Heráclito y el aborto
20.10.09 @ 00:53:36. Archivado en Bioética
El Gobierno no tiene por qué escuchar a la gente que clamó el sábado contra la nueva ley del aborto (más bien, contra el aborto en general), ni retirar su propuesta por el mero hecho de que divida a la sociedad, como le pide Mariano Rajoy. Cualquier decisión política, la que se toma y la que se deja de tomar, divide a la sociedad; y, como he escrito otras veces, cuando una multitud se manifiesta (una marea humana en una calle, ciertamente, pero una gota en el conjunto de la población), lo que procede no es contar cuántos eran sino estudiar y enjuiciar sus argumentos, porque si no son válidos es como si protestaran contra la ley de la gravedad.
Sin embargo, lo que tampoco puede hacer el Gobierno es soslayar el debate crucial que le plantean quienes le acusan de cometer un crimen, diciendo que quedó superado hace 25 años o apelando a los derechos de las mujeres, porque nadie tiene derecho al asesinato, y, si tal fuera, estaríamos ante un tema demasiado grave como para darlo por zanjado y negarse a reabrirlo. Por eso, tiene la obligación de entrar al trapo y explicar a la gente por qué el aborto no es un crimen. O, lo que es lo mismo, por qué Bibiana Aído no dijo ningún disparate cuando advirtió que un embrión no es un ser humano.
El fondo de la cuestión es, aunque parezca mentira, tan antiguo como la antinomia por excelencia de la filosofía presocrática, la que encarnaban por un lado Parménides y por el otro Heráclito de Éfeso. En dos palabras, la cuestión de si el ser es inmutable, y todo lo que es ha sido y será siempre él mismo, o si nada permanece y todo está en eterno cambio. En su tiempo, ambos modelos fueron puras especulaciones metafísicas, pero hace mucho tiempo que la ciencia dio la razón a Heráclito. La materia no se crea ni se destruye; sólo se transforma, y lo hace continuamente, sin que se pueda decir que un estadio de su evolución sea lo mismo que el siguiente por el mero hecho de que se vaya a terminar convirtiendo en él. Un día la materia dio lugar a la vida, pero sigue habiendo materia inerte; unas especies evolucionan en otras, pero no decimos que todas sean la misma; los materiales fermentan, arden o se descomponen, pero ni las uvas son vino, ni la madera es ceniza ni los alimentos que nos llevamos a la boca son excrementos.
Ése es el esquema mental con el que debemos pensar el mundo, porque así es como funciona, aunque el lenguaje, la filosofía clásica y la religión hayan configurado nuestro cerebro con una mentalidad esencialista, parmenídea. Y también es el esquema con el que debemos pensarnos a nosotros, que no somos sino una combinación particular de materia. Si lo asumiéramos, algunos no se verían en el sonrojante papelón de decir que un conjunto informe de células ya es un ser humano. En caso de que el proceso que desencadenan las condiciones bioquímicas específicas del vientre de la mujer llegue a buen término, sin duda terminará siéndolo; pero eso no quiere decir que, si se le interrumpe, se esté impidiendo nacer a alguien, como denunciaban el sábado algunas pancartas. Sencillamente, porque antes de que nazca no hay nadie.
Sospecho que, en realidad, los partidarios de dejar como está la ley del aborto saben de sobra que un embrión no es un ser humano, porque, si lo fuera, no permitirían la interrupción del embarazo ni siquiera en los casos de violación, malformación o peligro de salud para la madre. Los dos primeros supuestos jamás justificarían un asesinato y en el tercero, bueno, habría que echarlo a cara o cruz. La píldora del día después sólo está mal vista por los integristas más irreductibles y los habituales abortos espontáneos del primer mes son un motivo de tristeza para los familiares, pero no inducen a organizar un funeral. Se diría que, de alguna manera, todos intuimos que un embrión al principio no es nada pero que poco a poco acaba llegando a ser un ser humano.
El tipo de norma que debe regular un fenómeno así es, obviamente, una ley de plazos; una ley que permita abortar libremente hasta que consideremos que el embrión es un ser humano y no se le puede eliminar así como así. Ahora bien, ¿dónde establecer los plazos? Si nos resulta imposible fijar objetivamente ninguno es, precisamente, porque no hay una definición precisa del ser humano. Pero, si lo que caracteriza a nuestra especie es la capacidad de pensar, el momento de la gestación en que se cierra el sistema nervioso y nuestro cerebro es, por tanto, capaz de sentir impresiones (una de ellas, el dolor), llega, según tengo entendido y corríjanme si me equivoco, en el séptimo mes. Sea cuando sea, ahí es donde deberíamos situar el plazo que separara el aborto libre del aborto restringido al caso excepcional de peligro de muerte para otro ser vivo que piensa y sufre, como es la madre.
En cierto modo, es una suerte que coincidan el arranque de la capacidad que nos hace humanos y el primer momento en que el embrión es susceptible de sentir dolor físico, porque sería muy razonable (eso sí, de obligada extrapolación inmediata al resto de los animales que comemos, atamos o toreamos) que los detractores del aborto alegaran que no se puede hacer sufrir a un ser vivo, aunque éste no piense. Pero ambas cosas suceden hacia el séptimo mes. Por eso, habría que puntualizar que los efectistas bebés-Aído, que insinúan que los embriones de 15 semanas son, precisamente, bebés en pequeñito que sufren y lloran, pretenden hacernos olvidar la capital circunstancia de que, en esa fase de la gestación, su capacidad de sentir dolor es la misma que la de un muñeco de Playmobil.
Podría haber, desde luego, otro criterio válido para definir al ser humano, distinto al de la activación del cerebro, y que convertiría el aborto en asesinato desde el momento mismo de la fecundación: el criterio genético. Efectivamente, si no se producen mutaciones, el embrión posee idéntico ADN al que tendremos toda nuestra vida. Sólo que, si es el código genético lo que nos hace seres humanos, tendríamos que introducir inmediatamente remodelaciones y ritos de embalsamiento en todos los cementerios para garantizar la perfecta conservación de nuestros cadáveres. Éstos mantendrán durante miles y miles de años el mismo ADN que, según esta teoría, constituye la esencia de nuestra naturaleza humana, y por tanto tendrían que recibir igual protección que la que se reclama para los embriones. Eso por no dar un paso más y obligar a todos los hombres y mujeres en edad de merecer a recolectar sus células reproductivas para que protomatronas las cultiven y mezclen en laboratorio, porque es alucinante la cantidad de riqueza genética que se pierde cada día de forma espontánea o no tan espontánea. Al fin y al cabo, lo único que separa biológicamente a un espermatozoide y un óvulo, cada uno por su lado, de un embrión de un día, es un hecho tan nimio y fortuito como la fecundación, y sería injusto y discriminatorio despreciar absolutamente a los primeros y considerar sagrado a éste último sólo porque le ha tocado la varita mágica del azar.
Lo que ocurre es que, para dar una relevancia especial al hecho de la fecundación; para considerar que lo que surge en ese momento es el mismo ser que luego nacerá y vivirá, pero otra cosa diferente a lo que continuará muchos siglos después de la muerte con idéntico ADN, hace falta añadir un elemento que trascienda el azar y la realidad química. No ha tardado en darnos la pista Rouco Varela: el Dios cristiano. El Dios que insufla un soplo en forma de alma a la unión del espermatozoide y el óvulo y se la lleva al cielo o al infierno en el momento del deceso.
Sólo esa idea de Dios puede justificar que el embrión y el hombre nacido sean portadores de la misma naturaleza humana, dando la razón a Parménides y quitándosela a Heráclito. Curiosamente, la misma idea que lleva a muchos de los autoproclamados colectivos provida a aborrecer de la creación de vida que se produce por fecundación in vitro, selección genética o donación de semen. Espero no ser malicioso si deduzco que lo que en realidad repugna a estos grupos es que haya personas que se nieguen a acatar lo que les ha tocado por obra y gracia del azar que ellos llaman voluntad de Dios. Y espero no ser más papista que el papa si les recuerdo que, oficialmente, el Todopoderoso hizo al hombre una dualidad de cuerpo y alma, y, en el peor de los casos, seguro que no tiene el menor problema en extraer el alma del embrión abortado y depositarla cariñosamente en otro cuerpo para que cumpla debidamente con el tránsito que le correspondía por este valle de lágrimas.
Comentarios:
Y POR FAVOR, AVISEN CUANDO SE ACABAN LOS 1000 CARACTERES, ME HA TOCADO VOLVER A ESCRIBIR ESTO!!
No dejemos solas a las mujeres, no las presionemos con esta ley que tan fácil se lo pone al sexo machista, al de aquí te pillo aqui te mato y si te vi no me acuerdo (modelo al que se apuntan algunas mujeres y que no quieren para nada tampoco bastantes hombres) Actuar sobre la vida de u...
La ley del aborto es tremendamente machista, pone a la mujer sola ante un embarazo, la deja con "SU" problema, y reniego de esas feministas radicales que tan di...
Lo demás son rollos de pseudosabios para marear la perdíz y tranquilizar conciencias.
Así son las cuentas del aborto. ¿A que sí?
La verdad no la imponen ni las minorías, ni las mayorías legislantes.
Si usted y to llegamos a personas vivas es porque nadie nos e4jecutó en el vientre materno. Y si es malo que nos maten ahora, tambien lo fuera e4l que lo hicieran cuando empezabamos a respirar y transpirar en el seno materno. Eso. Gracias
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Kiko Rosique
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