La violencia machista no es machista
25.11.09 @ 00:31:34. Archivado en Violencia de género
Con su léxico normalizado, sus argumentos circulares, sus sofismas para confirmar siempre la misma premisa y su día internacional colgado en el calendario, la violencia de género ya tiene todas las características de un dogma. Promovido a partir de 1995 por los movimientos feministas internacionales y asumido y consagrado en España por el PSOE desde 2004, la idea de que el maltrato a las mujeres es consecuencia del machismo dominante en la cultura se considera hoy una verdad irrefutable, gracias sobre todo a que la dan por supuesta la izquierda, la derecha, los medios de comunicación y la sociedad en general.
Yo también lo creí una vez. En 2001, escribí en El Mundo de Castilla y León que a los malos tratos les quedaban 10 años de vida: los que faltaban para que se hicieran adultos los primeros alumnos que habían ido a clase de igual a igual con mujeres y por tanto les resultaría inconcebible menospreciarlas y menos aún golpearlas. Pero pasó el tiempo y no quedó más remedio que desdecirme, a medida que se iba haciendo patente que el maltrato no era exclusivo de los matrimonios mayores educados en el franquismo ni de las zonas rurales, donde la mentalidad machista podía estar más arraigada.
Hace dos semanas, un estudio revelaba que el 25% de las mujeres asesinadas y el 40% de las que han solicitado órdenes de alejamiento para sus parejas o ex parejas tenían menos de 30 años. La ministra Bibiana Aído comentó que aquello era un motivo para reflexionar. Me temo que, si realmente estuvieran dispuestos a hacerlo, los ideólogos del concepto se darían cuenta de que éste incurre en un gravísimo error de base, porque la ahora más expresivamente denominada violencia machista no tiene, en realidad, nada de machista.
Por supuesto, el machismo sigue existiendo y es perfectamente visible en multitud de comportamientos. No como pensamiento teórico, consciente y explícito, pero sí disfrazado de una condescendencia tácita y una sospecha permanente, que obligan a las mujeres a demostrar unos méritos que en los hombres, a menos que sean descaradamente estúpidos, se suelen dar por sentados. Sin embargo, la coexistencia de dos realidades como el machismo y la violencia doméstica no implica que estén relacionadas entre sí.
El marido o ex marido que asesina a su mujer o (no uno que, pongamos, la golpeara a menudo y por sistema para afianzar su tiranía, pero sin intención de matarla) lo hace casi siempre por celos o por nostalgia del amor perdido. Es todo lo contrario a un ser que goza plácidamente de su superioridad machista y menosprecia la categoría de la parienta. No se siente fuerte ni por encima de su víctima, sino débil, despreciado y resentido, en una posición de clara inferioridad. Le consta que su mujer se vale o se va a valer perfectamente sin él, que es o será mucho más feliz sola o en compañía de otros hombres, y la mata porque no puede soportar soportar la idea. No lo hace porque considere que su esposa es propiedad suya (en ese caso, tendría la conciencia tranquila como un terrorista y no se suicidaría tras cometer el crimen), sino precisamente porque sabe que no lo es.
Si la violencia de género tiene un componente cultural que refuerza esta reacción eminentemente arrebatada y visceral, no es el machismo, sino la tradición de la pareja estable y monógama, que ha grabado a fuego en nuestras conciencias la idea del amor como posesión. Las mujeres tienen esta mentalidad al menos igual de interiorizada que los hombres; lo que pasa es que son anatómicamente más débiles, hormonalmente menos sádicas y psíquica y funcionalmente más autónomas. Por eso, a los maridos potencialmente asesinos habría que educarles, es cierto; pero no tanto en la igualdad de sexos como en la independencia y la autoestima, para enfrentarse a la vida el día en que se resquebraje su matrimonio.
Nada de lo expuesto exculpa, justifica, edulcora ni hace menos miserables a los maltratadores, pero sí debería llevar a replantear la estrategia para combatir una de las tragedias más graves de nuestra sociedad. De lo contrario, poner la violencia de género en el primer plano de la actualidad ayudará a que las mujeres se conciencien de que no deben tolerar una sola bofetada, pero no reducirá el número de víctimas mortales. Al contrario; como ya ocurre con la violencia escolar, la publicidad ha hecho que el asesinato de su mujer o ex mujer sea, a falta de otra cosa, una posibilidad que se le puede ocurrir fácilmente al hombre a quien consumen los celos. Ni siquiera tiene que estrujarse la imaginación para idear el brutal festín de adrenalina que le proporcionará su último desquite.
Comentarios:
hace tiempo que a mí también me han entrado dudas acerca de si todo esto de la violencia machista es otra flauta con la que mantenernos anestesiados, y de paso un bastón para la discriminación positiva de la mujer, tan de moda hoy, y que sin embargo implica una discriminación negativa del varón, que recordemos no es malvado solo por su género.
tantas grandes frases, tanta manifestación, y verdaderamente lo que me gustaría es saber las cifras de mujeres asesinadas a manos de sus maridos hace 10 ó 20 años; se han reducido? han aumentado? y en números totales o las proporciones se mantienen?
porque desde hace mucho tiempo tengo claro que el hombre (especie, varón y mujer) es un animal, visceral, y que la sangre siempre ha gustado, y que por desgracia nos seguiremos descerrajando los intestinos como desde la noche de los tiempos.
(athini_glaucopis@hotmail.com)
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Kiko Rosique
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