España se tranquiliza
12.03.08 @ 10:56:36. Archivado en Elecciones 2008
No me gusta que me pidan el voto apelando al optimismo (ni a las fuerzas, ni al corazón) y tampoco tengo vocación de optimista antropológico, pero me da la sensación de que los resultados electorales del 9-M (tanto la esperada victoria del PSOE como la imprevista o desapercibida caída de los nacionalismos) van a alumbrar una legislatura bastante más apacible que la recién terminada. Por distintas razones, todos los partidos tendrán que desterrar las actitudes y estrategias que la hicieron irrespirable.
En primer lugar, el PSOE dejará, por fin, de ejercer de oposición a la oposición y de exhumar el 11-M y la Guerra de Irak. Ya no le hace falta. Es cierto que ha robado muchos votos a IU y a todos los partidos nacionalistas, y que con ellos ha compensado los que se le han ido a UPD y al propio PP, pero sus nuevos apoyos no se pueden considerar votos radicales. Los partidos damnificados llevan un año proclamando en sus respectivas parcelas (Estatuto de Cataluña, discusión política en Euskadi, política social y laicismo) que Zapatero, a pesar de sus buenas formas, no es en el fondo tan distinto al PP. Cualquier votante verdaderamente extremista habría comprado sin objeciones ese mensaje, así que quienes se han pasado al PSOE son, precisamente, los que rechazan por excesivo o inútil el radicalismo de las formaciones a las que votaron en 2004.
Por otro lado, la pérdida de fuerza de todos estos grupos, su progresivo distanciamiento del Gobierno y lo lejos que queda ya el temor al poderío del PP, que en 2004 seguía pareciendo el partido más fuerte, sólo apeado del poder por el 11-M, hacen impertinentes nuevos cordones sanitarios, que sin lugar a dudas fueron uno de los factores que alimentaron la crispación en la pasada legislatura. Por el contrario, la promesa de moderación y pactos de Estado que formuló el presidente resulta creíble en tanto que una actitud de estadista es lo que le piden las encuestas y lo que mejor podría rentabilizar en este momento, ahora que los acontecimientos han puesto a todos de acuerdo en la lucha contra ETA.
El Partido Popular tendrá que zafarse de alguna manera del abrazo del oso de los pactos de Estado, que siempre amortizará más un gobierno que la oposición, pero tampoco puede volver a tergiversar con malicia alarmista todo lo que haga el Gobierno (léase: Estatuto de Cataluña como ruptura de España, negociación con ETA como rendición, 11-M como conspiración, matromonio gay como destrucción de la familia, Educación para la Ciudadanía como adoctrinamiento, Ley de Memoria Histórica como reapertura de heridas cuando reconoce textualmente a las víctimas de ambos bandos por motivos políticos y religiosos). Si el PP se hubiera limitado a señalar lo superfluo o desorientado de algunas de esas iniciativas en vez de presentarlas como una tragedia nacional o como un enfrentamiento de buenos y malos, su labor de oposición no habría quedado todavía más desacreditada que la actuación del Gobierno, y probablemente los resultados electorales habrían sido distintos. Aunque la táctica le ha servido para mantener compacta a su militancia y captar a centristas o izquierdistas decepcionados, el domingo certificó su fracaso para ganar las elecciones.
La renovación del liderazgo del PP es difícil porque los mejores sustitutos de Rajoy no son diputados y no podrían erigirse en antagonistas de Zapatero en los debates parlamentarios, aunque sospecho que, de aquí al congreso popular de junio, sí que se postularan al menos otro par de candidatos que se crean ante su gran oportunidad y siempre puedan justificarse en que lo hacen por el bien del partido y la pluralidad de opciones. En cambio, la renovación del mensaje puede comenzar ya mismo y debe conducir al partido hacia el laicismo y la crítica constructiva, no dramática y visceral, en Cataluña y el País Vasco, las comunidades donde ha vuelto a demostrar su torpeza estratégica y a regalar las elecciones.
A que el PP reconduzca su táctica en estas regiones ayudará bastante el revolcón que se han llevado los nacionalistas, sin duda la mejor noticia de las elecciones, no porque la unidad de España sea un fin en sí mismo sino porque la construcción de Cataluña y Euskal Herria tampoco lo son. Tras demostrarse con estrépito y por segunda vez (ocurrió lo mismo en las autonómicas de 2005) que muchos votantes del PNV, probablemente los empresarios, no quieren aventuras soberanistas, Ibarretxe sólo podría insistir en ellas si se atreve a cambiar a su electorado tradicional por los radicales abertzales extremando el discurso. Y en Cataluña, autoexcluida ERC por idiota e infantil, la pérdida de votos de CiU, que ha cosechado menos de la mitad que el PSC, tampoco le permite plantear grandes exigencias contra la federación socialista que ha sido decisiva en la victoria y mantiene el gobierno de la Generalitat.
La consagración triunfal del bipartidismo que depararon los resultados electorales refleja sin duda la polarización de la campaña y de toda la legislatura, pero también el cansancio y la saturación que han provocado los nacionalismos en estos cuatro años, y que Cataluña y Euskadi no son, después de todo, muy distintas del resto de España. ¿Repetirá alguien después del 9-M que Zapatero ha dado alas a los separatismos, o se admitirá de una vez que es precisamente una actitud abierta y dialogante lo que, sin grandes concesiones, los desacredita y desactiva ante su propio electorado?
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Vaya por delante mi total discrepancia con ambos partidos y sus líderes, habida cuenta que sus concepciones política motivada más por ganar las elecciones que de prever futuras acciones estadistas a largo palazo para nuestro país, han conseguido simplificar y emponzoñar más aún
el bipartidismo que tanto nos separa y tanto divide. Por tanto nuestros políticos sólo piensan en la
próxima elección sin embargo el buen estadista lo hará siempre mirando las futuras generaciones.Es pues a mi entender, que las valoraciones que hacemos de nuestra clase política, deja mucho que desear, en los ámbitos periodísticos. Quizás porque los políticos que tenemos posibilita igualmente lo que nos merecemos en ese simplismo de sus medios y la ciudadanía escéptica en los asuntos politicos.
Vaya por delante mi total discrepancia con ambos partidos y sus líderes, habida cuenta que sus concepciones política motivada más por ganar las elecciones que de prever futuras acciones estadistas a l...
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Kiko Rosique
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