El consenso, entre los prisioneros
08.02.10 @ 01:18:01. Archivado en Economía
A los ciudadanos y tertulianos de este país (no sé en qué orden causa-efecto) les priva eso del consenso entre los dos grandes partidos políticos. Nada les parece más noble y honorable que el que el PSOE y el PP aparquen la rivalidad inherente a la democracia parlamentaria, suspendan el tiroteo de reproches y discrepancias con que escenifican lo que no es más que la competición natural entre dos aspirantes a un mismo puesto y se dediquen a “solucionar los problemas reales de la gente”, que, en la actual coyuntura económica, obviamente son muchos y graves.
Sin embargo, para solucionar los problemas, lo único que es realmente necesario es que acierten los gobiernos, el estatal o los autonómicos, que son quienes toman las decisiones y aplican las medidas correspondientes. Que la oposición sea leal y los secunde puede resultar estético y edificante, pero operativamente carece de importancia. Por eso, ni la reedición de los Pactos de La Moncloa que propugnan algunos, ni el Gobierno de concentración que la semana pasada me sugirió José Félix Tezanos y llevó a portada ABC (al que desde entonces se han venido apuntando otros políticos e intelectuales de la órbita del PP, aun a sabiendas de los populares jamás lo suscribirán yendo por delante en las encuestas) nos sacarán de la crisis si lo que ambos partidos consensúan es seguir sin tener ni idea de cómo hacerlo.
El problema de la economía es que sólo tiene lógica mientras se mantiene la inercia. Si hay dinero, los bancos financian, las empresas contratan, los trabajadores consumen y ahorran, el Estado recauda y fomenta y la rueda del sistema amasa más dinero con cada vuelta que da. Y, si no lo hay, ocurre lo contrario. Pero, para pasar de una dinámica negativa a una positiva o viceversa, hace falta la intrusión repentina de un factor imprevisible e imposible de propiciar desde las Administraciones.
La crisis la provocó el súbito reconocimiento de que el valor de muchos productos financieros dependía de pagos inciertos e improbables, y en España el estallido de la burbuja inmobiliaria. Y ahora, para que vuelvan la confianza y la inercia positiva, no basta con el dinero público que inyectan los socialistas ni con los recortes fiscales y la flexibilidad laboral que defienden los populares.
La receta del Gobierno no funciona (es evidente) porque la reactivación de la economía que podría propiciar la demanda agregada que aporta el sector público se ve neutralizada por el hecho de que, al monopolizar el crédito, los bancos no prestan al siempre menos seguro sector privado. En consecuencia, el aumento del déficit sirve para paliar la situación de algunos desfavorecidos, pero no para remontar el vuelo de la economía, y la presión sobre las arcas públicas hipoteca el futuro y..., en fin, todo lo que ustedes saben de sobra.
Pero las propuestas del PP tampoco resultan muy prometedoras. ¿O es que, más allá de la coherencia lógica del estribillo "a más impuestos, más paro", alguien se piensa que los empresarios iban a dedicar los escasos puntos porcentuales de impuestos o cotizaciones sociales que se ahorrarían a la inversión productiva y la contratación de gente, ahora que rentabilizarlas en forma de beneficios es más incierto que nunca? Más bien se guardarían sensatamente ese dinero para una mejor ocasión, con lo que la economía seguiría estancada. En cuanto al consumo, ¿alguien se cree que lo que lo reprime es la subida de dos puntos del IVA, y no la incertidumbre en sí? En 2002 apenas se notó el redondeo de las 100 pesetas al euro, que en la práctica supuso un alza del +60% en los precios.
Con incentivos tan modestos para el individuo concreto como los que proporciona la política económica del PSOE y como los que proporcionaría la del PP, nadie termina ni terminaría de vencer el miedo a arriesgar su dinero, invirtiendo, contratando o consumiendo, por si la crisis se lo lleva por delante. Y así seguirán las cosas hasta que un día, inopinadamente y sin que se sepa muy bien por qué, dicho miedo se empiece a desvanecer en las potencias económicas del planeta. No mucho tiempo después, gracias a que en la era de la globalización todo el mundo invierte en todo el mundo, la recuperación llegará también a España. No a los sectores que se desorbitaron en su día, pero sí al conjunto de la economía.
Más que por esquemas liberales o socialdemócratas, la economía se rige por pura teoría de juegos, y ahora nos encontramos en pleno "dilema del prisionero", esa situación paradigmática descrita por dicho modelo explicativo en la que a dos sospechosos de haber cometido un delito les convendría ponerse de acuerdo en no confesar, pero, estando incomunicados uno del otro, a cada uno por separado le conviene confesar. De igual forma, lo mejor para todos en este momento sería que los bancos financiaran, las empresas contrataran y los ciudadanos consumieran. Pero, no sabiendo cómo van a actuar los demás, nadie se atreve a dar el paso y romper el llamado "equilibrio de Nash", el impasse de bloqueo en el que ninguno de los actores sacaría beneficio de cambiar su estrategia si no la cambiaran a la vez los demás. Lástima que seamos tantos para ponernos de acuerdo, porque ése es el único consenso que hace realmente falta.
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Kiko Rosique
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