tumba. Enfrente, hay quien teme que consiga dejando de matar lo que no logró matando, pero, en el dudoso caso de que si así fuera, nada habría que reprochar a que unos tipos, que tendrán más o menos luces pero no son terroristas, satisfagan unos fines de los que lo único criminal eran los medios. Bien mirado, no hay prueba más palmaria del fracaso y la inutilidad totales de ETA que el que acabe delegando en un brazo político como el que ya tenía en 1978.
Admito que ese fracaso no sirva de consuelo para las víctimas, que, como siempre, quedarán arrinconadas en el arcén de la historia condenadas a contemplar cómo el desfile sigue su curso. Desde que las ciudades medievales erigían monumentos al santo al que atribuían haberles liberado de la peste, en la misma plaza que transitaban a diario los familiares de quienes ya habían muerto por la epidemia, sabemos de sobra que en toda alegría histórica siempre hay alguien a quien le toca comerse las lágrimas. Pero, por injusto que resulte, eso no tiene solución. La única reparación proporcional que podría brindarse a las víctimas es la venganza o la humillación de los terroristas, que a su vez incubarían el germen de otra humillación u otra venganza simétricas. Y, si hay algo que no puede permitirse aquél que aspira a fijar un relato, es dejar el desenlace abierto a que le escriban una segunda parte.
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Kiko Rosique
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