Internet: el nuevo modelo productivo

Permalink 22.12.10 @ 01:29:20. Archivado en Economía, Tecnología

Algún dios racional se ha debido de coaligar providencialmente a última hora con el azar de la aritmética parlamentaria para eliminar, al menos por el momento, la disposición final segunda del conjunto de la Ley de Economía Sostenible. Si el objetivo oficial de ésta es introducir en España un nuevo modelo productivo, carecía de toda lógica que llevara de coletilla una prohibición de facto de las descargas en internet. Porque la red es, precisamente, el catalizador de un nuevo tipo de modelo productivo que ya se está extendiendo por todo el mundo.

Es hora de que nos demos cuenta de que internet no va contra los productores, ni los de mercancías ni (permítaseme la macrometonimia que supone referirme al total de las películas y creaciones musicales por una parte ínfima de ellas) los de obras de arte. Los productores son insustituibles. El hito que ha marcado la red en la evolución del sistema económico es que permite prescindir de los intermediarios. Uno ya puede comprar directamente al proveedor saltándose toda la cadena de distribución, que sin duda da trabajo a mucha gente pero también hincha de forma notoria el precio final del artículo y, de paso, los bolsillos de algunos aprovechados.

Por supuesto que los creadores deben cobrar por su trabajo y su tiempo, y hay que reconocer que la llamada "Ley Sinde" acierta al limitarse a decretar el cierre de las webs piratas que tienen "ánimo de lucro, directo o indirecto" (es decir, por medio de la publicidad). Por eso, los internautas menos racionales deberían dejar de tirar balones fuera apelando con descaro y sin ningún rigor a la libertad de expresión, puesto que lo que se proponía el Gobierno era suspender un negocio fraudulento, una actividad presuntamente delictiva.

Sin embargo, la cuestión de fondo es que, aunque la "Ley Sinde" hubiera salido adelante, o aunque retorne de algún modo en un futuro, el paso inmediatamente siguiente sería la aparición de páginas que permitirán intercambiar o compartir, sin beneficio económico para nadie, las pelis y discos que cada uno de nosotros se haya comprado o descargado antes. Porque la piedra clave de la piratería no es que haya unos caraduras que hagan negocio facilitándolas, sino que los ordenadores se pueden conectar entre sí.

Aquí no habría ningún tipo de acción punible. Sería, en esencia, el mismo intercambio de casettes o discos que hemos hecho toda la vida, sólo que multiplicando el número de fuentes gracias a las nuevas tecnologías. Con lo cual, continuaríamos aprovechando la maravillosa oportunidad que nos ofrece la conectividad global de ampliar nuestro inventario de bienes culturales desde casa y a coste cero, y los creadores cobrando unas pocas copias que luego correrían de ordenador en ordenador.

La única, fácil e inexorable solución para salvaguardar los derechos de propiedad intelectual es que los autores ofrezcan gratuitamente sus obras en sus propios portales de internet y hagan negocio gracias a los anuncios publicitarios que inserten en ellos otras empresas, atraídas por su ingente tráfico de visitantes. Es decir, la metodología que hace rentables, por ejemplo, a los periódicos digitales.

La calidad del formato en que se graben las canciones y sobre todo las películas será probablemente inferior, pero su coste de producción también (igual que lo es el de los medios de comunicación por internet en relación con los impresos). Y, aunque les duela a muchos buenos aficionados, el capitalismo históricamente siempre ha encumbrado a la producción en masa barata por encima de la calidad cara, que se ha quedado con nichos marginales del mercado, a veces también rentables por su especialización, como los objetos de lujo o de coleccionistas. Tal será el destino final de las películas en celuloide y los discos de audio, que se están viendo reemplazados a gran escala por el vídeo y las canciones en mp3.

El nuevo modelo productivo que posibilita internet probablemente elimine a intermediarios tan entrañables como los cines o tan usureros como las discográficas, pero esto tampoco es un delito. Son los efectos colaterales de un sistema económico implacable que, a medida que los medios de producción y los patrones de comportamiento van cambiando, aniquila a los negocios o sectores que, aunque hayan ordeñado durante años su margen de beneficios, no sepan adaptarse o diversificarse para volver a ser rentables.

Últimamente, la evolución les está pasando factura a la agricultura, a la minería, a los pequeños comercios..., pero hace 250 años ya les ocurrió a los talleres artesanales cuando fueron arrasados por la revolución industrial. Aquello, que en su momento también desencadenó un conflicto legal en el que los primeros apelaban a sus derechos exclusivos, ha pasado a la Historia como el cambio de modelo productivo que dio lugar a la sociedad de hoy.

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