El fin de la Economía
31.08.11 @ 01:33:31. Archivado en Unión Europea, Economía
Tras la crisis del comunismo, Francis Fukuyama decretó “el fin de la Historia” augurando que en lo sucesivo nada amenazaría la feliz hegemonía de la democracia liberal-capitalista. Los intelectuales de izquierda y luego Osama Bin Laden, cada cual a su manera, se encargaron de recordarle que la vida no se detiene nunca en la fotografía de un momento determinado. Ahora, curiosamente al albur de una crisis del neoliberalismo, la UE deduce a partir de una coyuntura que ya no hay ni habrá más política económica posible que la ortodoxia del ahorro público, y un presidente socialista se apresura a inmortalizarla en la Constitución.
Inaudito. El texto sagrado del que no se podía tocar una coma, porque en el arcano de sus apenas 70 páginas estaba misteriosamente prefigurada toda la prosperidad del país, va a ser modificado contra reloj para garantizar que el déficit, según dicen, jamás subirá del 0,4%, menos del que contrae cualquier pareja para financiarse un coche. Zapatero ni siquiera ha agotado el plazo de año y medio fijado por Alemania, aun a costa de poner en un brete a Rubalcaba con una iniciativa que da objetivamente la razón a Rajoy y neutraliza cualquier intento de recuperar al electorado tradicional del PSOE. Por lo visto, ahora lo que se valora no es la reflexión sosegada y el análisis de las alternativas, sino apaciguar a los inversores con gestos vistosos, inmediatos y expeditivos. Berlusconi suprime municipios, Zapatero reforma la Constitución; para mantener el listón, el próximo jefe de Gobierno va a tener que jurar su cargo sobre el Camino de servidumbre de Hayek.
Las fluctuaciones son la razón de ser de los mercados financieros, pero últimamente andamos más pendientes de su evolución diaria que los enfermos de La montaña mágica de las décimas que les subía o bajaba la fiebre. Con tal obsesión, no es de extrañar que perdamos la noción del tiempo y nos creamos instalados en una patológica ilusión de inmutabilidad digna de fosilizar en la Carta Magna.
¿Pero qué ocurrirá cuando el dogma se vea interpelado por una guerra, por una catástrofe sanitaria, por un problema social de dimensiones inesperadas o, simplemente, por la necesidad de estimular la economía con cargo a la demanda agregada de un sector público más saneado que el actual, tal y como defendía Keynes, antaño tótem de la socialdemocracia, y como de hecho Roosevelt sacó a los EEUU de la Gran Depresión? ¿Volveremos entonces a reformar la Constitución para sancionar que sí, que en muchas coyunturas el Estado puede y debe incurrir en un déficit mayor de lo que estipula la ley de leyes? Espero que ésa sea la última vez que tengamos que aprender que, casi por definición, ni la Historia ni la Economía llegan nunca a su fin.
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Kiko Rosique
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